De entre los muertos

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SE PUEDE TOMAR como punto de partida de la biografía moderna Vidas breves, de John Aubrey, escrito a fines del siglo XVII y publicado más de un siglo después, en 1813, aunque tal vez los casos más celebres hayan sido Vida de Richard Savage (1744), de Samuel Johnson, y Vida de Samuel Johnson (1791), de Boswell. Johnson era amigo de Savage, y Boswell era amigo de Johnson, así que pudieron hacer literalmente lo que otros biógrafos sólo pueden de modo metafórico: caminar con su sujeto. El término biografía no alude aquí a mamotretos publicitarios dedicados a políticos y otros oportunistas, sino a libros bien escritos que, como aconsejara el mismo Johnson, en lugar de detenerse en aquellos comportamientos y episodios que producen una grandeza vulgar, se enfocan en guiar los pensamientos hacia la privacidad doméstica; libros que no tratan al ser humano como mero síntoma de su época y dan prevalencia el insight psicológico por sobre la acumulación de datos, provocando en el lector la sensación de estar en intimidad con extraños.

Michael Holroyd (Londres, 1935) es un renombrado cultor del género. A diferencia de colegas suyos de la talla de Richard Ellman, Ian Gibson y Peter Ackroyd, las vidas que ha escrito son estrictamente las de artistas ingleses y algunos de ellos de poca resonancia fuera de fronteras (el único de sus sujetos que no necesita presentación es Bernard Shaw). El libro Cómo se escribe una vida es una recopilación de ensayos y artículos escritos por Holroyd en los que reflexiona sobre el arte de la biografía en particular, y sobre la literatura en general. Son especialmente atractivas las descripciones del proceso de investigación y escritura de algunos de sus libros. También se explaya sobre los dilemas éticos a los que todo biógrafo puede enfrentarse y, también, sobre los peligros: en la página 78, en medio de un ensayo dedicado al originalísimo Richard Holmes, -que en sus investigaciones va literalmente tras los pasos de los muertos, visita sus playas, habita sus camas, hace sus mismas caminatas-, Holroyd menciona el episodio en que Holmes, poseído por Shelley, fecha uno de sus cheques en 1772, en lugar de 1972. "Anhelar semejante intimidad con los muertos y sentir el pasado, más que el presente, como influencia viva (…) puede hacer que el biógrafo desaparezca, para reaparecer mezclando su identidad con la del biografiado. Es este uno de los pecados capitales de la biografía, cuya meta es resucitar a los muertos y no que el propio biógrafo sea absorbido hacia un mundo muerto."

Holroyd aprovecha los casos seminales de Johnson y Boswell para hablar sobre cómo biografía y autobiografía se interpenetran (Boswell aparece en su biografía de Johnson) y cómo el biógrafo casi siempre acaba deviniendo autobiógrafo (Boswell lo hizo, Holroyd también). Es en todo momento, pero más que nada cuando se pone a cuestionar la tensión entre los escritores de ficción y los de no ficción, cuando analiza y se queja de los equívocos que llevan al vilipendio de los biógrafos (son profanadores de tumbas, no precisan de la creatividad, su trabajo con el lenguaje es de segundo orden), y cuando escribe sobre narradores injustamente relegados del canon, que emerge la figura de Holroyd como hombre de letras con un interés específico en la tradición de su país y motivado por un sentido de justicia, alineado con las obras, los géneros y los autores que por algún sordo motivo son ninguneados y van rumbo al olvido.

CÓMO SE ESCRIBE UNA VIDA, de Michael Holroyd. La Bestia Equilátera, 2011. Buenos Aires, 309 págs.

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