Redacción El País
Durante mucho tiempo, involucrarse de manera lúdica con los hijos no fue una práctica habitual. Hoy, la psicología señala que esa ausencia no convierte automáticamente a los padres en figuras dañinas ni determina el futuro emocional de una persona. Sin embargo, sí puede dejar marcas sutiles que se manifiestan más adelante, en la forma de vincularse consigo mismo y con los demás.
Lejos de ser un pasatiempo menor, el juego cumple una función estructural en el desarrollo infantil. La psicóloga española Leticia Martín Enjuto, directora de un centro especializado en salud mental infantil y familiar, explica que jugar con los adultos de referencia permite al niño experimentar seguridad, conexión afectiva y validación emocional.
Desde la neurociencia, se sabe que durante el juego se activan áreas del cerebro vinculadas a la memoria, la regulación emocional y la empatía. Estos procesos fortalecen el apego seguro y la autoestima. Cuando estos intercambios no están presentes, el niño puede interpretar esa distancia como falta de interés o disponibilidad emocional.
Uno de los rasgos más frecuentes en estos casos es la dificultad para expresar emociones. Las personas que crecieron sin espacios de juego compartido suelen tener problemas para identificar lo que sienten, ponerlo en palabras o mostrarse vulnerables, lo que a veces se percibe como frialdad o desconexión emocional.
También es común una marcada autosuficiencia. Aprender desde chicos a entretenerse solos puede derivar, en la adultez, en resistencia a pedir ayuda y en la creencia de que todo debe resolverse sin apoyo externo. Esta independencia temprana, llevada al extremo, puede generar incomodidad frente a la dependencia emocional.
En el plano vincular, la psicología observa una tendencia hacia estilos evitativos: la cercanía emocional se vive como un territorio incierto o riesgoso, lo que lleva a mantener distancia incluso cuando existe deseo de conexión. A esto se suma, en muchos casos, una elevada autoexigencia. El disfrute, el ocio o la improvisación pueden generar culpa, como si el descanso tuviera que ser ganado.
Los especialistas coinciden en que estos rasgos no son sentencias definitivas. Identificarlos permite entender su origen y la forma en que se expresan en la vida cotidiana. La construcción de vínculos seguros en la adultez, el trabajo terapéutico y la posibilidad de incorporar el juego y el disfrute como partes legítimas de la vida son caminos posibles de reparación emocional.
Con base en El Tiempo/GDA