En el último tiempo recibo cada vez más consultas de mujeres que se acercan manifestando casi lo mismo: que antes tenían “más ganas” a la hora de buscar un encuentro íntimo con su pareja, que, aunque aseguran amarlos, “ya no pasa lo mismo que antes” y que quisieran conectar, pero no pueden. Llegan cansadas, con la sensación de estar atentas a demandas externas, excepto a lo que necesitan ellas mismas. Y no es falta de amor hacia sus parejas.
A todas estas mujeres les cuesta estar presentes. Es entendible: vivimos en una época donde pareciera que tenemos que estar disponibles para trabajar, responder mensajes, criar hijos, sostener vínculos, organizar la casa, resolver problemas y además sentirnos bien. Corremos todo el tiempo, y en medio de esa carrera dejamos algo importante detrás: habitarnos.
Nos volvemos expertas en anticiparnos y revisar mentalmente listas interminables de pendientes, pero olvidamos que el erotismo tiene una característica muy particular y es que solo sucede cuando estamos presentes. El deseo no aparece mientras estamos pensando en la lista del supermercado. Necesita presencia.
En paralelo, aparece un fenómeno asociado que también es cada vez más habitual: la ansiedad. No siempre llega como una crisis o una sensación intensa de angustia. Muchas veces aparece de formas más silenciosas, con pensamientos repetitivos que no logran frenar, dificultad para relajarse y sensación de estar resolviendo cosas incluso cuando el día ya terminó.
Nuestro cerebro tiene un sistema muy inteligente y, cuando percibe amenaza o sobrecarga, prioriza sobrevivir antes que disfrutar. Aunque no exista un peligro físico real, el estrés sostenido, la carga mental y la ansiedad pueden activar ese mismo mecanismo. Así, el cuerpo entra en “modo alerta”, dejando al erotismo entre las últimas posiciones de la lista de prioridades.
Por eso, llegan mujeres a consulta creyendo que hay algo mal en ellas, cuando en realidad muchas veces no se trata de una falla del deseo, sino de un cuerpo agotado intentando pedir una pausa.
Recuerdo un caso que en consulta dijo: “Pensé que tenía un problema hormonal porque hacía meses que no sentía nada”. Empezamos a hablar y aparecieron otras cosas: dormía poco, trabajaba muchas horas, cargaba con responsabilidades familiares y sentía que nunca llegaba a cumplir con todo.
Entonces le hice una pregunta simple: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para vos?”. Se quedó pensando. No lo recordaba.
Muchas veces creemos que recuperar el deseo implica buscar algo afuera, cuando a veces el primer paso es volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Porque el erotismo no empieza en una habitación, sino mucho antes, cuando volvemos a registrar nuestro cuerpo y dejamos de tratarnos como una máquina de productividad; cuando nos permitimos descansar sin culpa, sentir, jugar, aburrirnos un poco o, simplemente, estar presentes.
Quizás una de las preguntas más importantes ya no se enfoque en “qué me pasa que no tengo ganas”, sino en “cómo estoy viviendo mi presente”. Porque tal vez el deseo no desapareció; tal vez solo está esperando volver a encontrar espacio para aparecer.