Guillermo Pellegrino
A FINES del siglo XIX, Alemania era una nación joven. En 1879, en la pequeña y sureña ciudad de Ulm, el matrimonio de Hermann Einstein y Pauline Koch recibía a su primogénito, Albert, quien años más tarde se convertiría en el físico que desarrollaría la revolucionaria Teoría de la Relatividad, y en el hombre que se manifestó siempre a favor de la paz y la fraternidad entre los pueblos, aun cuando su descubrimiento haya sido usado para fines bélicos.
NIEZ VIAJERA. Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879. Sus padres, de origen judío, vivían el florecimiento alemán durante el gobierno del canciller Otto Bismarck y pese a no tener fortuna personal, desarrollaron un aceptable nivel de vida. Su padre, desde la juventud, mostró grandes condiciones para las matemáticas pero la época era difícil. Los judíos no podían acceder a la universidad y los "negocios" fueron su destino obligado. Pauline, su esposa, en la infancia mostró apego a las artes y llegó a tocar muy bien el piano. En 1881 la familia se agrandó con la llegada de una niña, Maja. En los dos hijos, entonces, se cifraron las esperanzas profesionales de la familia.
Sin embargo, las ilusiones paternas chocaron contra el hecho de que Albert comenzó a hablar recién después de cumplir tres años. A instancias de su madre, un par de años después, el pequeño comenzó a tomar lecciones de violín, instrumento que lo acompañaría durante toda su vida. Pronto mostraría una singular facilidad para las matemáticas, don que no le sirvió para levantar su escaso entusiasmo en la escuela primaria, porque detestaba la férrea disciplina y todo aquello que intentara sistematizar su curiosidad. "Prefería recibir toda clase de castigos —aseguró a la vuelta de los años— antes que aprender de memoria."
El bienestar familiar pareció desvanecerse cuando Albert aún transitaba la niñez. La pequeña industria electromecánica que Hermann y su hermano Jakob habían montado, debió mudarse varias veces en busca de mejores condiciones. En 1880 los Einstein trasladaron el negocio rumbo a Munich y unos años después a Italia, donde residieron en Milán y Pavía. El gran perjudicado de todo este periplo fue Albert, quien para continuar sus estudios permaneció en Munich al cuidado de una familia amiga.
Las inquietudes del pequeño se orientaron desde siempre hacia las ciencias. En 1888 ingresó al Gymnasium Luitpold de Munich —una suerte de "liceo" donde cursaban estudios superiores los niños de clases acomodadas—, que terminó por agotar la ya escasa voluntad del joven. Lejos de sus seres queridos, encerrado dentro de un sistema que no lo comprendía, decidió abandonar el establecimiento a fines de 1894. Inmediatamente partió hacia Italia, siguiendo los pasos de su familia aunque —secretamente— su verdadera intención era mantenerse fuera de Alemania hasta conseguir la nacionalidad suiza, y así evitar la convocatoria al servicio militar. Alejado de todo fanatismo patriótico —muy de moda en Alemania por aquellos tiempos—, consiguió su propósito. En reiteradas oportunidades, siendo ya una destacada personalidad pública, puso de manifiesto su enérgico desprecio por el ejército.
Con 16 años, y al dejar el Gymnasium, renunció a la posibilidad de matricularse en una universidad. Por otro lado, el reencuentro familiar duraría muy poco. La alicaída industria asentada en Pavía quebraría definitivamente en 1895 y los Einstein emprenderían el regreso a su patria. Decidido a estudiar ingeniería en el afamado Polytechnicum de Zurich, Einstein se sintió —en este nuevo ámbito— a sus anchas, lejos de las atormentadas épocas del Gymnasium.
LAS IDEAS EN SU APOGEO. En Zurich avanza en su carrera, obtiene algunos ingresos ayudando a otros estudiantes con sus exámenes y encuentra el amor. Su nombre era Mileva Maric, de origen serbio, una de las tantas jóvenes de Europa del Este que deseaban emanciparse a través de los estudios.
Tras varios años de noviazgo, la pareja decidió casarse pero chocó contra la negativa de la familia Einstein: Mileva era extranjera, mayor que Albert, rengueaba de una pierna y no era judía. Tras prolongadas discusiones, los jóvenes terminaron por ceder a regañadientes, aunque no dejaron de frecuentarse. En esos meses, mientras Albert conseguía su título y la nacionalidad suiza, ella quedó embarazada y en 1902 daría a luz a una niña que moriría a los pocos días.
Luego de tan mal comienzo de año, la suerte de Albert empezó a cambiar. Tras la muerte de su padre pudo por fin concretar la boda con Mileva y después de muchos esfuerzos logró conseguir un trabajo. Sin demasiada continuidad, primero se desempeñó como docente de matemáticas y preceptor, luego encontró un empleo más estable como perito de la oficina de patentes de Berna. Al año siguiente, en 1903, la pareja alumbró a Hans, primer hijo varón. Comenzaba una etapa de bonanza, con la familia segura en lo económico y Albert dedicado de lleno a sus cavilaciones. Fue por esta época en que las abstracciones del físico comenzaron a ser más notorias. "Sus ojos podían seguir abiertos de par en par —describió su amiga Antonia Vallentin—, pero quedaban tan vacíos y sin luz como los de un ciego. Podía permanecer así ausente largo rato, o volver en sí rápidamente. Era difícil desembarazarse de la impresión de que su presencia entre nosotros era algo así como prestada".
Algo importante se gestaba en esa gris oficina de patentes. En 1905, sin ayuda y con —significativamente— "relativa" facilidad, Einstein generó un sismo de grandes consideraciones en la física. Demostró que la división entre la mecánica y el electromagnetismo no tenía razón de ser, y unificó ambas vertientes en una fórmula que aún hoy maravilla a los especialistas. En esa temporada, con 26 años, publicó tres artículos en un destacado medio científico alemán. Uno de ellos, sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, fue el disparador de la Teoría de la Relatividad, que recién se expresó meses más tarde en la célebre ecuación E=mc2, en una breve posdata que el autor adosó al texto original.
La magnitud del descubrimiento se vio potenciada por algunos detalles: Einstein era casi un "don Nadie" en el mundo de la física y, además, osaba derrumbar con sus ideas la concepción del mundo que tenían los "sabios" de la época. El empleado de la ignota oficina de patentes comenzaba a ganar prestigio.
Einstein, lejos de conformarse, aún deseaba continuar con sus investigaciones: la Teoría de la Relatividad le parecía errónea o, cuando menos, incompleta. En 1907 volvió a trabajar en busca de la relatividad "general". Al año siguiente dejó la oficina de patentes y comenzó su periplo docente por diversos establecimientos. En 1909 fue profesor de la Universidad de Zurich y en 1910 de la Universidad Charles, de Praga. Para asumir este último puesto, el imperio austrohúngaro establecía la obligación de llenar un formulario donde constaba la religión del postulante. Einstein, quien no deseaba "confundirse" con el resto para evitar inconvenientes, completó el ítem con la palabra "judía". En ese momento no sólo "descubrió" su condición, sino también el hecho de que la segregación de cualquier tipo lo sumía en una profunda tristeza.
Ese mismo año nació Eduard, su otro hijo, quien pese a padecer crónicos problemas de salud, nunca recibió un trato especial de su parte. La mayoría de los testimonios concuerda en afirmar que la relación con sus hijos estuvo cargada de frialdad. Asimismo, es conocido cierto carácter ermitaño de Einstein, quien jamás trabajó en equipos de investigación —apenas colaboró en un par de ocasiones con uno o dos colegas— ni se ocupó en formar discípulos que continuaran su línea de pensamiento. "Existe una gran contradicción —admitió cierta vez—. Por un lado está mi deseo por la justicia social y por el otro mi absoluta falta de ganas de estar acompañado ni por otros hombres ni por comunidades. Me considero un solitario total".
En 1912, la aventura en Praga llegó a su fin y se produjo el retorno a Zurich para hacerse cargo de una cátedra en el Polytechnicum. Los cálculos y estudios de la "relatividad general" tenían a maltraer a Einstein. Las matemáticas aprendidas le resultaban insuficientes para el trabajo que llevaba adelante. La solución llegó con su regreso a Suiza, donde se reencontró con un viejo compañero, Marcel Grossman, quien detectó el problema que frenaba el desarrollo de la nueva teoría y le ayudó a solucionarlo. Así fue como ambos colaboraron en varios artículos, donde sólo apareció la firma de Einstein porque, no del todo convencido de las revolucionarias ideas de su amigo, Grossman aceptó cooperar pero pidió no ser mencionado. Juntos, también, cometerían un error que mantuvo al proyecto estancado por un largo período.
Dos años después de asentarse con su familia en Zurich, recibió una convocatoria desde Berlín: Max Planck y Walter Nernst —respetados hombres de ciencia— lo citaron en nombre del emperador Guillermo II, para hacerse cargo de la dirección del Centro alemán de Investigaciones en Física Teórica. Una vez que le permitieron mantener su ciudadanía suiza —condición que puso para dar dicho paso—, Einstein dejó sus dudas y viajó a la capital alemana. Esa decisión fue el comienzo del final para su matrimonio: Mileva, que no se adaptó, volvió a Zurich con los dos pequeños, y el comienzo de la Primera Guerra Mundial la obligó a permanecer allí, separación que terminó por ser la definitiva. Los problemas conyugales y familiares no formaban, en ese momento —tal vez nunca lo hicieron—, parte del universo cercano a Einstein, quizás a raíz de aquellos cálculos rebeldes.
A fines de 1915, Albert comprendió el error compartido con Grossman. La relatividad general, que tantos desvelos le había ocasionado, vio por fin la luz en 1916. Esta añorada certeza, lejos estaba de concretarse en las dos teorías por él enunciadas: al físico siempre le disgustó la palabra "relatividad", porque sentía que tal denominación "parcializaba" aún más sus estudios. Quería arribar a una visión totalizadora del mundo, la que le llevó el resto de sus días.
Sus ideas, en un principio, eran extremadamente difíciles de comprobar en la práctica, lo que demoró la aceptación de sus postulados. Pero sus palabras, sin embargo, ya tenían cierto peso en el ámbito de la cultura europea de aquellos años. Uno de sus primeros pronunciamientos políticos llegó en 1918, cuando prestó su apoyo a la constitución republicana concebida en Alemania, cuya firma se produjo en la ciudad de Weimar. La lucha contra todo régimen verticalista de gobierno sería otra constante en su vida.
EL PASO A LA POSTERIDAD. Aún en contra de sus deseos, cierta idolatría comenzó a "perseguir" a Einstein desde el 29 de mayo de 1919 cuando una expedición encabezada por sir Arthur Eddington —astrónomo real de la Corona Inglesa— observó por fin una prueba concreta de su teoría de la relatividad. Su imagen comenzó a multiplicarse en los medios de la época. En tiempos de posguerra, que científicos ingleses comprobaran una polémica teoría alemana que parecía cuestionar muchos de los descubrimientos de Isaac Newton, representaba todo un logro para los pacifistas y luchadores por la unión de los pueblos. Finalmente, el 6 de noviembre Eddington expuso los resultados de su observación. Las nuevas ideas modificaban el concepto de "espacio" profundamente arraigado en la física. Previo a todo este revuelo, en febrero de 1919 consiguió el divorcio de Mileva, quien se hizo cargo de los hijos de la pareja. Apenas unos meses después, Einstein reincidió en el matrimonio, esta vez con su prima Elsa, con quien llevaba ya un tiempo de relación.
Desde 1917, ilusionado por la "declaración Balfour" —que proponía crear un hogar nacional judío en Palestina, bajo tutela de Inglaterra—, el sabio había abrazado con fervor la causa judía. Gradualmente, el nacionalsocialismo en Alemania comenzaba a revelar un creciente antisemitismo. Si bien intuía el negro futuro que se avecinaba para los judíos, Einstein recibió en 1921 una alegría incomparable: el Premio Nobel de Física, por sus investigaciones sobre el efecto fotoeléctrico. En el ambiente científico quedó flotando la sensación de que el galardón era para la teoría de la relatividad, pero no se hizo expreso porque aún se la consideraba "aventurada". El físico entregó el dinero del premio a su ex-esposa, Mileva, estableciéndose dos lecturas para tal decisión. La primera, que Einstein deseaba corregir —en parte—las desatenciones que había tenido para con sus hijos. La segunda, que significó —al nunca haberle otorgado crédito alguno— un reconocimiento a la colaboración de Mileva.
De la noche a la mañana, y desde los puntos más lejanos del globo, es convocado para dictar conferencias y hablar acerca de los más diversos temas. El precio de la "fama" fastidiaba bastante al científico. Su prestigio mundial, sin embargo, crecía en forma directamente proporcional a las críticas. El nacionalsocialismo lo agredía por su condición de judío; y en Francia veían con recelo su ascenso por ser alemán. No se le perdonaba el éxito que jamás había buscado. Sus polémicas declaraciones en contra de la carrera armamentista también le generaron algunas antipatías.
En 1923, disgustado por la invasión de Francia al Ruhr, renunció al Comité Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, con el que había colaborado para descubrir y castigar los crímenes de guerra cometidos por Alemania. Sus intenciones políticas seguían siendo pacifistas y universalistas.
Sus viajes, en tanto, se sucedían sin interrupción. En 1925 inicia una gira por Sudamérica que lo trae hasta Buenos Aires, donde dicta una serie de conferencias seguidas con profundo respeto por científicos de la región. Pero esa atención preferencial de parte de sus colegas comenzaba a flaquear en Europa: en 1927, durante el Congreso Solvay (en Bruselas) se produjo una discusión de grandes dimensiones entre Einstein y un grupo de físicos encabezado por el danés Niels Bohr. Éstos habían desarrollado algunas innovaciones sobre su teoría cuántica, y él trató de menospreciar el hecho. Tomó, quizás inconscientemente, la misma actitud de quienes lo habían criticado por su teoría de la relatividad.
En las postrimerías de la década del 20, Einstein inicia su labor en la teoría del campo unificado, con la que esperaba arribar a aquella visión total del universo físico que soñó desde la relatividad general. La perseverancia en esa senda —pese a los múltiples fracasos— lo acompañó hasta su muerte. El punto que más lo alteraba de la teoría cuántica, era que dejaba muchos cabos sueltos, librados a la "probabilidad". Según su punto de vista, todo debía estar determinado y previsto, porque "Dios no juega a los dados", decía. Más allá de la certeza mística que expresa la frase, sus cálculos quedaron sólo en buenas intenciones. Algo que sí consiguió demostrar luego de guardar sus ideas durante largo tiempo, fue que el universo estaba en expansión. Sus concepciones cosmológicas —que había comenzado a enunciar en 1917— fueron comprobadas por el científico norteamericano Edwin Hubble, con quien se encontró en 1930 de paso por California.
El ascenso del nacionalsocialismo al poder político en Alemania durante 1933, generó inmediatamente la desconfianza de los intelectuales. El físico, quien se hallaba nuevamente en los Estados Unidos, regresó solo hasta Bélgica, desde allí observó cuidadosamente los pasos del nuevo gobierno y, viendo la persecución de que eran objeto todos los científicos judíos, pidió asilo al Estado norteamericano. Por entonces, a raíz del fanatismo racista y nacionalista, la Alemania del Tercer Reich calificó la Teoría de la Relatividad como "el colosal bluff judío". Dolorido, dejó su patria. Jamás volvería a ella.
EL REFUGIO DEL NORTE. Al momento de establecerse en los Estados Unidos —en el otoño de 1933—, y por sus declaraciones en contra del nazismo, Einstein fue "invitado" a abandonar la Academia de Ciencias de Prusia, que integraba desde 1914, y así cortó todo tipo de relaciones con los colegas que permanecieron en Alemania, sin rebelarse contra la maquinaria de ultraderecha. En Princeton (Nueva Jersey), Einstein encontró un remanso de paz para su madurez, aunque 1936 lo recibió con un duro golpe: la muerte de Elsa.
A cargo de una apacible cátedra en el Instituto de Estudios Superiores de la ciudad, se dedica a confraternizar con otras celebridades de la ciencia refugiadas también allí. Sin embargo no se abstrae de la realidad: continúa opinando y alertando al mundo acerca de las intenciones bélicas subyacentes entre las naciones; y comienza a tomar activa participación en el movimiento sionista, que propugnaba el establecimiento de un Estado de Israel en Palestina.
En 1939, las predicciones del físico en cuanto a un conflicto armado se convierten en cruel realidad. El 1 de septiembre las tropas de Hitler invaden Polonia y eso motivó para que Francia y Gran Bretaña le declarasen la guerra al fanatismo del Tercer Reich. Un mes antes de que los hechos tomaran ese curso, Einstein había enviado al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt una carta donde advertía que ciertos conocimientos científicos podían aplicarse para la fabricación de bombas de enorme potencia. Lo que quiso ser una advertencia del científico, aceleró la fabricación del arma mencionada por parte de los norteamericanos y la carta pasó a la historia como la partida de nacimiento de la bomba atómica. Pese a esta gran desilusión, en 1940 juró la Constitución estadounidense y se convirtió en ciudadano de aquel país, aunque sin abandonar la nacionalidad suiza por la que siempre sintió un gran apego.
Durante la guerra, la sabiduría de Einstein comenzó a ser más buscada por sus definiciones filosóficas que por sus estudios físicos. Si bien continuaba luchando encarnizadamente en busca de resultados en el "campo unificado", sus colegas respetaban sólo en parte las afirmaciones que realizaba. La física avanzaba en una dirección que no le agradaba demasiado, sobre todo en lo que tenía que ver con la energía atómica. "Por ahora —analizaba—, no es evidente para mí que la energía atómica tenga un destino que sea beneficioso para la humanidad. Por eso debo aclarar que, en este momento, es una amenaza. Y quizás esto no sea del todo malo. Tal vez los hombres se sientan temerosos y dediquen su vida a poner orden a los problemas internacionales, algo que sin el miedo de por medio, jamás se concretaría". Pero el temor del género humano necesitó de dos ejemplos concretos para comprender todo el dolor que podía causar un descubrimiento mal empleado: el 6 y el 9 de agosto de 1945, dos bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Fue el fin de la Segunda Guerra Mundial, y el comienzo de una alocada carrera armamentista. Entristecido, Einstein dejó su cátedra en Princeton, que quedó en manos del hombre señalado como el "padre" de la bomba: Julius Robert Oppenheimer. No obstante siguió participando de la lucha de algunos físicos norteamericanos para evitar la pérdida de control sobre las armas nucleares.
Tres años después del final de la guerra, en 1948, el pueblo judío alcanzó una meta largamente esperada: se creó el Estado de Israel. Para Einstein significó una doble alegría dado que su amigo Chaïm Weizmann —con quien había viajado a Estados Unidos en 1921— fue nombrado presidente de la flamante nación. Entusiasmado, realizó varias declaraciones donde instaba a su pueblo a dimensionar acertadamente el logro que tantos esfuerzos había demandado.
Solitario y agobiado por la ausencia de resultados en sus investigaciones, Einstein experimentó algunos problemas de salud durante 1949. Se repuso tras una breve internación, aunque intuyó que le quedaba poco tiempo de vida. Simultáneamente, inició una campaña sobre los nefastos resultados que podía originar la fabricación de la bomba H, autorizada por el presidente norteamericano Harry S. Truman. Para lograr mayor efecto en su prédica, dejó de lado todo eufemismo: "Siento mucho temor ante la próxima guerra, porque los hombres sólo podrán luchar con piedras y palos, ya que será el momento en que volverán a habitar en cavernas". Eran años de plena Guerra Fría.
Aunque su salud desmejoraba paulatinamente, en 1952 le ofrecieron el cargo de presidente del Estado de Israel. Einstein lo rechazó; nunca estuvo en sus planes el obtener algún puesto político. Al mismo tiempo, la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética motivó una "caza de brujas" entre los norteamericanos. Contrariado por esta actitud, se declaró en desacuerdo con tales maniobras. Según su visión, el país que lo había cobijado en momentos difíciles, acababa convirtiéndose en aquello que tanto había criticado.
Pasó tranquilo sus últimos años, casi sin salir del retiro en Princeton. A menudo recibía la visita de jóvenes científicos y de periodistas, ansiosos de escuchar sus opiniones. La posibilidad de comunicarse a través del habla siempre le pareció una extraordinaria ventaja no apreciada por el hombre: "Nuestro intelecto sin lenguaje sería similar al de los animales superiores", supo afirmar. Curiosamente, el día de su muerte, nadie rescató sus últimas palabras puesto que las dijo en alemán, y la enfermera que lo cuidaba no entendía ese idioma. Albert Einstein falleció a causa de un derrame cerebral, a las 7:15 de la mañana del 18 de abril de 1955. Obedeciendo su deseo, su cuerpo fue cremado y sus cenizas esparcidas en un lugar que se mantiene en secreto. Tal vez quiso llevarse algún misterio, después de haber revelado tantos.