Ilustres ilustradores

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Ana Larravide

(Desde Buenos Aires)

BORGES imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Hugo Maradei lo imaginó formado por dibujos, y lo concretó: ha reunido ocho mil entre dibujos y grabados. Su paraíso es ambulante: lo lleva de norte a sur de la Argentina para "enseñar a mirar".

El Museo del Dibujo y la Ilustración se instala ocho veces al año en sitios diferentes: en el Museo Sívori, en la Feria del Libro, en museos o salones de provincia que esperan su visita. Por ahí va mostrando tesoros hechos de papel y tinta que cuentan sin palabras doscientos años de historia.

Catálogos, libros de artistas, carpetas de dibujos integran el museo, que mientras no está expuesto en un lado u otro, tiene apariencia de hogar. Allí Maradei cuenta que en 1949, el año en que él nació, hubo en la Argentina un movimiento importantísimo de arte en la universidad de Tucumán. Lo lideró Lino Spilimbergo: Lino enseñaría pintura, Pompeyo Audivert, grabado y Lorenzo Domínguez, escultura.

EL PRINCIPIO.

-¿Para eso invitaron a Picasso?

-Atreverse a proponerle a Picasso que diera clases en Tucumán, ¡fijáte lo que era la Argentina en el 49! Picasso -que por esa fecha estaría lo más entretenido dibujando faunos en Antibes- dijo que no vendría, pero recomendó a un dibujante húngaro, Laszlo Salay. Así que el húngaro estuvo acá unos cuantos años: vino y modificó la técnica de toda una escuela. Sus enseñanzas, a través de Spilimbergo, formaron a ese dibujante mayor que es Carlos Alonso. En el 2004 hicimos una muestra de tarjetas del Quijote, en el museo Sívori, dibujadas por Alonso. Los originales -considerados a la altura de los de Gustavo Doré y Picasso- son de la Fundación Jacobo Fiterman.

-Es impresionante la cantidad de publicaciones argentinas hechas por dibujantes.

-Hemos podido hacer 40 muestras en cinco años. Ahora, en el Sívori, desde el 21 de noviembre hasta febrero estamos haciendo la "Muestra Bicentenario: 200 años de humor gráfico, desde 1810", con originales de Henri Stein, Eduardo Sojo, José María Cao, Dante Quinterno, Molina Campos, Roux, Divito, Quino, Breccia, Hugo Pratt, Caloi, Kalondi, Fontanarrosa. Entre los dibujos más antiguos estarán los de César Hipólito Bacle, que hizo una serie de trajes y costumbres de Buenos Aires.

-El Museo incluye a pintores.

-Sí, tenemos un área de plástica: originales de Raúl Soldi, Antonio Berni, Líbero Baadi, Luis Seoane, Raúl Carpani, Ennio Iommi, Alonso, Quinquela Martín, Luis Scafatti, grabados de Spilimbergo, de Pompeyo Audivert, Frans Masereel, Clément Moreau, etc.

-¿Llamar caricaturistas o humoristas a grandes dibujantes, los disminuye?

-Para nada. Lo que pasa es que hay que revalorizar como arte la caricatura o el dibujo satírico. El año pasado nos invitaron a una muestra de historietas en el Centro Nacional de la Imagen de Francia. Fui y quedé fascinado por el amor a lo que llaman bande dessinée o Neuvième art: alguien que allá se precie de persona culta tiene en su biblioteca un sector dedicado a la historieta. Tiene mucho que ver con el cine: son los cuadros del cine. De hecho hay buenos ejemplos que fusionan esto, como "Las trillizas de Belleville". El dibujo suele ser el relato de una situación, la historieta completa esa posibilidad.

-En Uruguay, Rafael Barradas hizo preciosas historietas para niños. Y dibujó un juicio penal verdadero cuadro por cuadro.

-Sí, es una forma de expresión interesantísima. Me llamó la atención la magnitud en esa muestra francesa: era la mitad de la Feria del Libro de Buenos Aires. Ellos editan 6.000 títulos anuales en formato de historieta. He traído material sobre el dibujo satírico del siglo XIX en Francia y una colección de revistas donde trabajó Daumier, fundamentalmente caricaturas. Casi todos los grandes artistas fueron ilustradores, inclusive muchos vivían de la ilustración. Ahora el mundo ha cambiado y la televisión se ocupa de difundir productos. Pero hasta hace muy poco la publicidad gráfica era el medio por excelencia. Daba trabajo a mucha gente.

-En Montevideo hubo famosos catálogos, como los del London París, con dibujos de vestidos, herramientas, juguetes.

-Con ilustraciones de cuentos nacimos, nos criamos con historietas. Es algo que llevamos dentro. A mí me gustaban los libros de la colección Robin Hood, los dibujos de Harold Foster de El Príncipe Valiente. Los dibujos son parte de nuestra historia cultural. Por suerte ahora se le está dando un poco más de bolilla a los temas gráficos. Eso nos enorgullece. En el interior, que no tienen tanto material, lo aprecian muchísimo. Ponemos especial cuidado en que puedan ver trazos, estilos, y también nos interesa mantener visibles los detalles para imprenta y las correcciones.

EL DIBUJO SATÍRICO.

-Hablás en plural, ¿por qué?

-¡Porque todo esto no lo hago solo! Otras personas aportan entusiasmo, esfuerzo y me ayudan: Elsa de Oesterheld, Juan Sasturian, Guillermo Roux. También, hasta hace poco, mi amigo Andrés Cascioli, el fundador de la revista Humor. Hará unos diez o doce años que empecé a coleccionar. Un día, en el 2004, vino a casa a ver historietas Horacio González, por entonces vicedirector de la Biblioteca Nacional y ese mismo día me propuso una muestra. Se me ocurrió empezar por Caras y Caretas, de la cual tenía alrededor de cien originales -de 1898 a 1940- de prácticamente todos los plásticos argentinos de esa época. Hicimos esa exposición en octubre de 2004. Seis o siete meses después Caras y Caretas revivió. Ya la tendrían en mente, pero los estimulamos. La publicación actual tiene un defecto: la revista satírica tiene que ser contra el poder, cualquier poder que sea; y ésta es pro-poder. Ya pasó en otra época con Caras y Caretas durante la presidencia de Perón, alrededor del 50: la rehabilitó para usarla como medio de propaganda, dos o tres años. El dibujo satírico tiene que ser mordaz y contra el poder.

Menchi [Sábat] ha colaborado mucho con nosotros. Su abuelo, que se llamaba Hermenegildo como él, empezó dibujando en Caras y Caretas. En su familia se da el interesante caso de que en cuatro generaciones haya tres dibujantes de alto nivel internacional: él, su abuelo y su hijo Alfredo. Con Menchi comparto la admiración por un expresionista alemán: Frans Masereel. En cuanto a los ilustradores argentinos, al firmar el contrato con el Sívori por la Muestra del Bicentenario, me pareció oportuno proponer una exposición de ilustraciones argentinas, de libros que nosotros tenemos.

-¿Cuál es tu preferido?

-Diría que Carlos Alonso es el que más me llega: su línea, la sensibilidad de su trazo. También me gusta mucho -y tenemos de él una colección muy importante- quien fue el padre de los caricaturistas: José María Cao, un gallego que sabía muchos oficios (maestro, escultor) y junto con Álvarez fundó la revista Caras y Caretas en 1898, y en 1912 hizo Fray Mocho. Sus "Caricaturas Contemporáneas" tuvieron fama internacional. Pudimos exponer la colección de su nieta, hace un par de años, por todo el país. Mostramos trescientas obras. Eduardo Sojo era otro español; firmaba Demócrito. Hizo Don Quijote, una revista de crítica política, que duró hasta 1905.

-Goya ya retrataba reyes españoles en poses muy pomposas, pero bien mirado, en realidad caricaturizaba a los pobres Borbones

-Y sus "Caprichos" -brujas, monstruos- ¿no parecen vanguardia del surrealismo? Se me ocurre que los dibujantes satíricos fueron vanguardistas en el más claro sentido. Los grandes movimientos plásticos del siglo XX tienen una gran influencia del arte satírico: el surrealismo, el impresionismo, el dadaísmo, incluso el cubismo.

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