Empezaron las clases y algunos niños lloran al separarse de sus padres, ¿qué significa y cuándo prestar atención?

Detrás del llanto en la puerta del jardín puede haber miedo, ansiedad o inseguridad en el vínculo de apego. Claves para entender qué le pasa al niño y cómo ayudarlo a atravesar la separación.

Niño llorando
Niño llorando
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El inicio del año escolar suele traer escenas conocidas en las puertas de los jardines de infantes: niños que lloran, se aferran a sus padres o gritan porque no quieren quedarse en la institución educativa.

Detrás de estas reacciones hay un proceso emocional profundo vinculado al apego y al modo en que cada niño vive la separación de sus figuras de cuidado.

¿Por qué lloran?

Muchos pequeños lloran porque sienten miedo a la separación. Temen que sus padres se vayan y no regresen a buscarlos.

Cuando el apego con sus progenitores es seguro, con el correr de los minutos el niño logra calmarse. Poco a poco comienza a interesarse por las actividades que propone la maestra y por el contacto con otros niños. Con el paso de los días, el llanto disminuye porque el pequeño comprueba que sus padres efectivamente vuelven a buscarlo al final de la jornada.

Cuando pasan los días y todo sigue igual

En algunos casos, sin embargo, pasan los días o incluso las semanas y la reacción de angustia se mantiene con la misma intensidad.

Esto suele ocurrir cuando el apego es inseguro ambivalente. En estas situaciones el niño no logra confiar plenamente en que sus padres regresarán. La separación despierta un nivel muy elevado de ansiedad, con gran inestabilidad emocional y escaso autocontrol para gestionar ese momento.

Esta angustia puede dificultar su adaptación a la institución educativa: le cuesta socializar, concentrarse o disfrutar de las actividades que se le proponen.

Existe también otro tipo de apego inseguro: el evitativo. Estos niños, por lo general, no lloran ni muestran una angustia visible ante la separación. Parecen tranquilos, pero en realidad han aprendido a desconectarse de sus emociones y a mostrarse autosuficientes.

Muchas veces evitan la proximidad física cuando sus padres regresan a buscarlos.

En cambio, cuando el apego es seguro, el niño suele expresar alegría al reencontrarse con el adulto que lo fue a buscar, corriendo hacia él o buscando el contacto afectivo.

Niño llorando
Niño llorando
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Señales a las que conviene prestar atención

Es importante que los padres observen cómo se dan tanto el momento de la separación como el del reencuentro.

Si con el paso de los días la intensidad y la duración de los episodios de llanto y gritos no disminuyen, puede indicar que el nivel de angustia del niño es muy alto. En esos casos, los adultos necesitan ayudarlo a calmarse para que luego pueda aprender a autorregularse en su ausencia.

Hay dos señales que funcionan como “luces amarillas” en el desarrollo emocional:

  • el niño con apego inseguro ambivalente que no logra calmarse ante la separación;
  • el niño con apego evitativo que se muestra indiferente cuando el adulto se va.

Qué hacer frente a la separación

Cuando un niño llora al momento de la despedida, la clave es que los adultos mantengan la calma. Las despedidas deben ser breves, claras y cariñosas. Nunca conviene irse sin avisar.

También es importante validar sus emociones. El niño necesita sentir que su miedo a la separación es comprendido. Si los padres logran transmitir tranquilidad, el pequeño sentirá mayor seguridad.

Una frase simple y repetida puede ayudar mucho: “Mamá o papá se van y luego vuelven a buscarte. Siempre regresamos”.

El niño necesita percibir el amor y la seguridad de sus padres, no su desesperación o su apuro por llegar al trabajo.

Niña llorando
Niña llorando
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Estrategias que no ayudan

En momentos de tensión, algunos padres intentan calmar a sus hijos prometiéndoles recompensas: “Si dejás de llorar te compro algo” o “te llevo a tal lugar que te gusta”.

Este tipo de mensajes tiene un efecto educativo negativo, porque el niño aprende que debe recibir algo a cambio de su conducta.

Tampoco es recomendable recurrir a amenazas, como quitarle algo que le gusta si no deja de llorar. Ni el soborno ni la amenaza son estrategias que fortalezcan al niño en un momento de estrés. La seguridad emocional se construye de otra manera: con calma, con presencia afectiva y con palabras de amor que transmitan confianza.

Cuando el niño siente que sus padres estarán allí para él, puede atravesar la separación con mayor tranquilidad y comenzar a descubrir el jardín o la escuela como un nuevo espacio para aprender, jugar y crecer.

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