Por qué la muerte del Indio Solari conmueve a miles: la psicología detrás de una despedida histórica

La multitudinaria despedida del exlíder de Los Redondos expuso el valor de la identidad colectiva, la pertenencia y los vínculos emocionales que la música construye a lo largo de la vida.

Velorio del Indio Solari.
Velorio del Indio Solari.
Foto: Tomás Cuesta / AFP.

Empiezo por el final, terminaré en el principio… La fila parecía no terminar nunca. Un millón de personas avanzando despacio. Algunos cantaban. Otros lloraban, mientras bailaban. Muchos llevaban banderas. Había abrazos entre desconocidos. Reencuentros. Historias compartidas. Gente que había viajado cientos de kilómetros para estar ahí, aunque fuera por acercarse unos segundos. Aunque fuera apenas para decir gracias. Sin policías, solo voluntarios que guiaban el camino. No fue solamente una despedida. Fue una peregrinación.

Mientras las imágenes recorrían Argentina y Uruguay, resultaba evidente que lo que estaba ocurriendo excedía por completo la muerte de un músico. Miles de personas se movilizaron para despedir a Carlos “Indio” Solari, uno de los artistas más convocantes y míticos de la historia del rock argentino. Las filas se extendieron durante horas y la despedida pública reunió a una multitud pocas veces vista para el adiós a un referente cultural.

La pregunta que muchos intentan responder es sencilla: ¿por qué conmovió tanto?

Una posible explicación la da Teoría de la Identidad Social, una perspectiva que sostiene que las personas construimos parte de nuestra identidad a partir de los grupos a los que pertenecemos. No somos solamente individuos. También somos miembros de comunidades, tribus culturales, religiones, equipos, movimientos y colectivos que nos ayudan a responder una pregunta fundamental: quién soy, quién me ve y dónde encajo. Y vaya si ser “ricotero” era pertenecer, lo pudimos ver en cada persona que compartía su historia, que se quebró y que cuidó al otro.

Porque el Indio nunca fue solamente un cantante. Fue una identidad compartida. Para miles de personas, decir “soy ricotero” es mucho más que expresar un gusto musical. Es reconocerse en una forma de mirar el mundo. Es sentirse parte de algo más grande. Es encontrar una comunidad en una región que muchas veces expulsa, fragmenta y deja a muchos en los márgenes, invisibilizados.

Quizás por eso duele tanto. Cuando muere alguien que ayudó a construir identidad, se siente que se muere una parte de uno mismo.

Las letras del Indio nunca fueron fáciles. Nunca buscaron ser evidentes. Eran misteriosas, fragmentadas, poéticas. Cada uno encontraba algo distinto en ellas. Y justamente ahí residía parte de su potencia.

La psicología sabe que las personas no nos vinculamos únicamente con hechos objetivos. Nos vinculamos con significados. Y el Indio produjo significados durante décadas.

Sus canciones acompañaron adolescencias, amistades, amores, rupturas, rebeldías, viajes interminables en ruta, noches de incertidumbre y momentos de celebración. Funcionaron como una banda sonora de la vida emocional de varias generaciones, pudimos ver peregrinando abuelos, hijos y nietos.
Cuando una multitud canta una canción del Indio, no está solamente recordando una melodía. Está recordando quién era cuando la escuchó por primera vez y con quién estaba.

Despedida del Indio Solari.
Despedida del Indio Solari.
Foto: Tomás Cuesta/AFP.

La música es uno de los vehículos más poderosos de la memoria personal y colectiva.

Las canciones tienen la capacidad de almacenar emociones, contextos y recuerdos. Basta escuchar unos segundos de una melodía para volver a una época, a una persona o a una versión anterior de uno mismo.

Y si hay algo que construyó el Indio fue memoria colectiva, resiliencia, cohesión. También construyó comunidad, en esa comunidad no importaba de donde venían, eran todos iguales.

Los recitales ricoteros fueron durante años una experiencia difícil de explicar desde la lógica tradicional del espectáculo. Se parecían más a un ritual, a una religión. La “misa ricotera”.

Había símbolos compartidos, banderas, relatos, códigos. Había una narrativa común.

Había incluso una geografía emocional que llevaba a miles de personas a viajar durante horas para encontrarse con otros que sentían y vivían lo mismo.
Desde una mirada psicológica, muchos de los elementos que sostienen las religiones también estaban presentes allí: una figura central, rituales colectivos, canciones que funcionan como himnos, relatos transmitidos de generación en generación y un fuerte sentido de pertenencia.

El Indio transformó la música en una experiencia comunitaria. Construyó una especie de religión laica donde la fe estaba puesta en el encuentro. Y eso tiene un enorme valor psicológico.

Los seres humanos necesitamos pertenecer. La necesidad de pertenencia es tan importante para nuestra salud mental como la necesidad de sentirnos valorados o queridos. Cuando encontramos un grupo donde somos vistos, comprendidos y reconocidos, disminuye la sensación de soledad y aumenta el sentido de significado.

Indio Solari.
Indio Solari.
Foto: Luis Abdala / AFP.

Para muchas personas, el universo ricotero fue exactamente eso. Un lugar donde existir. Un espacio donde sentirse visto. Un refugio frente a un mundo que muchas veces parecía darles la espalda.

Por eso no resulta exagerado escuchar a quienes dicen que sienten esta pérdida como la muerte de un familiar.

Desde la psicología del duelo sabemos que el sufrimiento no depende únicamente del vínculo biológico. Depende del significado emocional. Y para muchos argentinos y uruguayos, el Indio formó parte de su historia afectiva. Estuvo presente en momentos decisivos de sus vidas. Los acompañó cuando nadie más podía hacerlo. Les prestó palabras para nombrar emociones que todavía no sabían explicar. Les dio una identidad compartida cuando no encontraban dónde encajar.

Tal vez por eso esta despedida conmueve incluso a quienes nunca fueron fanáticos. Porque seguro conocían a alguien que sí lo era, entonces es como si falleciera un familiar muy cercano de un gran amigo y una fibra te toca, inexorablemente. Un ídolo popular tan grande no pasa desapercibido.
Esta partida y este dolor revela algo profundamente humano. La necesidad de sentir que pertenecemos a algo. La necesidad de esas personas de construir un nosotros.

Y en tiempos cada vez más individualistas, donde abundan las conexiones digitales pero escasean los encuentros reales, la despedida del Indio nos recuerda la fuerza que tiene una comunidad cuando se reconoce a sí misma y se enorgullece de su líder. Compartir la tristeza es algo muy Rioplatense.

Carlos “Indio” Solari escribió poemas que hizo canciones. Pero también hizo algo mucho más difícil y noble. Le dio a miles de personas una historia común. Un lenguaje compartido. Un lugar donde encontrarse. Y cuando muere alguien que nos enseñó a pertenecer, no despedimos solamente a un artista. Despedimos una parte de la casa emocional que habitamos durante años.

Y por eso, mientras miles de voces siguen cantando sus canciones en las calles, el Indio continúa haciendo lo que hizo toda la vida: recordándonos que nadie debería atravesar el mundo completamente solo.

La psicología de las masas describe algo que las imágenes de estos días mostraron con claridad: El abrazo a un desconocido, el canto al unísono, las lágrimas compartidas y las banderas en alto funcionan como formas de regulación emocional grupal. La multitud no sólo fue a despedir al Indio; también fue a encontrarse consigo misma, a confirmar que aquello que sintió durante décadas no era una experiencia aislada, sino parte de una historia común.

Al final, en ese adiós, “la barbarie” le enseña a “la civilización” cómo se despide a quien se ama.

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