Hubo una época en que un hombro desnudo, o una media que bajaba despacio por la pierna, alcanzaban para encender la imaginación. Hoy los pibes tienen a un dedo de distancia eso que hace no tantos años apenas se adivinaba entre el ruido blanco y las rayas de un canal codificado, de esos que te obligaban a completar con la cabeza lo que la pantalla escondía. El detalle es que la generación con más contenido sexual al alcance de toda la historia tiene menos sexo que sus viejos.
Los números, aburridos pero honestos, lo confirman. En Estados Unidos, según un análisis del Institute for Family Studies sobre la Encuesta Social General (la General Social Survey de la Universidad de Chicago), el sexo semanal entre los adultos de 18 a 64 años cayó del 55% en 1990 al 37% en 2024. Entre los de 18 a 29, los que no tuvieron sexo en el último año pasaron del 12% al 24% desde 2010. Kate Julian lo bautizó "recesión sexual" en una nota de The Atlantic, allá por 2018, y el nombre quedó.
Conviene frenar un segundo antes de salir a buscar un único culpable. Los mismos investigadores apuntan a causas que poco tienen de psicológicas: los jóvenes que conviven en pareja cayeron del 42% al 32% entre 2014 y 2024, y el tiempo que una persona le dedica a socializar se derrumbó de casi 13 horas semanales en 2010 a poco más de 5 en 2024. Sumale a eso un contexto económico que retrasó la emancipación. El porno es un sospechoso, pero no el único, y yo desconfío de las explicaciones que vienen tan a mano, como esa de que el porno reemplazó al encuentro íntimo: uno descarga el impulso y se ahorra salir a buscar a nadie, total ya está.
En los adultos, algunos estudios apuntan a esa sustitución: menos encuentros y más masturbación. Entre los jóvenes el cuadro es otro. No cambiaron el sexo de a dos por el sexo a solas: lo que se enfrió fue el deseo de casi todo, el del cuerpo ajeno y el del propio. Lo digo como lectura mía y no como dato de encuesta: una época que te sirve un estímulo nuevo cada tres segundos te anestesia antes de que el deseo llegue a arrancar.
Si el sexo se enfrió fue primero por todo esto: menos parejas, menos encuentros, bolsillos que no alcanzan para irse de casa. El porno no vació la pieza, la encontró vacía y se quedó. Cuánto sexo hay ya lo contestamos. Falta lo otro, qué clase de sexo aprenden los pocos que todavía lo tienen.
Para muchos pibes el porno es la primera clase de sexo que reciben, y a veces la única. En Uruguay, una investigación de la Udelar firmada por Pablo López y Natalia Silvera ubica el inicio del consumo cerca de los doce años, cuando una década atrás los estudios internacionales lo situaban cerca de los diecisiete. El sociólogo español Lluís Ballester calcula que uno de cada cuatro chicos llega a los veinte con más de mil horas de porno encima. Mil horas: media tecnicatura, o un idioma aprendido.
La pornografía -y las redes sociales- es pura representación: imágenes, gemidos, simulaciones, cuerpos con filtro y maquillaje. A un deseo ya tibio, esa representación le ahorra el trabajo de imaginar, que es justo donde el deseo se prende: en lo que todavía no está y por eso se sale a buscar. Si no falta nada, si las imágenes ajenas se toman prestadas sin tamizar, al pibe le queda un deseo masticado por otro, sin nada suyo adentro. ¿Qué desea, en una época que lo muestra todo, el que ya no tuvo que imaginar nada?
Cuando los adultos se borran, el porno se vuelve el único maestro, y enseña a medias: muestra los cuerpos y se guarda las palabras. Es coreografía sin guion, escenas que no explican nada. Hay chicos que dominan un repertorio de posturas y, a la hora de la verdad, no les sale un "esto no me gusta" o un "me asusta". La investigadora Debby Herbenick, de la Universidad de Indiana, documentó cómo prácticas antes raras, la asfixia entre ellas, llegan a la cama copiadas de la pantalla y sin que nadie pregunte nada: en sus encuestas a estudiantes, casi dos de cada tres mujeres dicen haber sido estranguladas alguna vez al tener sexo. El porno encuentra ese hueco y sobre el silencio monta la escena. Los pibes llegan a la primera vez con un manual de imágenes y nada propio. ¿Cómo van a pedir lo que nunca aprendieron a nombrar, o a frenar lo que no quieren si creen que negarse arruina la "película"?
Se pierde algo más, y es condición de lo sexual: la intimidad, el resto que queda sin mostrar. El sexo fue siempre un asunto de puertas cerradas. La generación de los padres tuvo diarios bajo llave y cartas que se quemaban para proteger un secreto. Los hijos tienen stories, vivos y capturas de pantalla, y todo se cuenta y se exhibe. Si nada queda en reserva, poco puede pasar en un cuarto cerrado que no se haya posteado antes. El sexo pasa a ser anécdota, una hazaña para el grupo de amigos. No idealizo el secreto, que muchas veces fue pura represión sin amor adentro; lo que digo es que sin un resto guardado el deseo se queda sin combustible.
Nada de esto pide volver al pudor victoriano ni tapar nada por moralina. Que los pibes debuten más tarde o tengan menos sexo, allá ellos, no es ninguna catástrofe. Lo que sí me preocupa es que esa sexualidad se haya olvidado de lo amoroso, eso de aprender a esperar, a sugerir, a bancarse que el otro desee algo distinto de lo que uno desea. Educar la sexualidad, hoy, es enseñar a imaginar, defender el hombro desnudo en una época que impone el cuerpo entero. Si nadie enseña, los pibes aprenden lo único que está al alcance del clic: que el deseo se descarga y listo.