El semidios y el misántropo

Jorge Abbondanza

EL BARROCO TIENE menos prestigio que el Renacimiento, pero ello se debe al azaroso mercado donde se compran y venden los mitos culturales. Sin embargo, y a pesar de esa desventaja, el Barroco fue un período donde el arte occidental alcanzó uno de sus picos de expresión más embrujadores y funcionó como una bisagra para el audaz cambio de los lenguajes visuales. A lo largo del siglo XVII, cuando Europa despilfarraba tantas cosas en la campaña de Flandes o en la guerra de Treinta Años, los escultores embellecieron la retaguardia de esos conflictos haciendo volar los pliegues de las vestiduras de santos y prelados como nunca había ocurrido antes, mientras la arquitectura entregaba un aporte medular a ese desfile. Porque el Barroco desplegó la trenza de las columnas salomónicas como si motorizara la elevación de los altares y jugó libremente con las concavidades en muros y fachadas, una ondulación reveladora de la sensualidad ornamental que fue su sello. Gobernado por la opulencia y el dinamismo de las formas -expresiones de su horror al vacío- el Barroco dejó un sello tan invasor que es imposible eludirlo, aún en el paseo turístico más desprevenido por las corrientes de Europa después del cinquecento, después del Manierismo. Porque se cruza en el camino del observador no sólo con la acrobacia de sus curvas o el atrevimiento de los relieves, sino también con la insolencia de una fastuosidad que recayó igualmente sobre iglesias y palacios, como si pretendiera emparejar lo sagrado y lo profano. No conviene empero confundirlo con el Rococó, que fue la vertiente epigonal y un poco enloquecida del movimiento, producida poco después al norte de los Alpes.

LA COMPETENCIA. En la cúspide del Barroco italiano hubo dos nombres a los cuales está dedicado The Genius in the Design, un libro muy sabroso del norteamericano Jake Morrissey, editado hace unos meses en Nueva York por Harper Collins-Perennial. Esos dos nombres son los de Gianlorenzo Bernini (1598-1680) y Francesco Castelli, más conocido como Borromini (1599-1667). Entre ambos creadores creció una rivalidad profesional que a esas alturas de la fama y del talento suele formar parte de la esfera de las vanidades, pero que resultó robustecida por el sanguíneo apasionamiento mediterráneo y por el zigzagueante favoritismo de ambos arquitectos en torno a varios papas. Esa batalla se prolongó durante años y tuvo altibajos, pero en todo caso recuerda otros ejemplos notorios de enemistad y celos entre coetáneos, como el torneo de Mozart y Salieri en la corte austríaca del siglo XVIII o aun los paralelismos de Picasso y Braque en el París fermental del novecientos. El marco de la competición entre Bernini y Borromini fue sin embargo más esplendoroso.

Se trataba de la Roma de la contrarreforma, que ya había dejado atrás las cicatrices del saqueo de las tropas de Carlos V en el siglo anterior y que vivía una fiebre de construcciones bajo el auspicio de las grandes familias principescas, una élite que se turnaba en el trono pontificio (los Barberini, los Pamphili, los Chigi) y encargaba enormes caserones, villas campestres, iglesias y monumentos funerarios con inagotable entusiasmo. Trescientos cincuenta años después, y al margen de otros hechizos de la Antigüedad en el terreno arqueológico, lo que guía el paso del visitante en el casco histórico de la Roma de hoy es el legado del Barroco, desde la basílica y la columnata de San Pedro hasta los palacios de Piazza Navona o de la Via del Corso, sin olvidar la fauna de mármol bajo el chorro de las fuentes. Ese aporte ha llenado la ciudad con el fruto de la escandalosa prodigalidad vaticana para que los clanes dominantes de la época tuvieran la mejor escenografía del mundo donde rezar, comer, festejar y morir.

Hubo pocas cosas más dispares que los temperamentos de Bernini y Borromini. El primero había nacido en Nápoles y llevó a Roma un aire de hedonismo meridional (y también de monumentalismo grecorromano) que ventiló en sus esculturas y sus edificios. Era flexible y negociador con sus patrocinadores, de manera que supo mantener una ventajosa posición en la corte papal, beneficiando así no sólo su bolsillo sino también el camino de acceso a grandes encargos que desembocaron en su consagración internacional. Hasta Luis XIV lo reclamó para diseñar una ampliación del Louvre que no dio resultado pero promovió el único viaje de Bernini fuera de Italia. Mientras tanto, su vida personal también crecía con aventuras amorosas, una dilatada soltería (hasta los 40 años vivió en casa de su madre), algún escándalo, mucha sociabilidad y finalmente un matrimonio tardío pero armonioso y sobre todo prolífico.

En cambio Borromini, nacido al norte, sobre el lago de Lugano, era un misántropo, un hombre con pocos amigos que vestía siempre de negro como los monjes (pero también "como los españoles", según se decía), cuya intimidad resultaba un territorio desierto e infranqueable. En varios sentidos parece el reverso de Bernini, en parte por el mayor cerebralismo de sus trabajos arquitectónicos pero además por la aspereza que caracterizaba su trato personal, nada dispuesto a mostrarse diplomático sino a discutir violentamente con los poderosos para defender sus puntos de vista, al extremo de enemistarse con casi todos ellos y hasta de abandonar por el camino una obra importante e inconclusa.

Entre este solitario de carácter insufrible y aquel cortesano complaciente, hubo al comienzo una proximidad laboral, porque trabajaron juntos en algunos emprendimientos mayores, como la basílica de San Pedro y el palacio Barberini, pero luego llegó una divergencia que cubrió el resto de sus vidas y que estuvo surcada por celos, malevolencia y deshonestidad, mientras sus respectivas carreras se desplegaban por caminos separados. Esa separación surge también como un emblema de la desigualdad de sus estilos artísticos. Mientras Bernini perseguía una grandiosidad teatral que triunfó no sólo en sus grupos escultóricos (la capilla Cornaro, con el éxtasis de Santa Teresa) sino además en sus construcciones (la Scala Regia, la plaza de San Pedro), Borromini se atenía a un severo cálculo que se reflejaba en el despojamiento a menudo magistral de su arquitectura (San Carlo alle Quattro Fontane, Sant`Ivo alla Sapienza). Los alardes de uno y el rigor del otro fueron las caras de dos personalidades y dos vidas tan opuestas como los dos lados de una moneda.

Y sin embargo a través de esos contrastes ambos perseguían una misma meta, la del simbolismo en torno a lo sagrado y la relación del hombre con el ámbito sobrenatural. Sólo que Bernini entendió esa búsqueda a través del aparato palaciego del Vaticano y Borromini lo hizo mediante la delicadeza casi secreta de la geometría que presidió el diseño de sus templos, y que él implantaba allí como un desdoblamiento del orden que rige todas las cosas desde lo alto. El conocimiento técnico y la solidez profesional de Borromini superaban a los de Bernini, pero éste tuvo a su favor el apoyo casi constante de la clase dirigente romana, capaz de perdonarle hasta el desastre de los campanarios de la basílica vaticana, que debieron demolerse debido a fallas de cálculo cuando estaban casi concluidos.

OBRA COLOSAL. Los respaldos con que contaba Bernini le permitieron incluso apropiarse de obras en las que Borromini (y algún otro) habían participado, como el grandioso Baldacchino de San Pedro o la fuente de los Cuatro Ríos en medio de la Piazza Navona. De cualquier manera, ambos enjoyaron a Roma como si compitieran por multiplicar un legado perdurable y colocaron su sello en un momento donde también la pintura (Caravaggio, Pozzo, Cortona, Artemisia Gentileschi) contribuía a las glorias barrocas del lugar con un impulso innovador en la forma y en el espíritu de las obras. Cuatro siglos después, eso sería reconocido por el arquitecto norteamericano Frank Gehry al enfrentarse a una iglesia de Borromini: "allí ya estaba todo lo que se hizo después" dijo. "No ha habido nada realmente nuevo desde entonces".

Pero el libro de Jake Morrissey sobre los dos colosos del Barroco, que se detiene prolijamente en la descripción de sus obras, es también una fuente de placer por varias incursiones en la petite histoire, como el episodio de los borrascosos amoríos de Bernini con la mujer de uno de sus asistentes, Matteo Bonarelli. De esa mujer nada afligida por su vocación adúltera, también se enamoró Luigi, el hermano menor del escultor, provocando finalmente un revuelo con incidentes callejeros e intentos de homicidio, que a Luigi le costaron algunas costillas rotas y a Bernini el fastidio del papa. Pero otros entretelones coloreaban la relación de los dos artistas con la parentela de los pontífices, entre la cual figuraba la despótica Olimpia Maidalchini, que era cuñada del papa Inocencio X Pamphili y gobernó a Roma (y a sus mejores arquitectos) por detrás del trono, instalada en su flamante palacio, que hoy es la Embajada de Brasil. A Olimpia la llamaban La Dominante o La Papisa, y cuando finalmente su cuñado murió, ella se negó a pagar los gastos del entierro aduciendo un estado de pobreza que quedaría desmentido tres años después, cuando esa matriarca también pasó al otro mundo dejando una enorme fortuna y un busto de mármol con su efigie que hoy permite identificarla. Actualmente esa pieza se exhibe en la galería Doria-Pamphili y la muestra como una mujer fea pero visiblemente dispuesta a mantener a Roma en un puño. También ella era barroca en los remolinos de su comportamiento y su sinuoso tráfico de influencias, pero gracias a potentados como Olimpia, la Roma que conocemos hoy es el cofre que alberga las mejores reliquias de aquel momento.

FINALES DIVERSOS. Todo indica que Bernini disfrutó de la vida y hasta de su trabajo, llegó a los 80 años, fue un hombre rico y murió finalmente en su cama, rodeado de una copiosa familia. En cambio Borromini fue doblegándose bajo las rispideces que provocaba su propia conducta, hasta que ya no resistió más y a los 67 años se suicidó arrojándose sobre su propia espada. Con todo, sobrevivió unas cuantas horas y en ellas hizo algunas disposiciones sobre sus bienes, que eran escasos.

Y así otra diferencia se sumó a las que separaban a los dos hombres, porque uno de ellos fue feliz y el otro no.

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