Mujeres y salud mental después de los 40: menos estrógenos, más cortisol y mayor vulnerabilidad emocional

Desde los 40, el descenso de estrógenos y la alteración del cortisol pueden aumentar irritabilidad, insomnio y ansiedad. Claves para comprender la transición hormonal y cuidarse con enfoque integral.

Menopausia.jpg
La menopausia trae un montón de cambios consigo.
Foto: Freepik.

Hay un momento, muchas veces silencioso, en el que algo empieza a cambiar. Mujeres que siempre pudieron con todo comienzan a sentirse distintas. No más débiles, no menos capaces. Distintas. Duermen peor. Se irritan más. Lloran sin saber bien por qué. Se despiertan a las tres de la mañana con la mente acelerada, como si tuvieran una lista invisible de pendientes.

Y lo primero que aparece es: “debo estar exagerando”, “estoy muy sensible”, “es solo estrés”. Pero no siempre es eso, sino que hay algo más.

Biología del malestar

A partir de los 40 años, y con mayor claridad en la perimenopausia, comienza un descenso progresivo de los estrógenos. Esta baja no impacta solo en el ciclo menstrual o en la fertilidad. Los estrógenos cumplen un rol central en el cerebro: modulan neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y el GABA; participan en la regulación del sueño; protegen funciones cognitivas; amortiguan la respuesta al estrés. Cuando disminuyen, el sistema nervioso pierde parte de ese efecto regulador y la vulnerabilidad emocional aumenta.

En paralelo, el cortisol, la hormona que nos ayuda a responder ante situaciones demandantes, puede empezar a mantenerse elevado durante más tiempo del necesario. El problema no es el cortisol en sí, sino su cronicidad. Un organismo diseñado para activarse frente a una amenaza y luego volver al equilibrio queda atrapado en un estado de alerta sostenida. El cuerpo interpreta la vida cotidiana como si fuera una urgencia permanente.

¿Cómo se manifiesta esto en la vida diaria? Con señales que muchas veces se leen como “fallas personales”, cuando en realidad son indicadores fisiológicos claros:

- Insomnio repentino, especialmente despertares nocturnos con rumiación mental.
- Ansiedad que aparece sin un desencadenante evidente.
- Aumento de grasa abdominal aun sin cambios significativos en la alimentación.
- Niebla mental: dificultad para concentrarse, olvidos frecuentes, sensación de lentitud cognitiva.
- Cambios de humor inesperados.
- Cansancio extremo que no mejora con el descanso.
- Irritabilidad desproporcionada ante situaciones menores.
- Piel apagada, menos luminosa, como reflejo de procesos inflamatorios y hormonales. Nada de esto es imaginario. Es biología interactuando con contexto.

En Uruguay, como muestran los datos epidemiológicos en salud mental, la prevalencia de trastornos de ansiedad y depresión es mayor en mujeres que en varones. Y esta brecha se intensifica en momentos de transición hormonal. La perimenopausia constituye una ventana de mayor sensibilidad neurobiológica. No significa que todas desarrollarán un trastorno, pero sí que existe mayor susceptibilidad cuando confluyen factores hormonales, estrés crónico y exigencias vitales acumuladas.

Mujer menopausia
Cómo transitar los "calores de la menopausia".
Foto: Freepik

Y aquí aparece otro punto clave: la carga mental. A los cambios biológicos se suman demandas múltiples. Muchas atraviesan simultáneamente exigencias laborales, crianza de hijos adolescentes o jóvenes adultos, cuidado de padres que envejecen y replanteos identitarios profundos. Es una etapa de revisión interna mientras la agenda externa no se detiene. El cuerpo cambia mientras la responsabilidad sigue intacta.

El sistema nervioso, exigido por dentro y por fuera, responde como puede.

Comprender para cuidar

Comprender este proceso transforma la experiencia. Cuando una mujer entiende que su irritabilidad no es un defecto moral sino un sistema nervioso hiperactivado y un sistema hormonal cambiante, disminuye la autocrítica y aumenta la posibilidad de intervención. Nombrar lo que sucede ya es parte del tratamiento.

El abordaje debe ser integral. Evaluación ginecológica y endocrinológica para analizar el estado hormonal. Consulta en salud mental para detectar síntomas de ansiedad o depresión que requieran tratamiento. En nuestro medio existen profesionales formados en enfoques interdisciplinarios que integran cuerpo y mente sin fragmentar la experiencia.

En ese marco, algunos suplementos pueden colaborar como parte de una estrategia más amplia y siempre bajo supervisión profesional. El magnesio participa en más de 300 reacciones bioquímicas y contribuye a la relajación muscular y neuronal; puede favorecer la calidad del sueño y disminuir la hiperreactividad al estrés. La vitamina C interviene en la modulación del cortisol y en procesos antioxidantes que protegen al organismo del impacto del estrés crónico. El complejo B es clave para el metabolismo energético y la síntesis de neurotransmisores; su déficit puede potenciar síntomas de fatiga, irritabilidad y bajo estado de ánimo.

No se trata de soluciones mágicas ni de reemplazar psicoterapia o tratamiento médico por cápsulas o suplementos. Se trata de sumar herramientas a un plan personalizado.

Mujer estresada.jpeg
Mujer estresada se agarra la cabeza.
Canva

La evidencia también respalda intervenciones no farmacológicas de alto impacto: entrenamiento de fuerza para mejorar masa muscular y sensibilidad metabólica; exposición a luz natural por la mañana para regular ritmos circadianos; higiene del sueño estricta; reducción del consumo de alcohol; prácticas de respiración diafragmática o mindfulness para modular la respuesta autonómica; psicoterapia para trabajar pensamientos catastróficos y autoexigencia.

Hay algo que necesitamos decir con claridad: normalizar el agotamiento permanente no es madurez, es desconexión. No es esperable vivir con ansiedad constante ni resignarse a dormir mal durante años. Tampoco es inevitable sentirse ajena al propio cuerpo.

Después de los 40 no empieza un declive; empieza una transición. Y toda transición requiere información, acompañamiento y decisiones conscientes. Escuchar el cuerpo no es debilidad, es inteligencia biológica. Nombrar el cortisol y los estrógenos no es medicalizar la vida, es comprenderla en su complejidad.

Quizás el mayor cambio de esta etapa sea narrativo: dejar de pensar que “esto me pasa porque no puedo más” y empezar a decir “esto me pasa porque mi cuerpo está cambiando y necesito cuidarlo de otra manera”.

La salud mental en mujeres adultas no puede analizarse sin considerar el eje hormonal. Integrar ambas dimensiones es un acto de respeto hacia nuestra experiencia. Y también una forma de recuperar la potencia de una etapa que, bien acompañada, puede ser profundamente lúcida. Porque el bienestar no es patrimonio de la juventud. Es un derecho que nos pertenece a cualquier edad.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

menopausia

Te puede interesar