Por qué argumentar importa más que nunca en la era de las redes, la inteligencia artificial y la polarización social

En un contexto dominado por algoritmos, discursos extremos y debates acelerados, recuperar la argumentación permite pensar con rigor, disentir sin violencia y fortalecer la democracia y los vínculos sociales.

Hombre le pide perdón a una mujer
Hombre le pide perdón a una mujer.
Foto: Freepik

Argumentar es construir puentes combinando la razón y la elocuencia, pero resulta válido preguntarse si sigue siendo una capacidad valorada en el siglo XXI. En la era de los algoritmos, las redes sociales y la polarización extrema, parece que la argumentación ha sido sustituida por los gritos o la cancelación. La paradoja es que nunca ha sido más necesaria.

Es el antídoto contra la "cámara de eco". Vivimos en burbujas digitales donde solo escuchamos lo que ya creemos. El arte de argumentar nos obliga a eludir el sesgo de confirmación, porque para construir un argumento sólido, debemos entender profundamente la postura contraria. Por otra parte, la argumentación fomenta el pensamiento crítico frente a la información prefabricada que consumimos.

Marca la transición de la fuerza a la influencia. En las organizaciones modernas (horizontales y colaborativas), se necesitan liderazgos persuasivos que ejerzan sus roles gracias a su capacidad de alinear visiones a través de razones compartidas. En una economía basada en el conocimiento, nuestra capacidad de prosperar depende de nuestra habilidad para explicar por qué nuestro proyecto, idea o servicio tiene valor.

Se contrapone al procesamiento de la inteligencia artificial. Hoy en día, nuestra capacidad de generar datos es infinita, pero la facultad de darles sentido y propósito sigue siendo humana.

Es vital para la salud de la democracia, porque este modelo de gobierno y organización social se basa en la deliberación, pero si dejamos de criticar las ideas y pasamos a atacar a las personas, el entramado de la comunidad se deteriora. Recuperar la argumentación es recuperar la capacidad de disentir sin destruir, y llegar a consensos mínimos en colectividades plurales.

El reto del siglo XXI es el cambio de escenario. Ya no solo argumentamos en una sala de debate o en un ensayo académico; ahora lo hacemos en hilos de 280 caracteres, videos de 60 segundos y reuniones de Zoom de 15 minutos. La dificultad que esto conlleva es la síntesis: cómo mantener el rigor lógico y la profundidad en formatos que premian la rapidez y el resumen.

Criticar y hablar mal de los demás, una costumbre muy extendida
Criticar y hablar mal de los demás, una costumbre muy extendida
Foto: Freepik

¿Qué es argumentar?

Argumentar es poner en práctica la razón para justificar una postura. El objetivo no debería ser ganar una discusión o tener la última palabra, sino desarrollar un proceso comunicativo en el que presentamos pruebas, razonamientos y evidencias con el fin de demostrar que una afirmación es verdadera, probable o preferible frente a otras.

Idealmente, es la herramienta con la que logramos que otra persona comprenda nuestra propia visión desde la suya.

Aunque en el lenguaje cotidiano utilizamos los vocablos opinión y argumento como sinónimos, la retórica los distingue.

Una opinión es una manifestación del gusto, la creencia o el sentimiento personal, no requiere pruebas porque nace de la subjetividad. Es una verdad para quien la dice, pero no necesariamente para los demás, y no tiene la obligación de ser demostrada.

Un argumento es una afirmación que busca validez universal o compartida y requiere sustento. Aquí ya no hablamos sólo de nosotros, sino de elementos externos y verificables.

¿Para qué argumentamos?

Cualquier esfuerzo argumentativo persigue una de estas dos metas (o ambas): convencer y persuadir.

Cuando hablamos de convencer apuntamos a la razón. Buscamos que nuestro interlocutor acepte nuestra conclusión mediante la lógica, los datos y la evidencia científica o fáctica. Es un proceso intelectual donde la meta es que el otro reconozca que tienes la verdad o la razón técnica.

Pero cuando deseamos persuadir, nuestro propósito es llegar a la voluntad y la emoción. No basta con que los demás acepten que tenemos razón; queremos que actúen o cambien su comportamiento. La persuasión apela a los valores, los deseos y los sentimientos para motivar un movimiento real en la otra persona.

Discusión pareja
Pareja discutiendo.
Foto: Freepik.

Elementos esenciales

Un buen argumento equilibra tres puntos:

· Quiénes somos nosotros y por qué somos dignos de confianza.
· La estructura del razonamiento, los datos y las pruebas.
· Conexión con los valores y sentimientos de la audiencia.

Pero luego, un argumento sólido debe contar con una estructura. Existen diversos modelos, pero uno de los más conocidos puede detallarse siguiendo un esquema de pretensión (afirmación central), bases (datos o hechos que sustentan esta afirmación), garantía (vínculo lógico entre los datos y la pretensión) y respaldo (documentación, estudios o autoridad que apoya la argumentación).

Y no hay que dejar de lado las capacidades cognitivas y emocionales que deben enmarcar y sostener cualquier argumentación. Para argüir bien, primero hay que entender al otro.

La escucha activa es una facultad de gran valor en cualquier debate y será de mucha utilidad a la hora de identificar los puntos de dolor o valores de la contraparte e interpretar la versión más fuerte del su argumento antes de refutarlo.

Cómo sortear las falacias lógicas

Si deseamos dominar el arte de argumentar debemos evitar algunos errores comunes que pueden invalidar nuestro discurso.

· Falacia ad hominem: radica en atacar la integridad o el carácter del interlocutor para desacreditar su postura, en lugar de refutar los puntos lógicos que propone.

· Hombre de paja: Este error reside en fabricar una versión caricaturizada o débil de la idea del oponente para facilitar su destrucción, evadiendo así el debate sobre el argumento real.

· Falsa dicotomía: Es una trampa lógica que plantea que solo existen dos caminos o soluciones extremas, ocultando deliberadamente la gama de opciones intermedias que podrían resolver el conflicto.

Pareja flores
Pareja enamorada se mira.
Foto: Freepik.

Consejos prácticos

Argumentar conlleva una responsabilidad y debemos diferenciar claramente entre la persuasión, que es un propósito honesto, y manipulación (que implica una maniobra engañosa).

Al mismo tiempo, debemos mantener presente el valor de la honestidad intelectual y admitir cuando otra persona o colectivo tiene razón en un punto específico.

Pongamos en práctica estos consejos de los especialistas para contar con este recurso en nuestra vida cotidiana:

· Preservemos la serenidad e impidamos que los impulsos emocionales nublen nuestra capacidad de razonar con claridad.

· Utilicemos analogías y metáforas para facilitar la comprensión de ideas abstractas al conectarlas con realidades familiares.

· Manejemos pausas estratégicas y silencios. Actúan como herramientas poderosas para subrayar la importancia de un mensaje.

A fin de cuentas, argumentar, no debería ser el arte de vencer al otro, sino la facultad de aportar una verdad a través de razonamientos compartidos.

Desafío

1. Descubre una palabra que puede designar una ciudad, un proyectil y una fruta.

2. Utiliza estas letras para formar dos palabras de seis letras.
A – B – M – O – R – T

3. Descubre las palabras que responden a las siguientes pistas. Todas contienen la letra Z y tienen cuatro letras.

· Décimo.
· Crucifijo.
· Bastante.
· Placer.
· Jugada.

Respuestas
1. Granada.
2. Tromba. Tambor.
3. Diez. Cruz. Asaz. Gozo. Baza.

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