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Con el escritor y crítico Elvio Gandolfo, lector voraz e incansable

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Elvio E. Gandolfo
Nota a Elvio Gandolfo, narrador, poeta, critico y traductor, ND 20171027, foto Fernando Ponzetto - Archivo El Pais
Fernando Ponzetto/Archivo El Pais

El hombre que nació para ser considerado

Acaba de salir su poesía completa en Argentina, y una novela en Uruguay.

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Quizá no haya otro escritor y crítico que atraviese tantas generaciones siendo tan respetado como Elvio Gandolfo. En ese sentido, parece haber sido un hombre que nació para ser considerado. Su presencia no pasa inadvertida por inquieta, entre chistes módicos de resultado teatral o absurdo, su voz calma y cálida, los anteojos que todo lo ven aunque estén colgados de su cuello esperando volver a los ojos para masticar partes del mundo.

Con ese mascar letras que nunca se cansa, Gandolfo tiene una curiosidad lectora que está activa de forma permanente. Como una llama olímpica, el fuego índice de Elvio jamás se detiene, por eso conoce, alienta o critica a sus contemporáneos, a quienes lo precedieron y a quienes han de venir, con el mismo compromiso.

En Uruguay, los jóvenes impiadosos y parricidas de los 80 no solo le perdonaron la vida, sino que estuvieron muy atentos a su obra y hasta llegaron a generar lazos de amistad. En Argentina, la elite intelectual que fabricaba el canon de autores en los 70 y 80 lo tuvo muy en cuenta por creador, por acertado, por moderno.

Leer, luego existir

Llegar hasta su casa implica atravesar un viento con cuchillos grises en una tarde de invierno. El sol es mezquino, no cumple su función de fuego. En el portero eléctrico se oye una voz aguda, latosa. Minutos después el escritor abre la puerta e invita a pasar a un recibidor lleno de mármoles y sombras. Su apartamento tiene los harapos vistosos de alguien que se dedica a las letras; pocas cosas, a excepción de los libros que son muchos. En la pared hay dos grabados con historias personales. Luego, muebles que esperan allí, por compromiso.

—Prendí la estufa porque estaba frío —dice Gandolfo, y ofrece un par de bebidas.
El calor de la sala le da una tregua a los huesos. Luego la conversación que insumirá dos horas y donde, entre otras cosas, estarán sus libros. La lectura y el trabajo de leer como un oficio serán largo tema de la charla para alguien que ha leído profesionalmente durante toda su vida.
Los panoramas de la literatura han ido cambiando y Elvio Gandolfo ha visto cada uno de esos cambios, en general, hacia un lector promedio de expectativa empobrecida y una industria creativa que camina en consecuencia.

—Ha venido toda la idea de lo digital, que empuja el concepto de que el libro va a desaparecer, pero ya hace demasiado tiempo de eso. A su vez, es cierto que los libros se promocionan menos. Pero la lectura de un pdf o de un e-book, es algo que no es leer, es otra cosa. Tengo muchos amigos que leen en e-book y se da algo muy diferente, leen a velocidad. Es como la adicción; no tienen diez libros guardados, tienen mil, o diez mil, si te quieren engrupir tienen cien mil, ¿están locos? Hace poco un amigo de Buenos Aires me dijo “no leía tal libro porque no lo veía, no estaba el libro ahí”. Necesitaba verlo, ver algo fijo. La propaganda es que se puede agrandar la letra, ver de otra manera. Eso no tiene un carajo que ver con la lectura.

Hace varias semanas el autor ha tenido celebración literaria por partida doble. Se editó su obra poética completa en un volumen cuidado y lujoso a través del sello de la Universidad Nacional de Entre Ríos, eso trajo consigo una de las facetas menos conocidas del narrador, crítico, periodista y traductor. Tengo ganas de risas raquel es una compilación de toda su poesía; sus primeros libros, su década y poco más de silencio, y el proyecto “El año de Stevenson” que, por ahora, cuenta con dos volúmenes.

Por otro lado, el sello Tusquets editó Un error de Ludueña, una ficción que podría inscribirse dentro del noir rioplatense y litoraleño en el que, lo que en su origen fue un cuento, deviene ahora en novela de una manera magnética hasta llegar al final.
—Por suerte los dos libros los distribuyeron acá en Uruguay, porque muchas veces no entran. Hay cosas de Tusquets muy buenas que acá no circulan.

Es que parte de la obra de Gandolfo ha estado alejada de las librerías por diferentes razones, entre ellas, el hecho de que haya sido publicado por editoriales independientes que, a veces, no logran ser distribuidas fuera del país o incluso de la provincia donde fueron editadas.
—Eso dependió siempre de la oportunidad que se presentara. Siempre mezclé las editoriales grandes y las chicas. Por ejemplo, cuando, hace muchos años, saqué la primera mención, o sea, el segundo premio de Planeta, salió en Planeta. Después elegí varias editoriales chicas de acuerdo a lo que me impresionaba. Por ejemplo, ahora he sacado tres libros con Blatt & Ríos de Buenos Aires, con los que pienso seguir porque son muy macanudos. Lo conocí a Damián Ríos cuando estaba en Interzona, es un gran tipo. Y a Mariano Blatt lo vi dos veces pero me cayó muy bien. Pero, el primero de mis libros lo saque en Centro Editor de América Latina. Y fue de lejos el que más vendí porque era una edición de quiosco, de la colección Capítulo. Y salieron tres libros, uno de Juan José Saer, uno de Carlos Dámaso Martínez y el mío, e hicieron algo que luego no hicieron nunca más; sacaron la edición de Capítulo y luego uno un poco más grande, una supuesta edición para librerías, con mejor letra. Estuvo muy piola eso. Después no lo hicieron más. Esa vez no solo vendí más que nunca, sino que, además, quedaron miles dando vuelta. Había un librero de Villa Gesell que compró el sobrante y me ofrecía cada tanto. “¿Te hace falta?”, me decía. “No, no, ya me diste diez la otra vez”. Ese era La Reina de las Nieves (1982). Y después saqué dos o tres con Caballo Negro, la editorial de Córdoba, que sacaron Vivir en la salina, mis cuentos completos. Lo que pasa con la editorial chica es que depende cómo distribuye. Caballo Negro sacó Vivir en la salina. Cuentos completos (2016), y lo empezaron a distribuir casi dos años después. No lo veía nadie. Y eso que era un esfuerzo enorme para la editorial haberlo sacado. Ahora me sorprendió la edición ésta de la poesía completa. Quedó espectacular, muy buena. Yo les acepté al toque porque, primero que era una colección de seis títulos que dirigía un editor de Rosario que yo conozco hace mucho, Martín Prieto, y después, esa universidad edita del carajo. Quedó bárbaro.

La edición de la obra completa de poesía lleva por título un verso escrito por Humberto Megget, poeta que perteneció a la Generación del 45 —o que simplemente compartió el mismo tiempo que varios de sus coetáneos— y que murió muy joven. En un prefacio explicativo dice Gandolfo que Megget fue una gran influencia suya al comienzo de su poesía y que, por otro lado, fue uno de los pocos atisbos pop dentro de la literatura uruguaya de aquel entonces.

—Yo mismo lo edité hace muchísimo tiempo, cuando tenía veintiún años. Tiene como un don para el manejo del lenguaje, por ejemplo, “dile a las nueces que se partan solas”, lo leés y te parte la cabeza. Yo lo leí con mucho interés. Me atrejeron mucho tanto él como Íbero Guitiérrez, pero el caso de Megget no tenía nada que ver con el resto de Uruguay. Era un tipo que volaba solo, impresionante. A su vez, esa línea para este tiempo viene impresionante.

Y es que si Megget escribió una poesía de cierto aire pop, si manejaba la forma cantábile de los versos al punto de que muchos de ellos pudieron volverse canción, si utilizaba la reiteración y la sonoridad de una forma juguetona, en su primer libro De lagrimales y cachimbas (1968) Elvio Gandolfo podrá decir,

quién ha roto los globos?
quién ha roto los huevos
de paloma?
quién persigue a una mujer con un revólver?
hace falta saberlo hace falta saberlo

mostrando, tal como él mismo cuenta, una influencia clara del poeta uruguayo. La experimentación con los estribillos, con el juego musical de las palabras, las situaciones naif que bien podrían funcionar como un chascarrillo de enorme potencia poética, estan en la poesía que el escritor rosarino publicó en sus primeros volúmenes colectivos. Hay sobre su obra un aire de “risas raquel”.

—Lo que siento con la poesía es que es mucho más importante el lenguaje y cómo se te presenta. A mí se me presenta casi ya escrita. Salvo que sea un poema largo y tenga que tantearlo, pero también la percibo distinta, no es como el ensayo, o el cuento. Con la narrativa yo he demorado años algunos cuentos porque no encontraba el tono. Hay gente que escribe dos o tres veces hasta que encuentra el tono, yo no empiezo hasta que no lo tengo y, a veces, me falla. Es mucho más consciente, por necesidad, lo narrativo. Para un cuento tenés que tener una idea. A grosso modo tenés que saber a dónde vas. Luego, pasados dos o tres días se te desvía, pero bien, porque te da un cuento mucho mejor de lo que habías imaginado. Tenés que trabajar, trabajar, trabajar.

Un error de Ludueña se trata de un cuento largo —ahora novela— influenciado por gran parte de los popes de la literatura norteamericana, desde King a Cheever. Allí parece estar cierto Olimpo personal que llovizna por detrás de este libro, como también de gran parte de su obra. Había sido publicado en el volumen Ferrocarriles argentinos (1994), pero esta vez, el texto aparece con una extensión hacia el campo de la novela. Fiel al estilo de Gandolfo, el cuento presenta un doble filo; se estira de su versión original hacia el terreno de la narrativa con más largo aliento, aunque sus capítulos bien podrían ser leídos de manera individual, casi del mismo modo en que había concebido uno de sus últimos libros, Un mundo privado (2016), donde había una suerte de novela en relatos. De acuerdo a lo que él mismo cuenta, todas las instancias del discurso que maneja dan un margen para el “juego”, o para cierto desliz de lúdico, más allá del arduo trabajo que todos sus escritos —ensayo, narrativa o poesía— llevan.

—El único cuento que escribí dos veces en mi vida fue “Un error de Ludueña”. Había escrito una versión que sucedía todo en el bar. Un tipo estaba esperando a que lo mataran y se iba acordando y armando la trama. Era algo bien de la época, algo vanguardista. Incluso se lo di a mi mujer de ese entonces, que no me leía demasiado, y me dijo “no sé por qué, pero no me gustó”, y agarré y lo tiré. No me gustaba, había tratado de imitar efectos que no funcionaban.

El trabajo constante de Gandolfo aparece por períodos. En principio no fuerza nada de su escritura, no hace de eso una gimnasia diaria, solamente cuando se le aparece un texto con cierta definición inicial el rigor puede marcar agenda. En ese momento sí, todo es “trabajar, trabajar, trabajar”.
—Nunca fui un tipo de trabajar continuamente. Siempre he tenido períodos de dos o tres años sin escribir nada. Los últimos ocho o diez años siempre había algo, siempre tuve algo para cada año. Ahora tengo otra sequía desde el comienzo de la pandemia, que escribí tres poemas nada más y el capítulo final de Un error de Ludueña. Pero me tenía que desafiar, me levantaba y me decía “escribí de una vez”. Los libros salieron pegados porque se atrasó el de poesía y se adelantó la novela. Quedó primero en Tusquets, detenida al principio por la pandemia, para comienzos del siguiente año, y después fue a mil. Para ese libro me dieron manija varios amigos, Felipe Polleri entre otros. De hecho me dijeron, “probablemente este sea tu mejor libro”.

La producción del escritor rosarino va y viene entre nuevos lanzamientos y reediciones. Instalado en Montevideo desde hace mucho tiempo, hay un triángulo de historia entre Buenos Aires, Rosario y la capital uruguaya que siempre lo tiene en circulación entre editoriales independientes y algunas multinacionales. De manera muy sincera, Elvio Gandolfo transita las bibliotecas en sellos de mayor y menor tirada sin mas intención detrás que la de ser leído. Busca la satisfacción de sus lectores, y lo consigue.

—No hay una postura ideológica con las editoriales. No comparto para nada la idea de “los grandes poderes” y “las grandes editoriales que joden”, porque, del mismo modo que hacen barbaridades, de repente te sacan todo junto de un autor fundamental. A su vez, las editoriales chicas tienen errores parecidos a los de las grandes; distribuyen mal, te macanean. No por voluntad, sucede.

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Tengo ganas de risas raquel, y Un error de Ludueña

Poesía completa y novela

Nacido en San Rafael, Argentina, en 1947, Elvio Gandolfo hace varias décadas que vive en Uruguay. Es uno de los fundadores de El País Cultural. Acaban de llegar a librerías uruguayas dos libros suyos, la poesía completa Tengo ganas de risas raquel (Eduner, 2022) y la novela Un error de Ludueña (Tusquets, 2022).

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Leila Guerriero y Elvio Gandolfo en una tarde de domingo en la Feria de Tristán Narvaja. (Archivo El País)

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