¿Qué es el quiet quitting o la renuncia silenciosa? Una tendencia que se observa en el ámbito laboral

Frente a la exigencia de estar disponible las 24 horas, la ciencia respalda la decisión de fijar límites para prevenir el agotamiento y preservar la salud mental.

Una persona alzando la voz en una reunión de trabajo
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Foto: Canva

El término quiet quitting empezó a aparecer en conversaciones laborales, redes sociales y oficinas de todo el mundo. Su traducción literal -“renuncia silenciosa”-, resulta bastante engañosa ya que quienes hacen “quiet quitting” no renuncian,  no desaparecen, ni dejan de trabajar y, en principio, tampoco incumplen con aquello por lo que fueron contratados.

Simplemente dejan de ofrecer voluntariamente horas extra, compromiso exacerbado con la actividad y la empresa donde trabajan y dejan de brindar “más”. Más horas. Más disponibilidad. Más entusiasmo. Más tareas. Más mensajes contestados fuera de horario. Más compromiso del que figura en el contrato.

La idea incomoda porque toca una creencia muy instalada: que un buen trabajador no solamente cumple, sino que siempre está dispuesto a hacer un poco más.
Durante décadas, el buen desempeño laboral estuvo asociado a la disponibilidad. Contestar rápido era compromiso. Quedarse después de hora era responsabilidad. Llevarse trabajo a casa era dedicación. Decir que sí a una tarea más era demostrar iniciativa.

El problema aparece cuando ese “un poco más” deja de ser excepcional y se convierte en el estándar. Si bien se trata de un  fenómeno lo suficientemente reciente como para que la ciencia todavía esté intentando definirlo con precisión, existen al día de hoy algunos estudios al respecto, tales como: el publicado en PLOS ONE en 2025 desarrolló y validó una escala específica para medir el quiet quitting, después de señalar que hasta entonces no existía una definición conceptualmente consolidada del fenómeno.

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Foto: Commons.

Otro trabajo, publicado en Human Resource Management y disponible en su versión definitiva desde 2025, propone entenderlo de una manera más amplia: no solamente como menor dedicación a las tareas, sino también como menor involucramiento laboral general, menor conexión social con el trabajo y una intención explícita de establecer límites entre la vida laboral y personal.

En muchos casos los colaboradores apuestan a una mejor calidad de vida y a preservar su salud mental ante la exigencia exacerbada y ansiógena del mercado.
Claramente, celebro esta decisión y actitud cuando provienen de un análisis consciente y responsable emocionalmente de su vida, necesidades y prioridades. No así cuando se trata de falta de compromiso, seriedad y ética a la hora de su performance laboral. No es lo mismo poner límites que estar completamente desconectado del rol o la actividad a desempeñar.

Por su parte, una persona puede estar comprometida, sin estar disponible las 24 horas. Puede hacer bien su trabajo, sin convertirlo en el centro de su identidad. Puede querer progresar, sin querer que cada ascenso tenga como precio una parte de su vida privada.

Vivir para trabajar

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Foto: Freepik.

El estudio más reciente sobre el fenómeno, encontró que se trata de una respuesta relacionada con distintas variables tales como estrés, satisfacción laboral, burnout y efectividad laboral. Quizás por eso la discusión debería abandonar la pregunta de si el quiet quitting es bueno o malo y simplemente saber que se trata de una tendencia global, pero que -por supuesto- siempre depende de la personalidad, el contexto actual y el estilo laboral de cada trabajador, además de las características del ambiente laboral que siempre juegan un rol preponderante.

Igual, hay algo extraño en una cultura laboral que convirtió el mínimo contractual en una especie de fracaso moral. Como si hacer aquello por lo que fuimos contratados fuera apenas el piso desde el cual tenemos que empezar a demostrar nuestra verdadera valía.

Tal vez, en algunos casos, sea alguien intentando recuperar una relación más sostenible con aquello que hace ocho horas por día. Hay una diferencia enorme entre trabajar bien y vivir para trabajar.

La primera es una responsabilidad. La segunda puede terminar convirtiéndose en tema de identidad y hasta de adicción al trabajo. Y cuando el trabajo se convierte en identidad, cualquier límite empieza a parecer una amenaza. Si no respondo el mensaje inmediatamente, ¿soy irresponsable? Si no quiero quedarme después de hora, ¿soy poco ambicioso? Si no quiero ascender, ¿estoy desperdiciando mi potencial? Si hago exactamente lo que corresponde y nada más, ¿estoy fallando?

Quizás ahí esté la verdadera discusión detrás del quiet quitting. No en la cantidad de tareas que una persona está dispuesta a hacer, sino en la cantidad de vida que siente que tiene que “sacrificar” para realizarlo. Porque trabajar bien, con pasión y compromiso no debería exigir que una persona esté permanentemente disponible. Y descansar no debería ser una recompensa que se obtiene después de haber demostrado suficiente productividad.

Durante mucho tiempo confundimos compromiso y rendimiento laboral con sacrificio. Quizás ahora estemos aprendiendo a distinguirlos. Y quizás el verdadero desafío del mundo laboral no sea conseguir empleados que hagan cada vez más, sino construir trabajos con ambientes de trabajo saludables, donde sea posible armonizar vida personal con vida laboral y en los que hacer bien lo que corresponde vuelva a ser suficiente.

Para los colaboradores, entiendo que el desafío radica en encontrar una tarea que les apasione, donde se sientan realmente desarrollados profesional y laboralmente y además que puedan ejercerla desde un lugar equilibrado y sin sacrificar su tiempo personal, ya que el disfrute, el ocio, la diversión y el tiempo de calidad consigo mismos y sus vínculos afectivos son vitales. En definitiva, salud mental, bienestar y calidad de vida durante la vida productiva, ¿será mucho pedir?

“Siempre hay otra forma”.

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Foto: Commons.

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