Mercedes Estramil
DANILO KIŠ es un ejemplo de escritor caído en el olvido por la mirada de un régimen y una época, y reivindicado tarde, en parte por eso mismo. Por eso, y porque fue una víctima indirecta del nazismo (su padre, judío húngaro, murió en Auschwitz), y por la calidad de su prosa, más allá de una eficacia narrativa que pueda cuestionarse.
Kis nació en 1935 en Subotica (algunas fuentes mencionan la cercana Novi Sad), ciudad que entonces pertenecía a Yugoslavia. Junto a Mesa Selimovic, Milorad Pavic, el Nobel Ivo Andric y Milos Tsernianski, entre otros, forma parte de lo que alguna vez fue literatura yugoslava y luego del desmembramiento se vuelve literatura serbia (escrita en serbocroata, denominación que muchos rechazan) sean sus autores bosnios, serbios, croatas o montenegrinos.
En 1976 Kis ya tenía una trayectoria cuando publicó el libro que le daría fama: Una tumba para Boris Davidovich, en la línea insólita de la anterior Historia universal de la infamia (1935) de Borges y la posterior La literatura nazi en América (1996) de Bolaño. Se trata de siete historias armadas con referencias reales y apócrifas, textos ajenos y un espíritu paródico, en torno a un tema excluyente: la impunidad de los totalitarismos a la hora de utilizar, confrontar, torturar y matar a sus súbditos, haciéndolos aparecer como victimarios o víctimas, según se precise para escribir la Historia. Por ese libro Kis fue acusado de plagiar a Borges, Solzhenitsyn y Joyce entre otros, y aunque es verdad que no citaba fuentes, la acusación tenía más que ver con lo enunciado y denunciado que con su método constructivo.
La URSS y la Unión de Escritores de Yugoslavia no le perdonaron su no alineación y su insistencia en separar literatura y compromiso ideológico. Pero sobre todo, no le perdonaban su renuncia a victimizarse. Kis no se consideraba escritor judío ni disidente político. No quiso engrosar ningún minoritarismo pese a estar ubicado en esa Mitteleuropa tan geográfica como imaginaria donde los totalitarismos del siglo hicieron impacto.
En 1965 publicó Jardín, ceniza, complemento o continuación de un libro anterior pero publicado cuatro años después, Penas precoces (1969), y al que siguió Reloj de arena (1972). Las tres novelas, autobiografías ficcionalizadas, se juntaron en el volumen Circo familiar, que restituía el orden de escritura y mostraba su desarrollo en espiral, profundizando en cada una la inmersión en un tema medular de su narrativa: la muerte del padre.
Esa "verdad pura y dura y humillante" que era para Kis la literatura se tradujo aquí en un estilo distante, una combinación de climas poéticos y trama borrosa difíciles de seguir. En Penas precoces el narrador Andreas Sam vuelve a su casa de infancia con un discurso naïf, rememorando juegos, primeros amores, a su madre, hermana y perro, y a la figura inalcanzable del padre, a quien reelabora como el mítico Ahasvero, el "judío errante" que no puede morir. Jardín, ceniza se aleja algo de la versión onírica para darle a esa figura mayor nitidez, pero todavía protegiendo su verdadera historia con un muro de esperanza: Andreas prefiere dar la imagen de un padre irascible, infiel y borracho antes que aceptar que murió en un campo de concentración. En El reloj de arena, del poético ubi sunt de las novelas anteriores se pasa a un registro impersonal y burocrático con forma de interrogatorio. Condenado de antemano, en un clima de delación, apremio físico y mental, Eduardo Sam (el padre) aparece marcando los fanatismos y la pequeñez burguesa de la sociedad judía a la que pertenece.
Circo familiar da una visión personalísima del Holocausto y por extensión de cualquier autoritarismo, pero centrado en sus maniobras elusivas y formales, sin entrar de lleno en el horror de sus resultados parciales. Se le puede señalar la densidad del planteo, tanto por su complejidad e ironía, como por un exceso de lucidez presentado con retorcimiento y distancia.
CIRCO FAMILIAR, de Danilo Kis. Acantilado, Barcelona, 2007. Distribuye Gussi. 575 págs.