El lector habrá oído muchas veces que tal o cual medida de gobierno es reconocida como importante pero no se toma porque acarrearía costos políticos. Es decir, la medida es indiscutiblemente necesaria pero puede herir sensibilidades o intereses, lo cual produciría enojo en determinados estratos sociales: ese es el costo que el gobernante no quiere pagar.
La historia política de nuestro país -la antigua y la reciente- está llena de ejemplos. Tabaré Vázquez, dos veces presidente, una en primera vuelta, con mayoría absoluta en las Cámaras, reconoció que había que reformar el Estado, la llamó la madre de todas las reformas, pero no se animó. Decidió en función del costo político.
En política, y particularmente en un sistema democrático, el gobernante no puede hacer todo lo que quiere o todo lo que prometió. Las medidas políticas importantes requieren apoyo popular; no solo una legitimación electoral sino también un respaldo político continuado. Es razonable. Otra cosa es hacer la plancha, no hacer nada importante para no perder votos en el futuro o posición en las encuestas.
El político avezado tiene olfato, conoce su país y a su gente, y por lo tanto tiene medido su apoyo: sabe dónde está parado, y qué cosas puede hacer y cuáles no. Pero el gran político no se queda en el cálculo, en la contabilidad de almacenero, sino que se tira a consolidar y aumentar su apoyo. El gran político no se arruga, crea respaldo cada día, genera las condiciones pa- ra que se pueda hacer lo que hay que hacer.
Caso singular en esto es el de Luis Lacalle Pou: encaró proyectos que los presidentes anteriores habían abandonado antes de empezar por temor al costo político. El caso más emblemático es el de la reforma del sistema jubilatorio.
Pero no solo es digno de resaltar el coraje de esta decisión (que tanto los contras como sus amigos auguraban como políticamente costosísima) sino que resulta remarcable su intuición respecto a que los costos políticos no están hoy donde estaban antes. De alguna manera él vio el cambio que se había producido en el ánimo colectivo del Uruguay (que, por otra parte, explica su victoria electoral) y percibió que hoy en día, lejos de tener un costo político, la reforma del sistema jubilatorio da rédito.
En realidad no se trata tanto de que el gobierno actual haya menospreciado los costos políticos sino que se ha dado cuenta que esos costos ya no están donde estaban: ahora el costo político está en patear la pelota para adelante, en procrastinar las medidas necesarias.
El Uruguay -buena parte de él- ha tenido cambios y movimientos en su humor político. Los cálculos característicos de lo que podríamos llamar vieja política hoy dan mal. No ha cambiado todo el Uruguay, pero hay una base para estribar (y una confianza a la que responder con decisión).
El Partido Nacional, viejo Partido que se caracterizó históricamente por enfrentar sus combates sin cuidar la ropa, está mostrando lucidez política al advertir que lo que antes costaba hoy paga. Los precandidatos blancos que se están afilando para la contienda electoral y que para ello quieren apoyarse en la gestión del actual gobierno, tendrían que darle a todo esto mayor atención.