El hígado graso —conocido hoy en el ámbito médico como Enfermedad Hepática Esteatótica Asociada a Disfunción Metabólica (MASLD)— es cada vez más frecuente. Vinculada al sobrepeso, la obesidad y la diabetes tipo 2, esta condición obliga a revisar hábitos, en especial la alimentación. Una de las preguntas más repetidas en consultorio es si se puede comer queso sin empeorar el cuadro.
La respuesta, según coinciden sociedades científicas y centros de referencia como la Mayo Clinic y la American Liver Foundation, es que sí, pero con moderación y buena elección del producto. La clave está en controlar la grasa saturada y el sodio, dos nutrientes que, en exceso, pueden complicar la evolución del hígado graso.
Qué implica el hígado graso
La MASLD es una alteración metabólica que genera acumulación de grasa en el hígado. En muchos casos no presenta síntomas claros, aunque algunas personas refieren cansancio o molestia en el lado superior derecho del abdomen. Cuando progresa, puede aparecer fibrosis, es decir, cicatrización del tejido hepático, y en etapas avanzadas derivar en cirrosis u otras complicaciones.
Los especialistas señalan que no siempre se sabe por qué algunas personas desarrollan más esteatosis hepática que otras. Sin embargo, está claro que la alimentación saludable, el descenso de peso cuando es necesario y la actividad física regular son pilares del tratamiento.
Qué tipo de queso elegir
En el marco de una dieta para hígado graso, no todos los quesos son iguales. Se priorizan opciones con menor contenido de grasa total y buen aporte de proteínas.
Entre las alternativas más recomendadas figuran el queso fresco magro, la ricotta o requesón light, el queso cottage y el queso untable o batido con 0 % de grasa, siempre que no tenga agregados innecesarios. Estas variedades permiten disfrutar del queso sin sumar una carga excesiva de grasas saturadas.
En cambio, conviene limitar los quesos curados y semicurados de alto tenor graso, como el Gouda, el Grana Padano y el Parmesano, que pueden alcanzar porcentajes elevados de grasa. También se aconseja moderar los quesos azules, como el Roquefort y el Gorgonzola, por su contenido de sal y materia grasa, así como los untables muy procesados.
El valor de un patrón alimentario equilibrado
Más allá del queso, el enfoque actual para tratar el hígado graso apunta a un patrón similar a la dieta mediterránea. Esto implica priorizar verduras, frutas frescas, legumbres, cereales integrales, proteínas magras como pollo sin piel o pescado, y grasas saludables como el aceite de oliva extra virgen y los frutos secos.
Al mismo tiempo, se recomienda reducir el consumo de azúcares añadidos, bebidas azucaradas, productos ultraprocesados y frituras, además de evitar el alcohol, que puede acelerar el daño hepático.
Como subrayan los expertos, cualquier modificación en la dieta debe realizarse con acompañamiento profesional. En personas con hígado graso, el asesoramiento médico y nutricional individualizado es fundamental para lograr cambios sostenibles y cuidar la salud del hígado a largo plazo.
En base a El Tiempo/GDA
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