Noviembre en Uruguay huele a frutillas. Pasás por una feria o una verdulería y ahí están ellas, en cajones rojos apilados, con ese perfume dulce que te llega antes de que las veas. Es ese momento del año en el que más abundan, en el que mejor sabor tienen y más convenientes salen, así que es la ocasión ideal para llevarlas sin pensarlo demasiado.
Pero comprarlas es la parte fácil. Lo difícil es que lleguen enteras a la mesa y no terminen, dos días después, convertidas en un puñado de manchas blandas en el fondo de la heladera. Por eso esta vez, en lugar de repasar vitaminas y calorías, te cuento cómo elegirlas, cómo cuidarlas y qué hacer con ellas más allá del licuado de siempre.
Elegir bien es la mitad del trabajo.
La frutilla tiene una particularidad que conviene tener muy presente: una vez cosechada, no sigue madurando. Lo que ves en el cajón es lo que hay. Si la comprás pálida o con la punta blanca, no se va a poner más dulce en la mesada de tu casa; simplemente se va a ablandar.
Por eso, buscá siempre las que tengan un rojo parejo y brillante hasta el cabito, con las hojitas verdes y frescas, no marchitas. Y además, confiá en la nariz: una frutilla en su punto, perfuma. Si te acercás el cajón y no huele a nada, es probable que tampoco sepa a mucho.
El tamaño de la frutilla, por otra parte, no es sinónimo de sabor: las que son muy grandes suelen ser más acuosas y las medianas muchas veces las superan en dulzor. Antes de llevarte el cajón, echale un vistazo al fondo. Si hay manchas de jugo o alguna aplastada, el moho puede estar en camino, y se contagia rápido de una a otra.
¿Cómo guardarlas para que duren?
El error más común es lavarlas apenas llegás a casa. La humedad es la mejor aliada del moho, y una frutilla mojada guardada en la heladera dura mucho menos.
Lo ideal es dejarlas sin lavar, en un recipiente con papel absorbente en el fondo, en una sola capa o al menos sin apretarlas demasiado, y con la tapa apenas entreabierta para que circule el aire. Revisalas cada día y sacá enseguida cualquiera que se haya echado a perder: una sola puede arruinar al resto. Así se mantienen en buenas condiciones unos tres o cuatro días.
El lavado se hace recién antes de comerlas, bajo el chorro de agua fría y con el cabito puesto. Si se lo sacás antes, el agua entra en la pulpa y se pierde sabor. Alcanza con agua corriente y movimientos suaves; no hace falta dejarlas remojando.
Y si aprovechaste la oferta y te llevaste de más, el freezer es tu mejor aliado. Congelar sirve para no perder fruta que se pasa y para tener frutillas de temporada, a buen precio y en su mejor momento, durante todo el año.
Se hace así: lavalas, sacales los cabitos y secalas muy bien, porque al congelarse, el agua se convierte en escarcha y las deja pegadas. Después acomodalas en una bandeja o asadera, en una sola capa sin que se toquen, y llevalas al freezer hasta que estén duras. Recién entonces pasalas a una bolsa o recipiente hermético, sacando todo el aire que puedas, y anotá la fecha. Si preferís ahorrar espacio, también podés procesarlas y congelar la pulpa en porciones. Eso sí: tené en cuenta que al descongelarse pierden firmeza, así que son ideales para licuados, mousses, salsas y compotas, más que para comerlas solas o en ensaladas.
“Tienen azúcar, no las puedo comer”.
Es una frase que escucho de vez en cuando en la consulta, y merece una respuesta clara: no, no es así. Las frutillas están entre las frutas con menos hidratos de carbono. 100 gramos aportan alrededor de 7 u 8 gramos, de los cuales casi 2 son fibra. Esa fibra, sumada a su alto contenido de agua, hace que la glucosa pase a la sangre de manera más gradual, y por eso su índice glucémico es bajo. Dicho de otro modo: una porción de frutillas frescas suele ser una muy buena opción también para quienes tienen que cuidar su glucemia.
Lo que cambia la historia es lo que les agregamos. Frutillas con azúcar, con crema o en un licuado bien endulzado ya son otra cosa. Si querés mejorar todavía más la combinación, acompañalas con yogur natural, unas nueces o un puñado de avena: las proteínas y las grasas buenas enlentecen aún más la absorción. Eso sí, la porción y el momento ideal los define cada persona junto a su equipo de salud.
Más allá de la vitamina C.
De las frutillas se habla mucho por su vitamina C, pero tienen otros aliados menos conocidos.
El rojo intenso que tienen viene de las antocianinas, unos pigmentos con acción antioxidante que también encontramos en los arándanos y en las uvas moradas, y que se estudian por su posible rol en la salud del corazón y de los vasos sanguíneos. Aportan además folato, una vitamina del complejo B importante en todas las etapas de la vida y especialmente en el embarazo, y manganeso, un mineral que participa en el metabolismo y en la salud de los huesos.
Ninguna fruta hace milagros sola, claro, pero sumar variedad de colores al plato es una de las estrategias más simples y accesibles para comer mejor. Y en noviembre, el rojo sale a buen precio. Si tenés la posibilidad de comprarlas directo al productor o en una feria barrial, mejor todavía: llegan más frescas, con menos días de góndola, y se nota en el sabor y en la duración.
Ideas.
Si ya te cansaste del licuado, probá estas variantes. Para una entrada fresca, cortá las frutillas y condimentalas con un chorrito de vinagre balsámico, pimienta negra y hojas de albahaca, y servilas sobre queso fresco o ricota: el contraste entre lo dulce, lo ácido y lo cremoso sorprende a cualquiera.
Para los días de calor, armá una jarra de agua saborizada con frutillas en rodajas, hojas de menta y rodajas de limón. Con un par de horas en la heladera tenés una bebida que invita a tomar más agua, sin una cucharada de azúcar.
Para un desayuno rápido, mezclá yogur natural con avena y sumale frutillas picadas, apenas maceradas con un poco de jugo y ralladura de naranja. Y si hay frutillas que ya están muy maduras y no vas a llegar a comer, pisalas con un tenedor y usalas como salsa sobre el yogur o sobre unas tostadas con queso crema.
Con los chicos, el truco es la presentación: unas brochetas de frutillas y otras frutas, con un bol de yogur natural para mojar, desaparecen de la mesa en minutos.
Y si te gustan cocidas, no pasa nada. Es cierto que el calor reduce parte de la vitamina C, pero una compota casera, unas frutillas salteadas apenas un minuto con canela o una tarta siguen aportando fibra, minerales y sabor.
Lo importante es que el resto del día haya otras frutas y verduras crudas, y que el azúcar no se quede con el protagonismo.
Un último consejo antes de tirar nada: los cabitos verdes son perfectamente comestibles. Si vas a licuar las frutillas, podés dejarlos puestos y casi no se notan.
Un dato curioso.
Botánicamente, la frutilla no es una fruta como la imaginamos. Lo que comemos es el receptáculo carnoso de la flor, y los puntitos que la cubren son los verdaderos frutos, llamados aquenios. Es decir, esa parte roja, jugosa y perfumada es en realidad la base de la flor, con los frutos pegados por fuera.
La mejor frutilla es la que está en su punto y se come a tiempo. Y si te sobran, ya sabés que el freezer las espera: lavadas, secas y sin cabito, duran meses. Comprá la cantidad que realmente vas a consumir en la semana, guardalas bien y probá alguna de las ideas de arriba que no hayas hecho nunca. Noviembre pasa rápido, y las frutillas con él: disfrutalas ahora, que están en su mejor momento.