Síndrome del impostor: por qué dudamos más de lo que hacemos fácil que de lo que nos cuesta

En una cultura que mide el valor por el sacrificio y la rentabilidad, aquello que fluye sin esfuerzo suele subestimarse, alimentando la sensación de fraude incluso en personas altamente competentes.

Mujer pintando
Mujer pintando.
Foto: Freepik.

Nos toca transitar una época signada por la obsesión de monetizar cada minuto del día, y eso ha terminado por distorsionar nuestra percepción del valor personal. Nuestros hobbies, nuestras distracciones y aquellas habilidades que fluyen sin esfuerzo son precisamente los puntos en los que el síndrome del impostor echa raíces más profundas.

Parece una trampa tendida por nuestro propio cerebro.

La condena del conocimiento y la naturalidad

Esta distorsión cognitiva actúa como un filtro invisible que empaña nuestra competencia. Proyectamos nuestra facilidad en otras personas, asumiendo que el mundo comparte nuestra estructura mental. Si para nosotros trazar una perspectiva o resolver un código complejo es un acto casi reflejo, nuestro cerebro deja de percibirlo como una proeza porque no detecta un esfuerzo.

El síndrome del impostor se alimenta de esta economía energética. Al no poder reconocer un trabajo cognitivo, el logro se siente vacío, casi como un truco de magia que ni nosotros mismos nos explicamos. Esta falta de sufrimiento genera una disonancia cuando recibimos un elogio: sentimos que nos están premiando por respirar y, por tanto, que el elogio es inmerecido o fruto de un error ajeno.

Sin embargo, la ciencia sugiere lo contrario. Esa fluidez no es falta de mérito, es maestría integrada. Lo que para nosotros es un proceso de bajo costo, para otros es una montaña rusa de fatiga y error. El mérito real no reside en transpirar la camiseta, sino en la capacidad de ejecutar con elegancia lo que para otros es imposible.

Leer libro
Hombre lee un libro con atención.
Foto: Freepik.

El sesgo de la productividad

Nuestro cerebro opera bajo el sesgo de productividad. Hemos interiorizado la falacia de que el valor de una acción es directamente proporcional al sacrificio o a su rentabilidad. Bajo esta lógica, el síndrome del impostor actúa como un auditor implacable: si una actividad no produce una ganancia material o un premio, la etiquetará como ruido o pérdida de tiempo. Sin embargo, esta visión ignora el mecanismo real de nuestra mente.

Nuestros pasatiempos no son un lujo, sino una necesidad funcional. Los estados de flujo que alcanzamos al realizar algo por puro placer permiten que nuestro cerebro desactive la red neuronal automática, esa con la que rumiamos errores y ansiedades. Al neutralizarla, facilitamos una recuperación cognitiva profunda. En este espacio, libre de la presión del rendimiento económico, la creatividad y la flexibilidad mental se regeneran.

Además, diversificar nuestros intereses es la mejor defensa contra el malestar emocional. Si nuestra valía depende exclusivamente de nuestro rol profesional, profesional, por ejemplo, vamos a percibir cualquier bache laboral como un fracaso existencial. Los hobbies construyen una autoimagen resiliente: somos seres capaces de crear, de jugar o de aprender, independientemente de la aprobación de un mercado. El mérito, entonces, no es una transacción comercial, sino el acto de sostener nuestra propia humanidad.

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Foto: Freepik.

La trampa de la gratificación intrínseca

El síndrome del impostor opera bajo una ética puritana distorsionada: si hay disfrute, no hay rigor. Esta narrativa interna nos susurra que el placer es una forma de evasión o engaño, sugiriendo que solo el camino del sacrificio valida el resultado. Sin embargo, esta sospecha es infundada, aparentemente. Los especialistas nos dicen que el cerebro no es un músculo que solo crece bajo castigo; al contrario, el placer es el catalizador más potente para el aprendizaje y la plasticidad cerebral.

Cuando realizamos una actividad placentera, nuestro sistema de recompensa actúa en nosotros, lo que no solo mejora el estado de ánimo, sino que actúa como un pegamento que refuerza las conexiones neuronales de manera mucho más eficiente que el estrés. Lo que el impostor llama ocio sin mérito es, en realidad, un proceso de optimización. Las actividades que amamos nos ayudan a conservar nuestra agilidad mental y nos mantienen jóvenes y resilientes.

La valía de nuestras aficiones trasciende el alivio del agobio; radica en la energía intelectual que inyectan. El deleite nunca constituye una señal de ligereza, sino la prueba fehaciente de que nuestra materia gris funciona con máxima receptividad y vigor. Aquello que brota de forma espontánea no carece de importancia; por el contrario, representa la cumbre de nuestra destreza innata. Carecer de remuneración monetaria no transforma una ocupación en algo insignificante; la dota de libertad absoluta. La relevancia no descansa en dividendos financieros, sino en la realización misma y en el refugio emocional que dicho ejercicio nos brinda.

Dos mujeres hacen manualidades
adult woman with special needs are engaged in handcraft in rehabilitation center
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Consejos prácticos

Cuando sentimos que algo no cuenta porque es muy fácil, podemos observar a un principiante intentando realizar esa misma tarea. Notar sus dificultades nos va a ayudar a reconocer que muestra fluidez no es el estándar universal, sino una maestría acumulada que merece respeto.

Dejemos de llamar “tiempo libre” a nuestros hobbies y comencemos a considerarlos “mantenimiento de las funciones cognitivas y del cerebro”. Al re etiquetar el ocio como una inversión necesaria para que nuestro cerebro no se oxide, reducimos el peso de la culpa y validamos nuestra actividad ante nuestro juez interno.

Anotemos tres momentos semanales donde hayamos sentido ese estado de flujo, sin importar que el resultado sea un dibujo sin terminar o un mueble un poco maltrecho. El objetivo es coleccionar evidencias de vitalidad, no de rentabilidad.

Cada vez que nos sumergimos en una pasión personal, activamos circuitos que la obligación suele asfixiar. Esa fluidez característica de lo vocacional constituye una evidencia de un dominio técnico donde la fricción deja paso a la inventiva, para que florezca sin ataduras externas. Considerar que la ausencia de esfuerzo resta prestigio a un logro es una trampa de la percepción. La elegancia de lo sencillo es el trofeo de un cerebro saludable.

Al desvincular el éxito del beneficio financiero, rescatamos la esencia del ser. Este retiro espiritual, lejos de las exigencias del mercado, nutre una reserva de bienestar que blinda nuestra esencia frente a las crisis de confianza. Habitar ese ecosistema de calma y destreza es un acto de rebeldía contra la cuantificación constante de la existencia.

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