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El anticapitalismo nunca pasa de moda

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Es una proclama que no solo se agita en las pancartas del Pit-Cnt de cada 1º de mayo. Fue central en la convocatoria de la Intersocial Feminista a la marcha del último 8M. Fue motivo de discusión en Polémica en el bar de Canal 10, cuando una sindicalista le espetó ese mismo epíteto a nuestro amigo Hernán Bonilla, quien se vio obligado a dedicar su más encomiable esfuerzo a explicar cuán poco feministas son las sociedades donde no impera el libre mercado. Y, ahora, vuelve a aparecer en la presentación en sociedad de un nuevo sector del FA denominado “Izquierda y Libertad”.

Es lo del título: a pesar de que las experiencias de planificación estatal de la economía siempre, invariablemente, han conducido a los peores fracasos y tragedias -y ahí están Stalin, Mao, Pol Pot, Díaz-Canel, Maduro y Kim Jong-un, que no me dejan mentir-, el anticapitalismo sigue siendo un caballito de batalla defendido en pleno siglo XXI por intelectuales, sindicalistas y políticos compatriotas.

Una cosa era postularlo cuando no había caído el muro de Berlín y aún se creía en el paraíso socialista, pero que se lo siga haciendo por gente culta e inteligente tres décadas después, es raro mismo.

En algunos de los círculos en que me muevo, defender el capitalismo es más o menos como pegarle a la madre. Son tantas las cosas que hay que aclarar, tantos los disclaimers que hacerle al concepto, que uno termina extenuado. Para empezar, hay que especificar que el que uno defiende es solo el que rige en países democráticos. Las dictaduras de derecha e izquierda que se definen como tales pueden lograr grandes éxitos económicos -vaya si el capitalismo paradójicamente comunista de China los ha alcanzado- pero sobre la base del rigor dictatorial, la carencia absoluta de libertad sindical y de expresión y la explotación más desembozada. Hay que explicar siempre que solo vale el que germina en democracia, con separación de poderes y libertades irrestrictas, pero a muchos no les alcanzan con eso.

La raíz del problema está para mí en la palabra misma: hay un error de branding. Si elegimos una expresión antipática para designar algo bueno, seguro que la gente nunca se lo tragará del todo. “Capitalismo” es una palabra inventada por sus detractores. Aparentemente, el primero en usarlo fue el economista inglés David Ricardo en 1817, para problematizar la distribución del ingreso en tiempos de la revolución industrial. Luego lo emplean en sentido crecientemente peyorativo otros teóricos como el anarquista Pierre Proudhon y el socialista Jean Louis Blanc. Pero quien lo populariza en su acepción más abyecta no es otro que Karl Marx.

Semejante nombre suena horrible, no hay duda. Podría haberse denominado “empresismo”, pero al enchufarle el mote de “capitalismo” eligieron la manera más desagradable posible: difícilmente pueda asumirse como humanista un sistema que se define a sí mismo por la fría acumulación de capital. Y los liberales lo adoptaron como propio, cometiendo un error semejante a cuando cantan loas a la “teoría del derrame”.

¡Qué nombre más estúpido! Como si la riqueza se derramara hacia abajo, como si lo que llega al de abajo es lo que le sobra al de arriba, cuando lo que ocurre realmente es que la inversión productiva del privado con intención de lucro, genera un beneficio directo a la sociedad, en creación de puestos de trabajo y mejora de niveles salariales.

Así que yo empezaría por desterrar las dos palabritas tendenciosas: “capitalismo” y “derrame”, sustituyéndolas de ahora y para siempre por el concepto correcto, que es el de economía de mercado. Y le pediría a mis amigos de izquierda que no declamen fundamentalismos que no aplicaron en los 15 años que fueron gobierno. Los vi muy poco anticapitalistas cuando exoneraron de impuestos a UPM y Montes del Plata o cuando privatizaron Pluna, entre otras neoliberalidades.

Para ponerle un poco más de color, se vocifera también contra el “capitalismo salvaje”, como si la democracia no fuera capaz de generar los debidos contrapesos al riesgo de la inequidad: una educación pública de calidad que iguale oportunidades en el punto de partida, políticas sociales en protección de los más vulnerables, legislación que ampara al trabajador y la más amplia e irrestricta libertad de opinión y de organización gremial. Nada de esto es ajeno al sistema formulado por Adam Smith, a quien los ideólogos del colectivismo disfrutan de tergiversar todo el tiempo.

Y a estos últimos les pediría que entonces clarifiquen sus intenciones. Si son anticapitalistas, ¿qué proponen? ¿Expropiar las empresas privadas y ponerlas al mando de burócratas? ¿O alimentar con recursos públicos experimentos cooperativos como Envidrio, Alas-U y demás genialidades? ¿O apenas castigar con impuestos crecientes a las empresas (el 90% de las cuales son micro, pequeñas y medianas) para alimentar un aparato estatal extractivo de recursos y comprador de votos? Mientras demoran en responder, yo me sigo definiendo procapitalista (con perdón).

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Álvaro Ahunchain

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