Tanto el padre como la madre aman a sus hijos, se ocupan de ellos, pero se vinculan con su descendencia en forma distinta. Esto no significa mejor ni peor y es importante saber que ambas formas de relacionamiento son necesarias para la salud mental del niño.
Supongamos que un niño de seis años está comiendo en la mesa con sus padres y se le cae una cuchara. La madre corre a levantarla, lavarla o cambiarla por otra limpia. En cambio, el padre le dice a su hijo que la levante y la cambie por otra. El padre lo alienta a realizar una acción que el pequeño puede realizar mientras que la madre tiende a hacer las tareas que el pequeño puede resolver por sí solo.
Hablamos entonces de función paterna y materna. En lo hechos observamos familias monoparentales donde un adulto cumple ambas funciones y los niños maduran adecuadamente.
Función paterna
Este es un rol crucial que introduce al niño a la realidad, la cultura y la ley, actuando como una persona que media y limita la relación madre-hijo, facilitando su autonomía y desarrollo psicológico. Trasciende al padre biológico pudiendo ser ejercida por cualquier figura (abuelo, maestro o incluso una institución).
Es el establecimiento de límites, la transmisión de normas y la introducción de un amor condicional que enseña al niño a orientarse en el mundo social.
Los psicólogos la denominamos energía de corte, de separación, de fijar límites para facilitar la independencia, y poder llegar a la madurez necesaria para adaptarse al mundo.
Los padres construyen un puente entre el hijo y el ambiente que lo rodea. Por eso es de suma importancia que el padre se involucre en el largo —y a veces desbordante— proceso de educar a un hijo. Su rol es muy importante, brinda señales claras de lo permitido y lo prohibido.
El gran desafío para los padres es demostrar afecto, cariño y tener conductas compasivas hacia sus hijos.
Función materna
Diferente a la anterior, esta es la capacidad de ofrecer al hijo sostén físico y emocional, dándose cuenta de sus necesidades y proporcionando un entorno seguro. Es ejercida por cualquier cuidador que cumpla estos roles esenciales de amor incondicional y nutrición afectiva.
El peligro frecuente en el ejercicio de la función materna es la sobreprotección, que se traduce en el realizar tareas por el niño cuando puede hacerlas por sí mismo. Otro punto a tener en cuenta es que cuando un hijo presenta cierta dificultad la madre tiende no solo a sobreprotegerlo, sino también apegarse emocionalmente. Esto significa que vive ocupada todo el tiempo en lo que le sucede o pueda sucederle al pequeño.
El gran desafío para la madre —o la persona que cumpla la función materna— es fijar y sostener límites con firmeza sin culpa, aprender a soltar emocionalmente las preocupaciones acerca de sus hijos. Esto requiere desarrollar la confianza tanto en los grandes como en los chicos.
Las madres son las que crean un puente entre los hijos y los padres. Esto se ve en las separaciones y divorcios, cuando la madre no promueve el vínculo, el padre se aleja de su descendencia. Para eso es necesario sentir que el hijo no es una posesión de la mamá, es un ser distinto, y con el transcurso del tiempo independiente de ella.
El tema es cuando existen límites sin expresión de amor, o éste último sin límites. En el primer caso el niño puede crecer con dificultad de expresar sentimientos, en el segundo puede sentirse no querido pues la falta de límites obnubila el amor.
Día a día
En el consultorio psicológico es usual que los hijos aleguen que sus padres no les prestan atención, no los escuchan y se sienten abandonados por ellos. En cambio, se quejan que sus madres los controlan y están todo el tiempo atrás de ellos.
Es importante tener claro cuáles son las funciones de la madre y del padre para llegar a acuerdos entre la pareja para afrontar, aceptar y respetar las distintas formas de vinculación con su descendencia en el seno familiar.
Ambas funciones o roles deben de ser integradas en la vida diaria. Para eso el adulto tiene que darse cuenta cuando un hijo necesita límites, expresión de amor o ambas.
Es muy nociva la desvalorización tanto del rol del padre como el de la madre. La salida a esta diferencia es poder incluir ambas funciones, aunque recaiga sobre la misma persona: límites con amor para que el hijo se sienta querido, protegido y seguro. Muchas parejas comienzan a discutir y pelearse por divergencia sobre la forma de educar a sus hijos.
Los niños se dan cuenta de las diferencias en el vínculo y se comportan en forma distinta con el padre y la madre, saben que determinada conducta puede causar reacciones distintas en los adultos.