La ciudad de la noche atroz

Rudyard Kipling

LA CHOZA DEL tejedor de alfombras situada al abrigo del templo hindú estaba abarrotada de hombres dormidos que yacían como cadáveres en sus sudarios. Brillaba en el cielo el ojo de la luna. La oscuridad proporcionaba al menos una falsa sensación de frescura. Costaba no creer que la cascada de luz que llegaba del cielo fuese templada. No era tan caliente como el sol, pero seguía teniendo una desesperante tibieza, y caldeaba el aire denso más de lo que merecíamos. Recta como una barra de acero pulido discurría la carretera hasta la Ciudad de la Noche Atroz, y en las cunetas, en actitudes fantásticas, yacían cadáveres tendidos en camastros: ciento setenta cadáveres humanos. Algunos estaban envueltos en sábanas blancas y embozados hasta la nariz; otros estaban desnudos y eran negros como el ébano bajo la intensa luz; y había uno -yacía boca arriba con la mandíbula caída, bastante alejado de los demás- blanco plateado y gris ceniza.

Un leproso dormido; y los demás eran criados exhaustos, sirvientes, modestos tenderos y cocheros de la estación de taxis cercana. La escena es la siguiente: un hombre se aproxima a la ciudad de Lahore; la noche: una cálida noche de agosto. Esto era todo cuanto se veía, aunque en modo alguno todo lo que se podía ver. El embrujo de la luna lo envolvía todo, y el mundo parecía horrorosamente transformado. La larga hilera de cadáveres desnudos, custodiada por la rígida estatua de plata, no era una imagen grata a la vista. Estaba formada exclusivamente por hombres. ¿Se habían visto forzadas las mujeres a dormir en sofocantes cabañas de adobe como mejor pudieran? El quejoso llanto de un niño en una de las casas respondió la pregunta. Allí donde están los niños están las madres para atenderlos. Necesitan cuidados en estas noches de calor sofocante. Una cabeza pequeña y negra, como una bala, asomaba por una barandilla, y una pierna oscura y delgada -dolorosamente delgada- colgaba por encima de una cañería. Se oyó el tintineo de unas pulseras de cristal; un brazo de mujer se dejó ver por un instante sobre el parapeto, se enroscó alrededor del cuello fino y se llevó al niño, a pesar de sus protestas, al refugio del lecho. El grito agudo y penetrante se ahogó en la densidad del aire casi en el mismo momento de ser proferido, pues incluso los niños nativos sentían demasiado calor para llorar.

Más cadáveres; más franjas de carretera blanca iluminada por la luna; una reata de camellos tranquilamente dormidos junto a la cuneta; una visión fugaz de chacales deslizándose; ponis dormidos en sus ekka, el arnés aún sobre el lomo, y los carros de hojalata de los campesinos parpadeando a la luz de la luna; y más cadáveres. Donde hubiera un carro de grano volcado, un tronco de árbol, un tablón de madera, un par de cañas de bambú o unos montones de paja para proyectar alguna sombra, la tierra aparecía repleta de cadáveres. Unos yacían en el suelo, boca abajo, con los brazos flexionados; otros con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza; otros enroscados como perros; otros tirados sobre el costado de los carros como sacos de arpillera vacíos; y otros con la frente apoyada en las rodillas bajo el intenso fulgor de la luna….

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