Crecer no siempre significa independizarse emocionalmente. Muchas personas llegan a la adultez con trabajo, pareja, hijos y decisiones propias, pero siguen reaccionando frente a su madre como si aun fuesen niños. No es casualidad ni debilidad: es vínculo. Y los vínculos primarios no caducan con la edad.
La relación con la madre es, para la mayoría, el primer lazo significativo. Allí aprendimos qué esperar del amor, cómo pedir ayuda, qué hacer con el enojo, con el silencio, con la culpa. Esa experiencia temprana deja huellas que luego se actualizan en la vida adulta, muchas veces sin que lo notemos.
Hay adultos que siguen buscando aprobación materna antes de tomar decisiones importantes. Otros viven con una sensación constante de deuda, como si nunca fuera suficiente lo que hacen. Algunos se sienten responsables del bienestar emocional de su madre, aun cuando eso implique postergarse. Y también están quienes, para diferenciarse, eligen irse al extremo opuesto: cortar, evitar, endurecerse. En todos los casos, la madre sigue estando psíquicamente presente.
No se trata de culpar a las madres. La mayoría hizo lo que pudo con las herramientas que tenía, en contextos históricos y culturales muy distintos a los actuales, lo que no implica que no haya dolido. Pero entender cómo fue ese vínculo es clave para comprendernos hoy. Una madre sobreprotectora puede haber criado adultos inseguros para decidir solos. Una madre emocionalmente distante puede haber dejado una búsqueda constante de afecto. Una madre invasiva puede haber dificultado la construcción de límites claros.
En consulta escucho con frecuencia frases como “ya soy adulto, esto no debería afectarme” o “no entiendo por qué todavía me duele”. Como si sentir fuera una falla de carácter. Pero el cerebro no funciona por decreto. Lo no elaborado insiste, se filtra, reaparece en forma de ansiedad, de culpa, de enojo mal dirigido o de relaciones repetidas.
La relación con la madre también influye en cómo nos hablamos a nosotros mismos. Muchas veces, la voz interna crítica o exigente tiene el tono de una voz conocida. Otras veces, la dificultad para registrar las propias necesidades tiene que ver con haber aprendido, desde chicos, a priorizar las de ella. Esto no significa quedar atrapados en el pasado, sino reconocer de dónde venimos para poder elegir distinto.
Revisar este vínculo no es faltarle el respeto a nadie. No es ser desagradecidos ni injustos. Es un acto de honestidad emocional. Implica animarse a ver luces y sombras, amor y dolor, cuidados y carencias. Y aceptar que pueden coexistir sin que una invalide a la otra.
En Argentina y Uruguay, donde el mandato de la madre abnegada y el hijo agradecido sigue siendo fuerte, cuestionar este lazo suele vivirse con culpa. Pero crecer emocionalmente también implica correrse de los mandatos. Entender que poner límites no es rechazar. Que diferenciarse no es abandonar. Que cuidar la propia salud mental no es un acto egoísta.
La terapia es un espacio privilegiado para trabajar estas dinámicas. Desde enfoques como la terapia cognitivo-conductual, la terapia de aceptación y compromiso o incluso EMDR, es posible revisar aprendizajes tempranos, resignificar experiencias y construir una relación interna más amable. No para romper vínculos, sino para transformarlos.
Ser adulto no es no necesitar a la madre. Es dejar de necesitar ser aprobado, salvado o autorizado por ella. Es poder mirarla como una persona, con límites y falencias, y mirarse a uno mismo con mayor compasión. A veces, el verdadero crecimiento no está en alejarse, sino en dejar de reaccionar como el niño que fuimos.
La relación con tu madre no termina en la infancia. Pero puede cambiar. Y cuando cambia, algo en vos también se ordena. Entender esto no resuelve todo, pero abre una puerta: la de vivir con más libertad emocional, incluso en los vínculos que más nos marcaron.
Muchas personas llegan a consulta por síntomas actuales sin asociarlos a este vínculo primario. Ataques de ansiedad, dificultad para poner límites, elecciones de pareja donde se repite la dinámica de exigencia o desvalorización, miedo intenso a decepcionar o una necesidad constante de demostrar. Nada de esto aparece de la nada. Son formas adultas de conflictos infantiles no resueltos.
La maternidad no es un rol neutro. Está atravesada por ideales, mandatos sociales y historias personales. Madres que debieron ser fuertes, que no pudieron registrar emociones, que fueron hijas antes de tiempo. Comprender esto no borra el impacto que tuvieron en nosotros, pero sí permite salir de lecturas simplistas donde alguien es completamente víctima y otro completamente responsable.
Muchas veces el enojo hacia la madre está tapado por culpa. Un enojo legítimo que no encontró lugar para expresarse y que, al no poder dirigirse hacia afuera, se vuelve contra uno mismo. La autoexigencia excesiva, la dificultad para descansar o el miedo a equivocarse suelen ser la consecuencia de ese enojo silenciado.
Trabajar la relación con la madre también implica revisar el concepto de amor aprendido. Para algunos, amar se volvió sinónimo de sacrificio. Para otros, de control. Para otros, de estar siempre disponibles. De adultos, repetir ese modelo genera vínculos desequilibrados, donde dar de más parece la única forma de no perder al otro.
Poder diferenciarse emocionalmente no significa romper el vínculo sino dejar de actuar desde la herida. Significa responder en lugar de reaccionar. Implica asumir que la madre real nunca va a ser la ideal, y que seguir esperando ese cambio mantiene abierta una herida que no cicatriza sola.
Aceptar los límites del otro duele. Pero insistir en que sea distinto duele más. El trabajo terapéutico apunta a elaborar ese duelo: el duelo por la madre que fue y por la que no pudo ser. Recién ahí aparece una posición más adulta, donde el cuidado de uno mismo deja de estar condicionado por la mirada materna.
Cuando este proceso se transita, algo se acomoda también en otros vínculos. Aparecen relaciones más simétricas, decisiones menos culposas y una mayor capacidad para escuchar las propias necesidades. Es trabajo emocional sostenido no magia.
La relación con tu madre seguirá siendo importante. Pero no tiene por qué ser determinante. Crecer también es animarse a revisar lo “sagrado”, a cuestionar lo incuestionable y a construir una identidad propia sin pedir permiso. Esa es, muchas veces, la forma más profunda de honrar tu historia.