Guillermo Pellegrino
EN LA Argentina de Menem, hace más de diez años, se conoció una increíble historia de plagio a cargo de un "periodista" que firmaba sus notas bajo el seudónimo de Nahuel Maciel. Meses atrás el plagiario reapareció como activista ambiental en Gualeguaychú, y es el hilo conductor de un documental del cineasta argentino Eduardo Montes Bradley titulado No a los papelones (2006).
La historia original, la del plagio, estuvo condimentada por la mitomanía, la fabulación, el talento y la ingenuidad. También puso en evidencia la ausencia de prácticas elementales para hacer buen periodismo, o para cumplir la función de responsabilidad social que deben asumir quienes aceptan tareas de dirección y edición en los medios de comunicación.
REFERENCIAS. Todo comenzó una tarde de diciembre de 1991 cuando Nahuel Maciel, en ese momento de 26 años, apareció por el diario El Cronista a ofrecer una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax. Seguramente nunca el sentido de la oportunidad volvió a jugar tan a favor suyo: a Silvia Hopenhayn, por entonces editora del suplemento Cultural, se le acababa de "caer" la nota principal. El Director General del diario, Mario Diament, recordó así el comienzo de esta historia: "Nahuel Maciel era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra de Oscar Taffetani, de la revista El Porteño, y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde, de París y The National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo".
La propuesta de Maciel, a priori, fue muy seductora para una editora que lidiaba con un cierre dificultoso e imprevisto. "Hopenhayn vino a verme a mi oficina a proponerme la nota" cuenta Diament en el artículo antes mencionado. "Mi primera reacción fue, obviamente, de asombro. ¿Un indio mapuche que hace entrevistas por fax? El concepto no podía resultar más fascinante. Tenía ese contraste que tanto nos seduce a los periodistas: esa mezcla del mundo primitivo y la hipercivilización. Le pedí a Silvia (Hopenhayn) que me trajera los originales del fax, cosa que hizo, y que se asegurase de que las referencias fueran verdaderas. Hopenhayn no logró hablar con Galeano pero sí se comunicó con Taffetani, quien dijo conocer a Maciel y confirmó que se trataba de alguien con legítimos antecedentes periodísticos". Así, Diament y Hopenhayn tomaron la decisión de publicar, el 22 de diciembre de 1991, una doble página con la entrevista al escritor peruano
Al mes, y después de que le publicaran otras dos notas (entre ellas un reportaje exclusivo a Carl Sagan, el 12 de enero de 1992), la figura de Maciel ya no pasó inadvertida cuando aparecía por la redacción. Un buen día, "El indio" (como algunos lo habían apodado) llegó al diario para ofrecer, esta vez, una entrevista con Gabriel García Márquez. Resulta curioso que no llamara la atención el hecho de que un periodista joven, sin demasiados antecedentes en el ámbito literario, pudiera tener acceso simple a tan ilustres nombres de la literatura. Continúa Diament: "Tenía los originales firmados por Gabo y todo parecía normal (no era difícil que García Márquez hubiera sucumbido a la seducción de un mapuche patagónico, amigo de Galeano, que proponía entrevistarlo por fax), de modo que no hubo inconveniente en autorizar su publicación. Si bien la entrevista era una extensa y a menudo fatigante discusión sobre la utopía (su pesadez era fácilmente atribuible al engorroso mecanismo de enviar preguntas y recibir respuestas vía fax), sus méritos sobrepasaban a sus imperfecciones". Bajo el título "El vivero de García Márquez", el reportaje -de cuatro páginas- que apareció en la edición del 26 de enero, se convertiría, al poco tiempo, en un eslabón clave en la cadena de esta historia.
Cuando Diament habla del "mapuche patagónico, amigo de Galeano", cabe destacar que el título "amigo de Galeano" sólo provenía de los dichos de Maciel. Si para aquella primera nota con Vargas Llosa no pudo probarse la recomendación del autor de Las venas abiertas de América Latina, no se sabe por qué para esta nueva ocasión, en la que se contó con un mes para chequear dicha referencia, no se hizo.
Mientras, seguían apareciendo reportajes a diversas personalidades de la cultura; Diament recuerda una extensa charla que tuvo con Maciel, fuera de la redacción: "Mi primera impresión fue la de un tipo apocado y retraído. Trasuntaba esa resignada y casi condescendiente actitud que los pueblos indígenas asumen frente a la ceguera cultural de los europeos. Salpicaba su conversación con frecuentes referencias a la cultura mapuche, diciendo cosas como `los mapuches llamamos al viento kerruf, que significa paisaje que anda`, o `cuando una persona logra comunicarse con otra más allá de las palabras, cuando se logra conversar con las manos y escuchar con los ojos, le decimos huerque, es decir, mensaje`, en un tono altamente exótico y misterioso. Le pregunté por su historia personal y me dijo que, en realidad, él no era mapuche puro, sino que había sido criado por mapuches de la Patagonia. Había crecido con ellos y luego se recibió de maestro y se dedicó a enseñar en las comunidades indígenas del sur argentino. Cuando le pregunté cómo había conocido a Galeano, me respondió que ocurrió al haber traducido al mapuche algunos capítulos de Las venas abiertas de América Latina.".
MITOMANíA RAMPANTE. El muy comentado reportaje a García Márquez, que mereció una mención en la propia portada del diario y hasta un recuadro sobre la historia del autor de la nota, no iba a quedar ahí: tuvo tanta trascendencia que dio paso para que la mitomanía de Maciel conquistara otros formatos. "La entrevista a Gabo era bastante larga y hubo que hacerle numerosos cortes", recordó Diament en Noticias. "Mientras revisaba los cromalines, le dije a Silvia (Hopenhayn) que de haber sido un poco más extensa, habríamos podido hacer un libro con esa entrevista". Maciel, perspicaz, escuchó el comentario y les aseguró que podría intentar ampliar ese diálogo con García Márquez. La idea era que el libro viera la luz en El Cronista Ediciones.
Lo cierto es que a los pocos días, y con una mueca de satisfacción en su rostro, Maciel llegó al diario con dos importantes confirmaciones: una era que el autor de Cien años de soledad había aceptado ampliar el diálogo con él; la otra, que Galeano se había comprometido a escribirle el prólogo. No pasaron muchas semanas para que apareciera con el texto prometido. Sin demasiados ambages, la ampliación de la entrevista fue aprobada. Se trabajó con premura en el diseño del libro para enviarlo a imprenta lo antes posible, con la intención de que estuviese pronto para lanzarlo en la Feria del Libro, que se avecinaba. Maciel, en tanto, no sólo continuaba publicando en el suplemento sino que también se lo veía más activo, moviéndose con otra confianza, y en ocasiones conversando con grupos indígenas que misteriosamente aparecían por la redacción.
En el muy pormenorizado relato del affaire Maciel que Diament hace en Noticias (junio 1996), tampoco obvia mencionar el cambio de actitud que, con su veloz crecimiento, había experimentado el personaje: "Su antigua inhibición había sido reemplazada por un aire de placidez intelectual sazonada con esa certeza que trasuntan quienes han bebido la sabiduría de los pueblos antiguos. Había sido invitado a dar una clase magistral en la Universidad de La Plata e iniciado paralelamente una carrera amatoria bastante prolífica (a juzgar por los comentarios), que no excluyó a algunas de sus compañeras de la redacción".
Pero lo que Diament soslaya en su relato es que, un poco a raíz de esos "grandes artículos" de Maciel, el suplemento había adquirido cierto prestigio en el medio (y con él también quienes lo llevaban adelante), ante la mirada desconfiada, aunque silenciosa, de muchos colegas vinculados a suplementos culturales tradicionales de los grandes diarios. Ese halo de prestigio lo demuestra claramente una de las más importantes Mesas Redondas de la Feria del Libro de ese año, "Cómo se hace un suplemento cultural". En ella participaron, entre otros, Mario Diament, Silvia Hopenhayn y el escritor Orlando Barone, quien desempeñaba funciones en el diario y tuvo también un papel en esta historia, ya que fue director del vespertino Extra (que editaba El Cronista), donde Maciel llegó a publicar "investigaciones", entre ellas una muy recordada por la que descubre un museo clandestino de la subversión, en Tucumán.
Maciel, a esas alturas, ya había logrado una envidiable continuidad en el suplemento, con otros "impactos" tales como una entrevista exclusiva con Rigoberta Menchú, en ese momento candidata al Premio Nobel de la Paz.
DESCONFIANZA Y SILENCIO. En tanto, eran varios los periodistas del diario que hacía un buen rato desconfiaban de Maciel. Aunque también debe apuntarse que para muchos otros las historias que contaba eran verdaderas, y admiraban su talento. El tema, por esos días, estaba constantemente en discusión dentro del diario o fuera de él; y eran habituales los chistes sobre los próximos "peces gordos" que "El Indio" entrevistaría.
Varios de esos periodistas continúan trabajando en El Cronista y evitan hablar del affaire Maciel, que en general resulta "incómodo" a las autoridades del diario. Sin embargo, ante la insistencia del Cultural para obtener una visión más distante, de algún trabajador del diario que conociese bien los hechos pero "desde afuera", la mayoría de los consultados coinciden en nombrar como fuente clave a Aníbal Maturi, con una frase del actual argot porteño: "Fue de los primeros y de los que mejor le `sacó la ficha` al mapuche". Ni bien es contactado, Maturi aclara con énfasis: "Maciel no hubiera existido sin la inoperancia de Diament, Hopenhayn y Barone, que permitieron que llenara páginas y páginas. Cualquier periodista con un poco de experiencia podía inmediatamente darse cuenta de que todo se trataba de un fraude". Y no demora en agregar los elementos con los que sostiene su afirmación: "Si hacía los reportajes vía fax, ¿cómo era posible que repreguntara -y muchas veces- durante toda la entrevista? Esto es algo elemental, cualquiera con dos días en una redacción lo hubiera percibido".
Pero la embustera habilidad del personaje parecía ilimitada, al menos hasta que un error la dejase en evidencia. Otro hombre de prensa, Aníbal Mendoza, quien igual que Maturi ya hace tiempo dejó El Cronista, trae de su memoria una experiencia sobre Nahuel que para él fue decisiva: "Recuerdo muy bien una charla que tuve con Maciel sobre Umberto Eco. Él estaba trabajando en la previa de un gran reportaje que en breve iba a hacerle a Eco, vía fax, y me pidió que le escribiera diez preguntas ligadas al deporte, a cuento de que se venían los Juegos Olímpicos de Barcelona y era típico de aquel momento recurrir a intelectuales que dieran su visión académica del asunto. Como yo estaba en el suplemento deportivo de El Cronista, que versaba sobre `el otro lado` del deporte, se lo comenté a mi jefe, quien enseguida `compró` la idea. Entre ambos nos pusimos a armar un buen cuestionario, que le pasamos sin perder tiempo. Inquieto, un día le pregunté qué había pasado con la entrevista y estuvo semanas y semanas sin definirme absolutamente nada, una vez diciéndome que se había retrasado el reportaje, la otra que Eco estaba de viaje, entre varias otras respuestas. Lo cierto es que a partir de ahí yo perdí mi credibilidad como `promotor de notas brillantes` y Maciel, por supuesto, todo mi crédito".
Ese resquebrajarse de la imagen periodísticamente `todopoderosa` de Nahuel es bien reflejada en una documentada investigación que hace poco tiempo hizo el sitio de Internet Diarios sobre Diarios, titulada "El primer periodista fabulador de un diario argentino": "En cierto momento" dice la nota, "nadie se animaba a decirle a Diament lo que pensaba en relación a Nahuel. Incluso Orlando Barone (en ese momento Director de Extra, vespertino editado por El Cronista), que había escuchado hablar del mapuche que hacía reportajes sobre `la utopía` con García Márquez, se interesó en él y hasta lo invitó a cenar a su casa. En la cena `El Indio` dio rienda suelta a su imaginación y contó una historia extravagante sobre sus orígenes. `Me dijo que su madre había sido violada por los blancos en la reserva indígena`, recordó Barone. `Las mujeres que estaban ese día en la cena quedaron encantadas con él, pero yo - porteño, al fin-, me di cuenta de que estábamos frente a un delirante`". Estos dichos, según la nota de Diarios sobre Diarios, no alcanzaban de todos modos a explicar algunas anteriores ponderaciones de Barone a Maciel y su libro.
CIMA Y DERRUMBE. El libro Elogio de la utopía, que firmó Nahuel Maciel, se terminó de imprimir en abril de 1992 y fue presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires. El día del acto, con la sala abarrotada de público, entre el que se contaban autoridades del diario y personalidades del mundo literario porteño, Maciel hizo leer por un locutor una carta apócrifa de "su amigo Gabo" en la que, lógicamente, el colombiano se deshacía en alabanzas. También Orlando Barone realizó en esa oportunidad comentarios muy elogiosos, tanto de la personalidad de Maciel como de la extensa entrevista que acababa de publicarse.
Los vientos parecían soplar con fuerza las velas, y nada hacía presagiar un cambio en el clima. Pero el mitómano, torpemente, empezó a enredarse en su propia telaraña. Diament cuenta cómo fue que se materializó su primera gran sospecha: "Una tarde se acercó para preguntarme si me interesaba una entrevista con el Premio Nobel Samuel Yosef Agnon. `¿El quiere hacerla?`, le pregunté. `Bueno, se puede intentar`, me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo. `Tengo buenos contactos`. `Tienen que ser muy buenos` le dije, `porque Agnon está muerto`. Se quedó cortado un momento y luego murmuró: `No lo sabía`".
Hay que tener en cuenta que Diament, como Barone líneas más arriba, intentan con sus testimonios una práctica natural, la de llevar agua para su propio molino. Si bien el ex director de El Cronista hace un buen resumen y le imprime una interesante electricidad narrativa a su nota -de la que aquí se rescatan varios párrafos- en ningún momento debe perderse de vista esa característica antes mencionada.
El derrumbe de Maciel sería tan fulgurante como su ascenso. La primera prueba fehaciente de plagio tendría a dos uruguayos como protagonistas involuntarios: Juan Carlos Onetti (supuesto entrevistado de Maciel) y María Esther Gilio (a quien plagió partes de dicha entrevista). Quien denunció la fraudulenta maniobra fue el escritor santafesino Carlos Roberto Morán, que aseguraba haber leído la misma entrevista firmada por Maciel mucho antes de que éste pensara "en realizarla". Ante la insistencia de las autoridades del diario, Morán logró encontrar la evidencia y mandó la fotocopia de una de las entrevistas que Gilio le había hecho al autor de El Pozo. Cuando Diament le pidió una explicación, Maciel sacó a relucir su torpeza nuevamente y respondió que "el propio Onetti le había autorizado a utilizar esa entrevista, y que inmediatamente se comunicaría con él para pedirle que confirmara sus dichos por fax". A lo que Diament respondió: "Aún cuando el Papa la hubiera autorizado, esto sigue siendo un plagio". En su recuerdo, Diament manifestó que en ese momento le preguntó si las anteriores entrevistas también provenían de un procedimiento similar, lo que Maciel negó rotundamente.
Tras la propuesta de la entrevista a Agnon, y otro hecho que había acrecentado su sospecha, el ex Director de El Cronista aseguró que "Nahuel todavía alcanzó a colocar una entrevista con Onetti, antes de que se impusiera una veda a la publicación de sus notas". La memoria y la falta de rigor volvieron a jugarle una mala pasada a Diament: tres semanas después de publicada la entrevista a Onetti (7 de junio), salió en tapa del Cultural un reportaje de tres páginas a Umberto Eco. Esto lleva, inevitablemente, a una pregunta: ¿cómo pudo ser que, tras la primera sospecha manifestada por Morán, no se sostuvo con firmeza la veda a las notas de Maciel? Diament también mencionó, quizás como justificativo, la existencia de un casete con una entrevista que Maciel realizó telefónicamente a Milan Kundera. Sin embargo, ese texto jamás se publicó y no llegaron a saber si era o no Kundera el que hablaba, como tampoco en qué otras notas existió plagio.
Pero el círculo terminó de cerrarse cuando, días después de aparecida la entrevista a Eco, llegó al diario una demanda del padre Mamerto Menapace acompañada de las fotocopias de un libro suyo en el que resultaba evidente que Maciel había plagiado partes para su libro de conversaciones con García Márquez. De inmediato, Diament instó a Maciel a un encuentro: "Llegó como siempre, circunspecto y candoroso. `¿Recibió el fax de Onetti?, me preguntó. Le dije que el problema no era Onetti sino Nahuel Maciel y le mostré las fotocopias del libro. Por primera vez lo vi palidecer. `Es cierto`, admitió. `Es un plagio`. Evitando mirarme a los ojos, me pidió perdón por haber traicionado mi confianza". Diament recordó que al rato le preguntó por qué se había metido a hacer un plagio tan burdo. La respuesta de Maciel revela algunos mecanismos ocultos, que subyacen en la mente de quien comete este tipo de delitos: "Uno a veces tiene impulsos que no controla. Como los que se sienten impulsados a matar. La verdad es que no sé por qué hago estas cosas…".