Durante años nos hicieron creer que una pareja que se ama tiene que tener relaciones sexuales con frecuencia. Que el deseo debe mantenerse encendido, que la pasión es una prueba de amor y que, cuando el sexo empieza a faltar, algo necesariamente está funcionando mal.
Pero ¿qué sucede cuando dos personas se aman profundamente y, sin embargo, no sienten las mismas ganas de tener relaciones sexuales? ¿Significa que dejaron de atraerse o, peor aún, que se terminó el amor? ¿O será que estamos empezando a comprender que el amor y el deseo son experiencias diferentes?
Un estudio realizado en España por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) reveló que el 80,1% de las personas encuestadas considera que puede existir el amor entre dos personas sin relaciones sexuales. Este resultado nos invita a revisar una de las creencias más instaladas sobre la vida en pareja: que el sexo es el principal indicador de una relación saludable.
Sin embargo, que podamos amar sin sexo no significa que el deseo haya dejado de importar. Lo que empieza a ponerse en discusión es la idea de que existe una única manera correcta de vivir la intimidad.
El amor y el deseo no siempre caminan juntos
En sexualidad hay algo que necesitamos comprender: amar a una persona y desearla sexualmente no son exactamente lo mismo. El amor puede construirse desde el compañerismo, la confianza, la admiración, el cuidado y los proyectos compartidos. El deseo sexual, en cambio, está atravesado por factores físicos, psicológicos, emocionales y vinculares que pueden cambiar a lo largo de la vida.
Podemos amar profundamente a nuestra pareja y atravesar momentos en los que el deseo disminuye. La maternidad, la paternidad, las exigencias laborales, el estrés, los cambios hormonales o simplemente el cansancio pueden modificar nuestra disponibilidad para los encuentros sexuales. Y esto no significa necesariamente que exista un problema en la relación.
El conflicto suele aparecer cuando interpretamos esa diferencia como un rechazo personal. En consulta, suelen aparecer preguntas así: Si no quiere tener relaciones conmigo, ¿será que ya no le gusto? ¿Habrá alguien más? ¿Se habrá terminado el amor? Son cuestiones que pueden transformar una diferencia en el deseo en una fuente de angustia y presión para ambos.
¿Y si el deseo no desapareció, sino que cambió? Algo que suelo explicar en terapia sexual es que no todas las personas experimentamos el deseo de la misma manera. Existe el deseo espontáneo, que aparece sin necesidad de una estimulación previa evidente, y el deseo responsivo, que puede despertarse a partir de una caricia, un beso o un momento de conexión.
Pensemos en una mujer que llega a consulta preocupada porque siente que perdió el deseo sexual. Ama a su pareja, disfruta de los encuentros, pero casi nunca tiene la iniciativa. Ella dice: “No es que no me guste estar con él. Cuando empezamos a besarnos y conectamos, lo disfruto muchísimo. Pero si fuera por mí, ni se me ocurre buscarlo”.
¿Significa que dejó de desearlo? No necesariamente. Quizás su deseo no aparece espontáneamente, sino como respuesta a una experiencia placentera. Esto no significa que debamos tener relaciones sin ganas ni acceder por obligación, sino comprender que el deseo puede surgir de diferentes maneras y que necesita un contexto de comodidad, libertad y conexión. No siempre necesitamos sentir deseo espontáneo para comenzar a conectar con nuestra intimidad, pero sí necesitamos sentirnos libres para elegir cómo vivirla.
¿Estamos cambiando nuestra manera de disfrutar del sexo?
Durante mucho tiempo, hablar de una vida sexual satisfactoria fue prácticamente sinónimo de hablar de penetración, frecuencia y orgasmos. Pero la sexualidad es bastante más amplia. Hoy podemos reconocer que las caricias, los besos, la masturbación individual o compartida y otras formas de contacto también pueden formar parte de una vida íntima satisfactoria.
Incluso estamos empezando a conversar sobre situaciones que antes quedaban silenciadas. Por ejemplo, algunos hombres manifiestan dificultades para alcanzar el orgasmo durante las relaciones sexuales con sus parejas, aunque pueden conseguirlo mediante la masturbación. En algunos casos pueden influir la ansiedad de rendimiento, el estrés, determinados medicamentos o la habituación a formas específicas de estimulación.
Es importante comprender que el orgasmo no debería convertirse en un examen que tenemos que aprobar cada vez que compartimos un encuentro sexual. Porque cuando el objetivo es rendir, muchas veces dejamos de disfrutar. Quizás una de las transformaciones más interesantes que podemos promover sea la de pasar de una sexualidad centrada en resultados a una sexualidad centrada en experiencias.
Qué pasa cuando uno quiere sexo y el otro no
¿Qué sucede cuando una persona se siente cómoda con una vida sexual poco frecuente y la otra necesita más encuentros para sentirse satisfecha? En terapia sexual, las diferencias de deseo son uno de los motivos habituales de consulta. Y no siempre se resuelven aumentando la frecuencia de las relaciones. Muchas veces, necesitamos trabajar sobre las expectativas, la comunicación, la manera en que cada integrante expresa afecto y el significado que le atribuye al sexo.
Para algunas personas, las relaciones sexuales representan una forma fundamental de conexión emocional. Para otras, esa conexión puede construirse a través de conversaciones, abrazos, actividades compartidas o gestos cotidianos. Ninguna de estas necesidades es incorrecta. El problema aparece cuando una de las personas siente que debe acceder a tener relaciones para evitar conflictos, o cuando la otra interpreta cada negativa como una demostración de desamor.
El deseo no puede construirse desde la obligación, pero tampoco deberíamos desestimar el sufrimiento de quien siente que la intimidad sexual es importante y que esa necesidad no encuentra espacio dentro de la relación. La clave está en poder conversar sin culpabilizar, sin exigir y sin invalidar lo que siente el otro.
Otro dato del estudio español merece nuestra atención: el 76,4% de las personas encuestadas considera que las prisas de la vida perjudican al amor. Y esto nos lleva a una pregunta que suelo considerar fundamental cuando hablamos de deseo: ¿Cuánto espacio real dejamos para nuestra intimidad?
Vivimos entre obligaciones laborales, tareas domésticas, crianza y preocupaciones. Muchas parejas llegan al final del día agotadas, con poco tiempo para conversar y todavía menos energía para conectar sexualmente. Entonces, comenzamos a preguntarnos por qué ya no tenemos las mismas ganas que antes, sin detenernos a observar cuánto cambió nuestra vida.
El deseo no siempre aparece espontáneamente ni funciona como un interruptor que podemos encender cuando finalmente tenemos unos minutos libres. A veces, antes de preguntarnos cómo recuperar las ganas de tener sexo, necesitamos preguntarnos cómo recuperar el tiempo para nosotros.
¿Y si dejamos de medir el amor por la cantidad de relaciones sexuales? Quizás el verdadero cambio no sea que las personas estén dejando de interesarse por el sexo, sino que estamos empezando a cuestionar la obligación de vivirlo de una determinada manera. Una pareja puede tener relaciones sexuales frecuentes y atravesar una profunda desconexión emocional. Y otra puede compartir una intimidad afectiva satisfactoria sin mantener relaciones sexuales, siempre que esa realidad sea elegida y aceptada libremente por ambas personas.
La frecuencia sexual, por sí sola, no alcanza para medir la calidad de un vínculo. También debemos recordar que el deseo cambia. Lo que necesitamos a los veinte años puede ser diferente de lo que buscamos a los cuarenta, después de tener hijos o durante otras etapas de nuestra vida. Más que preguntarnos cuántas veces debería tener sexo una pareja, quizás deberíamos empezar a preguntarnos si ambas personas se sienten escuchadas, deseadas, respetadas y satisfechas con la intimidad que construyen.
Tal vez no estemos dejando de desear. Tal vez estemos aprendiendo que el deseo no siempre llega primero, que el placer no siempre termina en un orgasmo y que el amor no debería medirse por la frecuencia de nuestros encuentros sexuales. Porque el amor puede existir sin sexo. Pero cuando el sexo importa, también merece un lugar para ser conversado.