Redacción El País
Cuando pasan Papá Noel y los Reyes Magos, no solo se apagan las luces del arbolito. Para muchos niños comienza un tiempo menos visible, pero emocionalmente intenso: ya no hay sorpresas inmediatas ni promesas de algo nuevo. Aparecen entonces preguntas difíciles de responder: ¿por qué no hay más regalos?, ¿cuándo vuelve a pasar?, ¿por qué tengo que cuidar esto si después habrá otro?
Lejos de ser un detalle menor, ese “después” es un momento clave del desarrollo emocional. Allí se juegan aprendizajes fundamentales: tolerar la espera, valorar lo propio y manejar la frustración, en una cultura que empuja en sentido contrario.
El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott advertía que el exceso de gratificación inmediata debilita la capacidad de desear y de simbolizar. En Realidad y juego señalaba que el niño necesita espacios sin estímulos constantes para desarrollar creatividad y autonomía emocional. Traducido al presente: cuando todo llega rápido y en abundancia, cuesta aprender a cuidar y a esperar.
En la misma línea, el sociólogo Zygmunt Bauman describió cómo la lógica del consumo promueve objetos descartables, pensados para ser reemplazados más que conservados. Los niños crecen inmersos en ese mensaje: lo nuevo vale más que lo cuidado. El desafío adulto es ofrecer un contrapeso.
Cuidar también es aprender a vincularse
Hablar del cuidado de los regalos no debería reducirse al precio o a la imposibilidad de comprar otros. La psicopedagoga Alicia Fernández sostiene que la relación con los objetos es una antesala de la relación con los otros: cuidar implica reconocer valor, límite y responsabilidad.
Ordenar los juguetes, elegir cuáles usar, guardar algunos para más adelante no es solo una tarea práctica, sino una forma concreta de enseñar autorregulación y sentido.
Cuando ya no hay regalos, aparece la frustración
Tras semanas de expectativas y listas, el “ya pasó” puede traducirse en irritabilidad o aburrimiento. El neuropsiquiatra Daniel Siegel explica que el cerebro infantil necesita aprender a atravesar frustraciones moderadas para fortalecerse. Evitar todo malestar no calma: debilita.
Nombrar lo que sucede —decir que ahora no habrá regalos hasta el cumpleaños—, validar la bronca o la tristeza y ofrecer alternativas no materiales permite que el niño transite la espera sin sentirse abandonado.
Menos consumo, más elaboración
Como recuerda el pedagogo Francesco Tonucci, los niños no necesitan más cosas, sino más experiencias con sentido. Enseñar a cuidar, a esperar y a no recibir siempre algo nuevo no es quitar, sino formar.
Tal vez el aprendizaje más valioso después de las fiestas sea ese: entender que no todo llega ya, que no todo se reemplaza y que lo que se cuida, también se quiere.
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