"La geometría es siempre inteligencia"

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Lluís Alabern

(desde Barcelona)

HAY UN ARTE que se cultiva en las regiones menores. Un arte escondido que abruma al artista. Un arte del acto ínfimo que sucede casi en cualquier sitio, en un trocito de papel, en una servilleta sucia, en la esquina de un periódico. Notas, trazos, bosquejos, ideas para desechar o engrandecer. El MNAC (Museu Nacional d`Art de Catalunya) presenta en estos días y hasta el 11 de setiembre una magnífica recopilación de dibujos y bocetos del maestro Joaquín Torres-García bajo el título "Torres-García en sus encrucijadas".

Tomás Llorens, curador de la muestra, cree que la obra de Torres-García refuta el principio historiográfico que contrapone clasicismo y modernidad. De alguna manera esta exposición intenta corroborar la coexistencia de ambos estilos en la obra de Torres-García: un itinerario íntimo en 80 dibujos de la colección familiar, en su mayoría inéditos, que manifiestan los cruces, los proyectos, el proceso creativo. Son dibujos que el artista hizo para la intimidad, no "para ser admirados sino como pequeños testimonios de una búsqueda intensa", comenta Llorens. Son el laboratorio de ideas de un "artista-pensador difícil de encajar", "un utopista pero también un nostálgico del origen".

La exposición rompe el orden cronológico al uso, propone una visión pormenorizada de los cruces entre estilos e ideas al margen de las fechas. Los dibujos y anotaciones se disponen en circuito circular acrónico. Por eso en la primera sala se contrastan dos obras coetáneas de estilos inversos La maternidad. La familia (1944) y Arte constructivo Universal (1942). Resulta ilustrativo ver un enorme dibujo al carbón de corte clásico, junto a una abstracción sobre tabla, y comprobar que apenas hay contradicción, que son más las concomitancias que las diferencias. La maternidad. La familia remite al gran trabajo catalán de Torres-García, la decoración durante seis años del Salón Sant Jordi del Palau de la Generalitat, que él creía destruido tras la Guerra Civil. La segunda obra es una composición abstracta de esas en las que Torres-García parece querer asumir todos los arquetipos, resumiéndolos en símbolos y estructuras planas.

caminos. Torres-García resolvió socavar nuevos caminos, sin abandonar aquellos por los que ya había transitado. Nacido en 1874 en Montevideo, hijo de un catalán emigrado a Uruguay, residió desde 1891 en Cataluña, quizás buscando el primero de los "orígenes", el familiar. En el año 1911 Enric Prat de la Riba le encarga las pinturas del Palau de la Generalitat y al tiempo, Torres-García expone La musa de la Filosofía presentada por Palas a Parnaso en la VI Exposición Internacional de Arte de Barcelona. Se convierte así en una de las referencias fundacionales del noucentisme, movimiento antimoderno que pretendía un retorno estético e ideal a los parámetros clásicos. Torres-García, como se puede ver en algunos bocetos de la primera época mostrados en esta exposición, se adscribe al modernismo en sus colaboraciones gráficas. Sorprende, por tanto, la anexión al clasicismo en esa segunda década del siglo, y suscita incertidumbres sobre la complejidad afectiva del cambio. "¿Cómo fue ese proceso; una conversión súbita, un arrepentimiento, una evolución paulatina, un pulso con los polos opuestos de su época?", se pregunta Tomás Llorens en el texto del catálogo.

En escritos de la época el propio Torres-García muestra que la evolución hacia el clasicismo no le obliga al abandono de su apuesta inicial por el modernismo: "…este arte de ahora (moderno), eminentemente plástico, quiere llevar la sensibilidad del hombre ya muy evolucionado del siglo XX, a la geometría (…) la geometría es siempre inteligencia. Hete aquí, pues, una nueva fórmula clásica" (1918). Torres-García suma los pasos de su caminar artístico, sin refutar estilos.

Su vida estuvo marcada por los constantes desplazamientos entre América y Europa. Tras el periplo catalán, donde es rechazado por los purismos noucentistes (y se desmorona su primer proyecto pedagógico), marcha a Nueva York.

Otra de las constantes en la obra de Torres-García será la fascinación por la vida en la gran ciudad. En Nueva York pinta menos de lo que lo hizo en Barcelona; la fuerza de la ciudad lo absorbe. Nueva York es, sobre todo, el centro industrial y financiero donde pretende encontrar los medios para afianzar su compañía de fabricación de juguetes. En los noventa y cuatro dibujos del cuaderno New York City (1921), que se puede ver en la muestra, el artista capta la simultaneidad de los acontecimientos en la gran urbe, el ritmo, las yuxtaposiciones, el jazz, los medios de transporte, "el maquinismo de Nueva York, del tiempo presente". (Historia de mi vida, 1939). Ese cuaderno, reflejo de un viaje que debió impactarle, marca su retorno a la vanguardia.

ABSTRACCIÓN EXPRESIVA. Luego vendrá París (1926-1932) y la abstracción geométrica desarrollada en prácticas grupales como las del Cercle et Carré. Pero frente a la abstracción constructiva precisa de los otros componentes de Cercle et Carré, la de Torres-García es una especie de abstracción expresiva, individualista, primitivista, que entronca con el gusto por la máscara africana tan en boga en el París de aquellos días. En París la pintura de Torres-García alcanza la madurez que ya no lo abandonará. "Todo artista que va a París, venga de donde venga, es como si viniera de provincias", afirma en sus memorias. Allí se consagra a un estilo directo, al trazo limpio y sintético. Sus dibujos de esta época son reflejo de un querer "pintar de manera directa, ante las cosas, llevar la impresión real a la síntesis encontrando el secreto de eso maravilloso que se llama la pintura" (dice en Historia de mi vida).

En los innumerables dibujos de la etapa parisina, se puede ver cómo la razón tamiza la naturaleza en la obra de Torres-García, cómo el pliegue, la estría, el trazo avanza desde la representación al signo. La pulsión de fundir razón y naturaleza en una especie de abstracción primitivista queda reflejada en obras que de nuevo contrastan a pesar de ser coetáneas, como la escultura-objeto Forma blanca sobrepuesta en forma de máscara de perfil (1929) versus el dibujo expresionista Cabeza de negra (1931). La primera es un pequeño assemblage de unos 25 centímetros de alto, en tonos grises, que representa un rostro-máscara de perfil en líneas claras y volúmenes de diseño cerebral. El dibujo, en tinta y grafito, parece trazado con precipitación, con la intensidad de una pintura "caliente" muy expresiva.

En algún momento de su carrera Torres-García juzga no poder profundizar en todos los caminos abiertos en su obra. Así parecen decirlo sus dibujos y anotaciones. Una viva vocación pedagógica llevará a Torres-García a interesarse más por convertir su obra en un camino para otros que en conseguir imágenes concluidas. En el retorno al "segundo origen" tras su periplo europeo, en la búsqueda de ese umbral cultural panamericano, Torres-García concluye que la estructura es el diapasón de su arte. Tomás Llorens titula "La Atlántida " a esa etapa final, al entender que no sólo en Torres-García sino en varios de los artistas de su generación (Picasso, Matisse, Derain, Brancusi, Die Brücke,…) la modernidad es percibida como arcaísmo. Una contradicción lógica que "estriba en el deseo de romper con el presente para saltar hacia un futuro" mirando hacia atrás, "hacia un origen que se encuentra fuera del tiempo, que es anterior al tiempo…". De alguna manera, el recorrido gráfico por la biografía artística de Torres-García permite comprender que ese "retorno al origen que está fuera del tiempo", le situó siempre al margen de sus contemporáneos, en un caminar hacia el retorno que le llevó a descubrir que su Norte era el Sur.

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