Redacción El País
Abrimos TikTok “solo un minuto” y, sin darnos cuenta, pasó una hora. Trabajamos mientras escuchamos un pódcast y respondemos mensajes. Vivimos inmersos en una lluvia constante de estímulos rápidos, y desconectarnos se vuelve cada vez más difícil. El cerebro se acostumbra a esa hiperestimulación y la atención empieza a fragmentarse, saltando de un foco a otro sin descanso, como granos de maíz reventando al mismo tiempo.
Para describir este estado mental hoy se utiliza el término popcorn brain. El concepto comenzó a circular a comienzos de la década de 2010, cuando especialistas empezaron a observar que el uso intensivo de internet, redes sociales y notificaciones rápidas generaba patrones de distracción persistentes, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes.
El cerebro humano siempre estuvo diseñado para buscar novedad, recompensas y señales relevantes del entorno. El problema es que hoy esa programación biológica se encuentra con un ecosistema digital que funciona a máxima velocidad: cada notificación, video corto o actualización es un microestímulo pensado para captar nuestra atención.
Las plataformas digitales entendieron muy bien este mecanismo. El sonido del celular, el scroll infinito o los videos que se reproducen solos activan un circuito muy sensible: el de la dopamina, el neurotransmisor asociado a la motivación, el foco y la repetición de conductas placenteras.
El inconveniente no es la dopamina en sí, sino que el cerebro empieza a interpretar esa sobreestimulación como la nueva normalidad. Cuando ese patrón se vuelve habitual, aparecen la irritabilidad al desconectar, la dificultad para tolerar el silencio y la necesidad casi automática de revisar el celular.
Esta estimulación constante desgasta la corteza prefrontal, la región encargada de regular la atención y el autocontrol. Las interrupciones repetidas —aunque parezcan mínimas— erosionan la capacidad de mantener el foco durante períodos prolongados. Es como si la atención se fatigara y se rompiera en fragmentos.
En este proceso, las funciones ejecutivas suelen ser las primeras en verse afectadas. El control inhibitorio —la capacidad de resistir distracciones— se debilita, seguido por la memoria de trabajo, que nos permite retener información mientras pensamos, y luego por la planificación y la flexibilidad cognitiva. Cuando estas habilidades disminuyen, la mente funciona de manera más superficial: cuesta sostener el hilo de tareas simples, se dificulta el análisis profundo y aparece una sensación de cansancio mental que no es físico, sino disperso.
El popcorn brain se manifiesta de muchas formas: revisar el celular sin motivo claro, saltar de un video a otro sin terminar ninguno, sentir ansiedad ante la ausencia de estímulos o incomodidad frente al silencio y la espera. Este estado también impacta en el rendimiento académico y laboral.
Además, afecta las relaciones: aunque estemos frente a otra persona, parte de la mente sigue pendiente del celular. La escucha se vuelve superficial y las conversaciones pierden profundidad, debilitando la conexión emocional.
¿Es posible mejorar la atención?
Los especialistas coinciden en que buena parte de la atención profunda puede recuperarse si se crean las condiciones adecuadas. No se trata de “curar” por completo el popcorn brain, sino de aprender a gestionarlo. En algunos casos, cuando hay patrones muy arraigados o conductas adictivas, la reversión puede ser parcial.
El cerebro se adapta a lo rápido, pero también puede recalibrarse hacia ritmos más lentos. Una de las estrategias más efectivas es el detox digital: definir qué conductas se cambiarán, fijar objetivos concretos de tiempo y sostenerlos durante al menos dos semanas para empezar a romper hábitos automáticos.
Ayuda observar cuándo aparece la urgencia de conectarse, identificar los disparadores emocionales y reemplazar el uso de pantallas por actividades placenteras alternativas: caminar, leer, cocinar, escuchar música tranquila o conversar con alguien. No se trata de eliminar la tecnología, sino de devolverle su lugar y entrenar al cerebro para tolerar el silencio y la concentración prolongada.
Otras estrategias útiles incluyen usar límites de tiempo, dejar el teléfono fuera del alcance cuando se necesita foco, hacer pausas para respirar profundo, estirarse o caminar unos minutos cuando aparece el impulso de desbloquear la pantalla. También resultan beneficiosas prácticas como el mindfulness, la lectura sostenida sin interrupciones y el ejercicio físico regular, una de las actividades con mayor evidencia para mejorar el funcionamiento de la corteza prefrontal.
Un punto clave es volver a familiarizarse con el aburrimiento. Lejos de ser un enemigo, es un espacio necesario para que la mente genere ideas, organice información y procese emociones. En adultos, actividades de flujo prolongado —leer, escribir, cocinar, tocar un instrumento o entrenar— ayudan a entrenar la capacidad de sostener la atención sin estímulos constantes.
Con base en El Comercio/GDA
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