Redacción El País
Durante décadas, la psoriasis cargó con un rótulo equivocado: el de ser una enfermedad nerviosa. Esa simplificación, todavía instalada en el imaginario colectivo, no solo es incorrecta desde el punto de vista científico, sino que también puede retrasar la consulta médica y el inicio de un tratamiento adecuado. Hoy, la evidencia es clara: se trata de una patología genética, de base inflamatoria, que afecta mucho más que la piel.
Especialistas en dermatología coinciden en que el estrés no es la causa de la enfermedad. Puede, sí, actuar como un disparador en personas predispuestas. En otras palabras: sin una carga genética previa, la psoriasis no aparece, por más tensión emocional que exista. Entender esta diferencia es clave para derribar mitos y evitar diagnósticos tardíos.
Una enfermedad sistémica, no solo cutánea
Aunque sus manifestaciones más visibles se dan en la piel, la psoriasis es una enfermedad sistémica, con impacto en distintos órganos y funciones del cuerpo. Quienes la padecen pueden presentar comorbilidades como obesidad, hipertensión arterial, afecciones cardiovasculares o alteraciones metabólicas y hepáticas, lo que refuerza la importancia de un enfoque médico integral.
Desde la práctica clínica, el diagnóstico suele ser simple y clínico, basado en la observación de las lesiones características. No siempre requiere estudios invasivos y, sin embargo, muchas personas consultan recién cuando las placas ya generan molestias persistentes o afectan zonas visibles como codos, rodillas o cuero cabelludo.
Inflamación, sistema inmune y tratamientos actuales
Desde el punto de vista biológico, la psoriasis es un proceso autoinmune en el que el sistema inmunológico —particularmente los linfocitos T— cumple un rol central en la cascada inflamatoria. No es contagiosa, puede expresarse con distinta gravedad y su evolución varía según factores genéticos y ambientales.
En cuanto a las opciones terapéuticas, los avances de la biología molecular marcaron un antes y un después. Hoy existen tratamientos biológicos, como los anticuerpos monoclonales, que permiten controlar la enfermedad con mayor precisión. Sin embargo, el principal obstáculo sigue siendo el acceso, ya que su alto costo plantea un desafío para los sistemas de salud, las mutualistas y los seguros médicos.
Desarmar la idea de que la psoriasis es nerviosa no es solo una cuestión semántica. Es un paso necesario para promover información confiable, reducir el estigma y favorecer un diagnóstico precoz que contemple la salud de la piel y del organismo en su conjunto.
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