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Con Laura

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El triste episodio carnavalesco de hace unos días ha dejado algunas inquietudes sobre las que está bueno reflexionar. El hecho en sí es patético, y más allá de la valorable disculpa (hay que saber perdonar), revela por un lado un ecosistema cultural - político complicado, la politización de la cultura, la decadencia de esta (por el monopolio político), y los buenos reflejos de la ofendida.

Ortega y Gasset sostenía que la base de toda nación bien conformada no es otra cosa que un “sugestivo proyecto de vida en común”. Uruguay por mucho tiempo, y a pesar de feroces diferencias políticas mantuvo viva la llama de esa sugestión.

Algo de esto expresó Real de Azúa, definiendo a nuestra sociedad, a la de la nación oriental, como mesocrática, como amortiguadora. El país donde nadie es más que nadie. Para bien, y para mal. Una excepción, “una experiencia impar en el cuadro de las casi veinte naciones que al sur de los Estados Unidos cumplían -aún siguen en esa salvo nosotros- a tropezones su trayectoria histórica”.

“Porque esa disimilitud con el resto del continente era, y siguió siendo -como puede recapitularse- impresionante.” “Exenta de todas las extremosidades de la naturaleza americana… …salvada, por una conjunción feliz de meteoros, de todas las maldiciones histórico - sociales que tanto pesaban sobre buena parte del continente.”

El sugestivo proyecto de vida en común se palpaba en un país sin estridencias. Éramos y felizmente somos bien distintos a nuestro entorno.

Una nación donde las diferencias -por suerte todavía predomina esta costumbre- se resolvían de manera adecuada, considerada, y dentro de ciertas normas.

Sin perjuicio de esto, allá por los años sesenta todo se complicó. La llama de la sugestión que nos amalgamaba empezó a debilitarse.

Los desgraciados eventos de 1959 en Cuba, y mayo de 1968 rompieron el molde de un mundo que tenía buenas maneras hasta para disentir, o para hacer revoluciones.

Los códigos se hicieron pedazos, y de la mano de Gramsci, -como explica Juan P. Arocena en su libro- la cultura fue colonizada por el soberbio y fracasado marxismo.

Un movimiento ideológico absolutamente totalitario e imperialista, en lo territorial, en lo económico, en lo social, y en lo cultural.

Una corriente absolutamente contraria a la antropología, que aún con la estrepitosa caída del socialismo real, mantuvo su vocación por colonizar. Hoy ya casi no avanza sobre territorios, el germen marxista hoy arremete sobre mentes, sobre cultura y sobre conductas sociales. Imponiendo, reprimiendo, y cancelando al que no piensa igual. Mucho de esto hubo en este ataque a Laura Raffo. Alcanza abstraerse del epíteto, para ver que todo el mensaje es violento, no solo el exabrupto. Por el simple hecho que no respeta la diversidad en su más amplio sentido: político (se la ataca por ser blanca), de sexo, de roles, de ambiciones legítimas, de origen, y por ende de destino. Una mediocre estética avasallando a la ética.

Reconforta ver en Laura esa buena madera de líder. Esa impronta que no duda en reavivar la llama de un sugestivo proyecto de vida en común, plantando cara al abusón, sea este un caricato o un ex presidente.

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