Las vacaciones suelen alterar varias de las rutinas que el organismo mantiene durante el resto del año. Se duerme a horarios diferentes, se viaja, aumentan las comidas abundantes y el consumo de alcohol, se pasan más horas al sol y, en algunos casos, se toma menos agua de la habitual. Estos cambios, acumulados, pueden favorecer la aparición de palpitaciones y, en personas predispuestas, desencadenar determinadas alteraciones del ritmo cardíaco.
El cardiólogo José María García Veas, especialista en Cardiología Deportiva del Hospital Quirónsalud Marbella, explica que el viaje en sí mismo no suele ser el responsable. El riesgo está más relacionado con la combinación de factores como el estrés, la falta de sueño, el calor, la deshidratación, el alcohol, los estimulantes o los cambios en la medicación habitual.
Existe incluso un término para describir algunos episodios de alteraciones del ritmo cardíaco relacionados con las celebraciones y el consumo excesivo de alcohol: “holiday heart syndrome” o síndrome del corazón festivo. La denominación se utiliza especialmente para hacer referencia a episodios de fibrilación auricular asociados con un consumo elevado de alcohol, aunque otros factores frecuentes durante las vacaciones también pueden contribuir.
La fibrilación auricular es una alteración del ritmo cardíaco en la que los latidos se vuelven irregulares y, en algunos casos, demasiado rápidos. La falta de sueño, la deshidratación y el estrés físico pueden favorecer su aparición en personas susceptibles.
Cuando la temperatura ambiental aumenta, el organismo pone en marcha distintos mecanismos para enfriarse. Los vasos sanguíneos de la piel se dilatan y aumenta la sudoración. Como consecuencia, puede disminuir el volumen de sangre circulante y el corazón debe aumentar su frecuencia para mantener una adecuada circulación.
Si además se produce deshidratación, esta respuesta puede intensificarse. La pérdida de líquidos también puede acompañarse de modificaciones en los niveles de electrolitos como sodio, potasio y magnesio, que intervienen en la actividad eléctrica del corazón.
En una persona susceptible, esta combinación puede favorecer una arritmia. En una persona sana, en cambio, es más probable que aparezca una taquicardia sinusal, es decir, una aceleración del ritmo cardíaco que constituye una respuesta normal del organismo ante determinadas situaciones.
Las vacaciones pueden modificar el horario habitual de sueño, ya sea por viajes, salidas nocturnas o cambios en la rutina. Dormir menos o alterar el ritmo circadiano puede aumentar la activación del sistema nervioso simpático y elevar la frecuencia cardíaca. Por eso, una noche de poco descanso puede acompañarse de una mayor percepción de los latidos o de palpitaciones. A esto pueden sumarse otros factores habituales durante los viajes y las vacaciones, como las comidas muy abundantes, el exceso de sal y el consumo de bebidas energéticas u otros estimulantes.
No todas las personas tienen el mismo riesgo. Según García Veas, deberían extremar las precauciones las personas mayores y quienes tienen antecedentes de arritmias, insuficiencia cardíaca, cardiopatía isquémica, valvulopatías, hipertensión, diabetes o enfermedad renal. También requieren especial atención quienes toman diuréticos, determinados medicamentos para la hipertensión o fármacos que pueden modificar el ritmo cardíaco o los niveles de electrolitos.
En estos casos, el especialista recomienda no modificar ni suspender la medicación por cuenta propia. Si se planea un viaje exigente o una exposición prolongada a temperaturas elevadas, puede ser conveniente consultar previamente con el médico.
Sentir que el corazón late algo más rápido después de realizar actividad física o permanecer durante un tiempo bajo temperaturas elevadas no significa necesariamente que exista una arritmia. Sin embargo, hay determinados síntomas que justifican una consulta médica urgente. Es importante prestar atención cuando las palpitaciones son muy rápidas, claramente irregulares o se mantienen durante un período prolongado, especialmente si aparecen junto con:
- dolor u opresión en el pecho;
- dificultad para respirar;
- mareos intensos;
- sensación de desmayo o pérdida del conocimiento;
- sudoración fría;
- confusión;
- debilidad marcada;
- una frecuencia cardíaca persistentemente muy elevada en reposo;
- o un empeoramiento rápido del estado general.
No es necesario renunciar a viajar, hacer ejercicio o disfrutar de las actividades propias del verano. La clave está en evitar que varios factores de riesgo se acumulen. Para quienes practican running, ciclismo, golf u otras actividades al aire libre, García Veas recomienda elegir las horas más frescas del día, preferentemente temprano por la mañana, evitar las horas centrales y reducir la intensidad y la duración del ejercicio cuando las temperaturas sean elevadas.
Mantener una hidratación adecuada, moderar el consumo de alcohol, respetar las horas de descanso y prestar atención a las señales del cuerpo también puede ayudar a reducir la sobrecarga cardiovascular. Porque, en definitiva, el problema no suele ser una noche de fiesta, un día de calor o un cambio puntual de horario por separado, sino la combinación de varios factores que pueden poner al organismo bajo una exigencia mayor de la habitual.
Con base en El Tiempo/GDA