Soledad elegida o padecida: claves para aprender a disfrutar de uno mismo y no sentirse aislado

Elegir estar a solas puede convertirse en un refugio, un espacio creativo e incluso una forma de descanso, mientras que la soledad impuesta nos enfrenta al dolor.

Soledad, mujer, cama
Mujer sola en su habitación, sentada en la cama.
Foto: Freepik.

En nuestra cultura, la soledad tiene mala prensa. Suele asociarse con la falta, la tristeza o el fracaso en las relaciones; se dice “se quedó solo” como quien dice “se quedó sin nada”. Sin embargo, también puede ser una elección: un espacio de silencio, de introspección o simplemente de descanso del ruidoso mundo en el que vivimos.

En español, usamos una sola palabra para nombrar dos experiencias distintas y eso complejiza todo: estar solo y sentirse solo. En inglés, en cambio, existen dos términos diferentes: loneliness para nombrar el vacío que duele y solitude para dar nombre a la distancia elegida.

La diferencia, además de lingüística, es emocional. Uno puede tener pareja y sentirse solo; tener muchos amigos y, aun así, no sentir que pertenece a un determinado grupo. La sensación de aislamiento no se interrumpe por estar acompañado.

Para el psicoanalista Donald Winnicott, solo puede existir una soledad adulta saludable si antes hubo una soledad infantil acompañada. Es decir, para aprender a estar solos, primero tuvimos que estar solos con alguien que nos haya soltado la mano de forma paulatina, como quien de a poco se anima a andar en bicicleta sin las rueditas estabilizadoras. Una presencia temprana permite que, de adultos, logremos sostenernos sin derrumbarnos cuando el otro no está.

Niño tapándose ojos
Niño tapándose los ojos.
Foto: Freepik.

Winnicott ofrece una clave valiosa, pero no absoluta. Hay personas que, a pesar de infancias adversas, desarrollan una sorprendente tolerancia —o incluso gusto— por la soledad. Y otras que, aun habiendo sido acompañadas, padecen la soledad de manera intensa. Las historias humanas nunca responden por completo a un solo molde.

La independencia no implica dejar de necesitar a los demás, sino poder elegir cómo y con quién satisfacer esa necesidad que, para entenderla, conviene recordar que las necesidades humanas existen en distintos niveles: las biológicas (comer, dormir), las afectivas (como la contención emocional), las simbólicas (ligadas al reconocimiento) y las vinculares (el deseo de compartir con un otro significativo). Es una trampa creer que estas necesidades solo se satisfacen con la presencia constante de alguien.

Pero, ¡cuidado! No vale asumir que todo se resuelve en soledad. Eso también es peligroso. La autonomía no surge al eliminar la dependencia —eso sería narcisismo—, sino al transformarla. Lo que antes venía “de afuera”, como el consuelo, la calma o la validación, se vuelve una función interna: una voz propia que sostiene, regula y pone palabras donde antes solo había urgencia.

Mujer respira con calma
Mujer respira con calma, en soledad.
Foto: Freepik.

En ese sentido, la adultez no borra la necesidad del otro; la modula. Las necesidades infantiles son absolutas: el bebé llora porque su hambre es vital. En cambio, las necesidades maduras “saludables” reconocen el límite y el tiempo: “Necesito, pero puedo esperar”. Esa diferencia marca el pasaje de la necesidad al deseo.

Ahí está la clave: la independencia no es autosuficiencia, pero tampoco implica que una relación se convierta en condición para existir. Es extrañar sin desarmarse; desear compañía, pero también disfrutar de uno mismo.

La soledad elegida puede ser un refugio, un espacio creativo, incluso una forma de descanso. La soledad impuesta, en cambio, duele porque nos enfrenta con una pregunta cuya respuesta no siempre queremos escuchar: ¿me siento solo porque me falta alguien o porque me falta algo de mí?

La salud mental no se mide por la cantidad de vínculos, sino por la calidad de la relación con uno mismo cuando los demás no están. Aprender a estar solos —sin sentirnos abandonados— es una de las tareas más difíciles y liberadoras de la adultez.

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