Festival de Jazz de Punta del Este

Escuchar jazz entre las vacas no es para mortales, y más cuando se cumplen 30 años de música

Una edición especial con la participación de músicos de primer nivel mundial

Festival de Jazz de Punta del Este 2025
Brianna Thomas vuelve a estar en el Festival de Jazz de Punta del Este
(Ricardo Figueredo/Archivo El País)

por László Erdélyi
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Todo comenzó hace 30 años cuando un 18 de enero de 1996 se sintieron, allá al final de la cuchilla que da forma a la Punta Ballena, bien en medio del campo, las primeras notas de un jazz excelso que dejaría satisfecho al más exigente de los melómanos. El Festival de Jazz, que por entonces se conocía como de Lapataia y hoy se conoce como de Punta del Este, nació a lo grande entre las vacas, sus mugidos, las cabras y el olor tan propio del campo nuestro, con figuras como James Moody, Clark Terry, David Fink y Paquito D’Rivera. Parecía increíble, pero era real, ya que los virtuosos envolvían al público con sus notas generando un éxtasis poco común que, quien lo vive, no lo olvida jamás. Es lo que en arte se llama epifanía, ese instante cuasi religioso donde quien escucha sabe que está ante una creación única e irrepetible.

Detrás de ese sueño estaba, como está hoy, Francisco Yobino, remando contra todas las mareas posibles de lo que implica una producción de estas características. Alguien que apostó desde el primer día a la excelencia. “Yo quería que en ese primer festival estuviera Gerry Mulligan, un saxofonista histórico del jazz junto a Chet Baker” comenta Yobino, quien es a esta altura un anecdotario viviente. “Entonces me tomé el atrevimiento de llamarlo, me atendió Franca Rota, la condesa italiana que por entonces era su esposa, le expliqué todo, el contexto, la idea, y luego me trasmitió que sí, que Gerry quería venir, pero que tenía que cambiar las fechas del Festival para febrero. Y eso era imposible, estaba todo confirmado. Gerry estaba muy enfermo, y Franca creía que él se recuperaría para entonces, pero falleció el 20 de enero, el último día de nuestro festival”.

Si el entorno y la idea sedujeron a Mulligan, un grande entre los grandes, el Festival se iría afianzando año tras año en el mundo del jazz, por ejemplo anunciado cada año en la revista Downbeat entre los festivales más importantes del mundo. Pero pasaba algo curioso: no había músico que no se sintiera seducido por la idea de venir, viajar 12 mil kilómetros, y luego dejar fluir sus notas en el silencio único del campo uruguayo. Se generaba algo llamado cariño. Por un lado del público, que con respeto y admiración supo disfrutar cada noche, durante 30 años, bajo las estrellas o bajo la lluvia, con calma o tormenta. Y por otro el propio productor. Es que, a diferencia de muchos promotores de espectáculos, Yobino es de la estirpe de aquellos que gastan el dinero en los músicos, en enaltecer su condición de creadores generándoles un entorno profesional óptimo. O sea, que el dinero no se desperdicie, que se vea arriba del escenario y se exprese en la sonrisa de deleite del músico que está interpretando, gozando de sus fraseos, de su improvisación, de sus elecciones tonales. Yobino los trató y los trata como dioses, y estos dioses quieren volver siempre a su Olimpo, sin importar cuánta fama tenían o cuántas reseñas le había dedicado el diario The New York Times o cuántos premios Grammy tenían acumulados. Solo hacía falta que este quijote del sur los convocara, y si las fechas de sus compromisos lo permitían, armaban sus valijas y listo.

Eso fue lo que permitió que en sucesivas ediciones aparecieran por nuestro campo figuras de la talla del contrabajista Ron Carter, el pianista Emmet Cohen, o también Dave Holland, Joe Zawinul, John Scofield, Roy Hanes, Cedar Walton, McCoy Tyner y una larga lista que hoy suma cientos de nombres, y se encuentra desplegada junto al escenario, allí sellados de forma indeleble. Y siempre la figura de Paquito D’Rivera, creador y protagonista mítico del jazz, excelso saxofonista y clarinetista que ayudaría a consolidar la idea, y a que eso que se ve arriba del escenario suene a algo parecido a la magia poética. Con el tiempo se convertiría en director artístico del Festival, haciendo una dupla imbatible junto a Yobino, para que se vencieran todos los contratiempos.

Con el correr de los años lo imposible trascendió. “Which way to Uruguay?” titulaba una nota la revista Downbeat, ilustrando humorísticamente el artículo con una foto de Roy Hargrove, músico y compositor estadounidense, mientras hacía dedo en algún lugar de Punta Ballena. La agencia Reuters ya señalaba al festival en el siglo pasado como el mejor encuentro de jazz del cono sur, y punto ineludible del circuito mundial. Antes de la edición número 11, en enero de 2006, el famoso crítico del diario The New York Times Lawrence van Gelder, advertía que las vacas del apacible entorno de Punta Ballena pronto recibirían tonos y semitonos mágicos, con el aditivo de un representante del mítico clan Marsalis, el trombonista Delfeayo Marsalis y su quinteto. La prestigiosa revista neoyorquina The New Yorker ya había destacado que el principal atractivo del lugar eran no solo la categoría de los músicos convocados, sino también cómo su música se sentía en medio del silencio del campo, transformando la escucha en un acto iniciático, donde virtuosismo y entorno geográfico se sumaban para el disfrute (en contraste, señalaba la revista, con el bullicio de las celebridades y las fiestas que proliferaban en la península, a pocos kilómetros). Por eso Jazz Times se preguntaba en 2014, “¿Rodeado de vacas?”, tratando de comprender los hechos, para finalizar la nota pidiendo una oración por Francisco Yobino, “un hombre que trabaja duro para hacer de éste un mundo mejor”. El diario Los Angeles Times le agregó color, ya que junto a las vacas mencionó ¡tractores! en la larga nota que el staff writer Sebastián Botella firmó el 22 de enero de 1999, y también lo imprevisible del clima, ya que la calma se vio interrumpida por el frío y la lluvia, pero “el público en lugar de refugiarse en sus coches se subió al escenario para cubrirse y rodearon al pianista panameño Danilo Pérez y su trío, que siguieron tocando con deleite”. El diario chileno El Mercurio destacó en 2003 la presencia de la cantante chilena de jazz Claudia Acuña. Tanto sonaba que Gabriel Senanes, del diario Clarín, advirtió que “debería dar celos a los honorables habitantes y autoridades de la Ciudad de Buenos Aires”; “mientras Phil Woods, Michael Breker, Benny Golson, Paquito y otros nenes acaban de engalanar el tambo (...) la Reina del Plata no la mira ni por TV. Las vacas chochas, los porteños no”.

Abajo del escenario también circularon y circulan los conocidos de siempre, como los críticos Enrique Hetzel o el “Chueco” Eduardo Alvariza. O fotógrafos que se acercan para inmortalizar con su arte esos momentos, tal el caso de Jimmy Baikovicius, “Chango” Figueredo o Adriana Mateo. El mundo empresarial uruguayo ha tenido numerosos héroes anónimos que año a año creyeron en el jazz; la política uruguaya, a su vez, tuvo y tiene destacadas presencias entre el público, como la del presidente Julio María Sanguinetti, o la del desaparecido Danilo Astori, fanático de la primera hora y decidido promotor que ayudó a hacer realidad apoyos oficiales que permitieron consagrar esta quimera.

Tres décadas. Lo latino siempre estuvo presente. El festival es una prueba de cómo el jazz se nutre de diferentes corrientes, regurgitándolas sin perder su centro, y asumiendo en este caso la grifa “latin jazz”. En ese sentido el Festival no ha permitido el ingreso de otros estilos que no sean jazz, una apuesta que algunos festivales han realizado como forma de éxito comercial para atraer otros públicos y cubrir mejor los costos. El festival también ha sido cauto con las apuestas de fusión.

En ese sentido, la edición número 30 del festival que comienza el 7 de enero de 2026 viene “pesada”, con algunos músicos ya conocidos por el público local. El cubano Elio Villafranca supo deslumbrar en la pasada edición del festival. El pianista y compositor cuatro veces nominado al Grammy y premiado por la revista Downbeat, ha actuado y grabado con Wynton Marsalis, Chick Corea y Paquito D’Rivera, entre muchos otros. Es docente en Juilliard, la Manhattan School of Music, Princeton y Temple University, supo dar muestras el pasado año de gran versatilidad y fineza con un jazz latino que le transpiraba por los poros. Integra esta vez un trío junto al saxofonista Dayna Stevens y la cantante nacida en Illinois Brianna Thomas (que ya estuvo). El caso de Stevens es un lujo tenerlo aquí por vez primera. Compositor, arreglador y docente nacido en Estados Unidos, graduado del Berklee College y del Thelonious Monk Institute of Jazz, ha tocado junto a Herbie Hancock, Wayne Shorter, Brad Mehldau y Esperanza Spalding. De su saxofón emanan tonos cálidos, hipnóticos, tanto en el saxo tenor como en el soprano, creando atmósferas inolvidables; así lo certifican quienes lo han podido disfrutar en vivo.

El otro aporte de peso a esta edición es el cuarteto integrado por Duduka Da Fonseca en batería, Maucha Adnet en voz, Alfredo Cardim en piano y Guto Wirtti en bajo. Es que Da Fonseca, nominado tres veces al Grammy, es uno de los protagonistas “caliente” (así en el original en inglés del crítico de Downbeat) de la movida del latin jazz, y un devoto del legado de João Gilberto y Tom Jobim, prueba de que el jazz brasileño sigue evolucionando pero sobre las ricas bases del samba y la bossa, y de que el jazz norteamericano sigue embelesado con estos ritmos. La cantante Maucha Adnet, también carioca como Da Fonseca, empezó a los 15 y frecuentó a Jobim; ha sido residente en Nueva York, presentándose en el Carnegie Hall y el Dizzy’s Club del Lincoln Center, ese fabuloso club de jazz que, si se llega antes del crepúsculo, permite ver desde la altura con su gran ventanal cómo las luces de la Gran Manzana se van encendiendo, rodeando el Central Park. Cardim, también carioca, estudio en Berklee y Juilliard, tocó con Paquito y Nana Vasconcelos, para retornar luego a Brasil. El que rompe la centralidad carioca es Wirtti, nacido en Rio Grande do Sul, de trayectoria destacada en Brasil y en el mundo, que trabajó junto a figuras como Milton Nascimento o Ron Carter.

Los fanáticos tendrán también como siempre a Los Amigos del Sosiego con Diego Urcola en trompeta, a Popo Romano en contrabajo, David Feldman en piano y a Juan Chiavassa en batería.

“Punta del Este, International Jazz Festival, January 7-11” anunció hace semanas la revista Downbeat destacándolo entre los festivales de jazz que trae el 2026. “Es un renombrado evento musical realizado de forma anual en Uruguay. Reúne a músicos de jazz de clase mundial junto a apasionadas audiencias en un elegante balneario costeño. Con actuaciones que abordan tanto el jazz clásico como el contemporáneo, el festival ofrece inolvidables veladas nocturnas plenas de ritmo, improvisación e intercambio cultural en uno de los destinos más glamorosos de América del Sur”.

Lo saben porque han venido y han escrito sobre él, tras respirar ese aire mágico del campo. Es que se llega al festival como mortales, pero se sale de él, tras ser partícipes de epifanías musicales irrepetibles, como caminando suspendido a diez centímetros del suelo.

27° Festival Internacional de Jazz de Punta del Este
Diego Urcola, en trompeta y trombón, un clásico del Festival del Jazz
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Festival de Jazz de Punta del Este 2024
Elio Villafranca, que estuvo en la 28 edicion del Festival de Jazz de Punta del Este, repite en este 30 aniversario
(Ricardo Figueredo/Archivo El País)
27° Festival Internacional de Jazz de Punta del Este
Popo Romano, un clásico uruguayo del Festival
(foto Jimmy Baikovicius)
Francisco Yobino
Francisco Yobino
(Archivo El País)

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