Si en una cena de amigos una mujer menciona que tiene “calores”, no duerme bien o su libido está alterada, probablemente sus amigas asientan con complicidad y le respondan: “Bienvenida a la menopausia”. El tema está sobre la mesa, tiene nombre y, aunque resulte molesto, es socialmente aceptado. Sin embargo, si en esa misma cena un hombre se animara a confesar que se siente sin energía, que su deseo sexual ha mermado o que ha perdido masa muscular sin razón aparente, lo más probable es que escuche un chiste sobre su edad. Lo más probable es que ni siquiera se anime a comentar qué le ocurre y por vergüenza se guarde el comentario.
La sociedad ha naturalizado la menopausia como una etapa más de la vida, se puede conversar sobre el tema, hay información disponible y las mujeres no dudan en pedir ayuda profesional porque saben que se sentirán más cómodas.
Sin embargo, la andropausia se mantiene bajo un manto de silencio. Para el varón, admitir esta etapa de su vida, se siente erróneamente como una renuncia a su hombría o aun peor como una banalidad, como un hombre de más de 45 años que no quiere aceptar el paso del tiempo y busca permanecer joven a pesar del paso de los años.
La pregunta incómoda
La expectativa de vida aumentó notoriamente. En otra etapa de la humanidad un hombre o una mujer quizás tenían que convivir 20 años con el déficit de las hormonas, pero ahora la vida se extienda hasta los 80, 85 años e incluso más.
Por eso me pregunto y les pregunto ¿Viviremos la mitad de nuestras vidas con deterioro biológico y hormonal? No tengo una respuesta del todo clara. La pregunta es un poco más amplia: ¿hasta cuándo debemos luchar contra el envejecimiento? Hoy la interrogante es necesaria, tanto para la población como para los profesionales de la salud.
¿Crisis o déficit?
Culturalmente, hemos construido el mito de la “crisis de la mediana edad”. Si vemos que un hombre de 45 o 50 años se compra un auto deportivo, se divorcia impulsivamente o cambia radicalmente su vestimenta, seguramente lo juzgaremos como un inmaduro que se niega a envejecer. Pero ¿cuánto hay de replanteos en la mitad de la vida, y cuánto de crisis biológica?
En el hombre, a partir de los 30 o 40 años, los niveles de testosterona comienzan a descender progresivamente (alrededor de un 1% anual). Cuando este descenso cruza cierto umbral, el impacto es sistémico. No solo afecta la vida sexual, se observa disminución de la libido, problemas de erección y eyaculación. La testosterona es el combustible del motor masculino: regula el estado de ánimo, la capacidad cognitiva, fuerza y cantidad de masa muscular, salud ósea y la salud cardiovascular.
Ese hombre que está irritable, que no logra concentrarse en el trabajo, que aumenta su grasa abdominal a pesar de cuidarse y que siente una apatía generalizada ante la vida, sin ganas de trabajar, ni ejercitarse, muchas veces no está “deprimido” ni en una “crisis existencial”. Está sufriendo una falta de combustible químico, léase comienza la andropausia.
El precio del silencio
La diferencia fundamental entre la menopausia y la andropausia es la velocidad y que la menopausia es un tema menos tabú que la andropausia.
En la mujer, el cambio es relativamente abrupto y marca el fin de la fertilidad. En el hombre, el proceso es insidioso, lento y progresivo.
Esta sutileza es peligrosa. Muchos pacientes llegan a mi consultorio después de años de peregrinar por especialistas: cardiólogos por la fatiga, psicólogos por la apatía, ya se anotaron en todos los gimnasios y ninguno los motivos y traen a cuestas 10 intentos de descender de peso frustrados. Pocos conectan los puntos, a muchos les pregunto si alguna vez se les pidieron exámenes clínicos de niveles de testosterona. La respuesta se repite: muy pocos habían pensado en el tema.
El costo de ignorar la andropausia es muy alto. Estudios recientes vinculan los niveles bajos de testosterona no solo con mala calidad de vida, sino con mayores riesgos de síndrome metabólico, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Tratar la andropausia no es un asunto de vanidad, sino que es medicina preventiva.
Quizás tenemos que cuestionarnos si no medimos las hormonas masculinas y derivamos a la consulta de urología con menos frecuencia de la que los pacientes necesitan.
Recuperar el control
La buena noticia es que, a diferencia de nuestros abuelos, hoy tenemos herramientas. La medicina actual permite realizar un diagnóstico preciso y, si es necesario, implementar terapias de reemplazo hormonal bioidénticas o cambios de estilo de vida dirigidos a optimizar la producción hormonal.
Hay dejar muy claro en la población que el tratamiento hormonal deber ser indicado y supervisado por médicos con formación en el tema, como los urólogos u endocrinólogos.
Hay medidas y acciones que todos podemos implementar que contribuirán a contrarrestar las consecuencias del déficit hormonal.
- Modificar la proporción de los macronutrientes que consumimos (la nueva pirámide nutricional que analicé en notas anteriores, es una buena opción).
- Priorizar proteínas y grasas saludables sobre los carbohidratos puede evitar el aumento de masa grasa, si se realiza ejercicio mantener o aumentar la masa muscular y mejorías en la salud cardio metabólica.
- Evitar los ultra procesados y el alcohol, o consumirlo lo mínimo posible.
- Realizar actividad física, orientada al desarrollo de masa muscular.
Sin embargo, el primer paso no es médico, es cultural. Necesitamos que los hombres entiendan que su biología cambia y que aceptar los cambios biológicos del paso del tiempo y pedir ayuda, no los hace menos hombres, sino más estratégicos respecto a su salud.
Envejecer es inevitable, pero “sentirse viejo” es, en gran medida, opcional. Dejemos de llamar “crisis” a lo que en gran medida es biología y empecemos prestar atención a los cambios en el cuerpo masculino.
-
Andropausia: cuando la testosterona empieza a abandonar el cuerpo y qué hacer al respecto
Luis Gil advierte que la andropausia comienza a los 40 y afecta músculo, libido y energía en hombres
Urólogo explica cómo identificar la "menopausia masculina": síntomas y cómo afrontarla
"Inteligencia sexual": las claves para que el sexo sea pleno después de los 50 años