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Navidad

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Hoy ha sido un día abrumador, muy movido, de compras y preparativos para la fiesta de esta noche. Conviene detenerse un momento para que el reposo nos permita sopesar la densidad de esta fiesta que nos disponemos a celebrar. No obstante ser una fiesta religiosa y cristiana es algo de la humanidad entera, de todo hombre de buen corazón y de toda mujer de buenos sentimientos.

La Navidad es la fiesta que trae la alegría de la paz y la esperanza de la paz para todos. Evidentemente hay circunstancias en la vida individual o en la vida nacional que hacen más fácil la paz y otras circunstancias que la hacen más difícil. Hay una paz fácil, una paz idílica casi, y una paz difícil, trabajosa. Cuando es difícil envuelve una grandeza mayor: será hecha de renuncia y de sacrificio, de comprensión y de diálogo, de dignidad y de esfuerzo. Una paz lograda sin echar mano a recursos fáciles, sin apelar a trampas, por un camino sin atajos pero que lleva y llega.

Paz a los que sufren, a todos aquellos a quienes el dolor se les ha hecho presente en sus vidas, se les ha hecho casi un compañero de marcha que camina a su lado todos los días. Paz para sonreír en la enfermedad, en la soledad y en la pena, con la solidez de los que han encontrado sentido a la vida y al dolor. Aquellos que, aunque sufren y saben que cada mañana el sol volverá a salir sobre sus vidas lastimadas, tienen la fuerza de no dejarse hundir.

Paz para los afortunados, para los que van en andas en la vida: los entusiastas, los que están llenos de planes, los que quieren cambiar, renovar, transformar. Para que sus arrestos generosos estén, a la vez, cargados de respeto; para que no atropellen y no le pasen por arriba a quien se cruce en su camino, para que sus proyectos no sean a costa de los más débiles o de los más infelices. Para que su genuino y valioso entusiasmo por renovar sepa tener paciencia para transformar y tenacidad para durar.

Paz para los ancianos que se han gastado en el trabajo útil. Para las viejitas sacrificadas, que han transmitido la vida y el afecto a un montón de nietos. Que sea paz del deber cumplido, paz de una vida que, aunque no haya sido muy importante fue muy plena.

También para los jóvenes, muchachos y chicas, para que no quemen su juventud como una bengala de las que se consumen esta noche. Para que no quemen justamente lo que los hace jóvenes: el desinterés, la generosidad, la gratuidad, la ilusión. Para no hipotecar la vida, para saber mirar también hacia el interior de sí mismos y para encontrar allí, con ese asombro nuevo y sin uso que es propio de los jóvenes, el misterio del verdadero amor. De ese amor que hincha el pecho, que hace reventar todas las costuras y hace que el individuo salga de sí mismo.

Paz para la sociedad y paz para el individuo. Para suavizar y humanizar todas las ambiciones que intranquilizan el corazón del hombre, las ambiciones que lo endurecen, que le quitan el sueño con el afán de tener más, siempre más. Que le marchitan la espontaneidad para la risa o para la caricia, porque lo primero que destruye la ambición desmedida es la capacidad de alegría y de ternura.

La humanidad siempre ha buscado la paz y el corazón del hombre siempre ha tenido hambre de paz. Siempre se ha agradecido a aquellos que son pacificadores, aquellas personas que tienen la habilidad de saber acercar las vidas humanas unas a otras. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nochebuena!

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