El poder de las palabras, ¿cómo nombrar las emociones ayuda a comprender lo que sentimos y a gestionarlo?

Poner en palabras lo que nos pasa puede reducir la incertidumbre, ordenar el mundo interior y mejorar los vínculos, aunque identificar una emoción no siempre alcanza para comprenderla.

Conversación.jpg
"Te voy a dar un consejo" no es la mejor manera de ayudar a alguien.
Foto: Unsplash.

Los seres humanos tenemos una especial inclinación por ponerle nombre a todo: objetos, lugares, comportamientos, emociones. Podríamos preguntarnos si esto se debe a que necesitamos referencias claras, si es para asegurarnos de que todos compartimos la misma información, o si deseamos confirmar que todos hablamos de lo mismo.

También puede suceder que, al nombrarlas, experimentamos una falsa sensación de propiedad y control sobre cada cosa conocida, creyendo que el mero hecho de etiquetarla disipa todo su misterio.

Nuestro cerebro organiza la realidad

Poner nombre a lo que conforma nuestro entorno y a lo que sucede en nuestro mundo interior es un acto de autorregulación y gestión cognitiva. Nuestro cerebro transforma el caos sensorial y afectivo en un sistema estructurado de conocimiento.

Constantemente nos vemos bombardeados con estímulos fragmentados: luces, sonidos, matices emocionales, impulsos fisiológicos. Nuestro control inhibitorio interviene para etiquetar un elemento —sea una mesa, un tipo de bosque o la punzada de los celos— de modo que nuestra mente debe suprimir temporalmente las distracciones irrelevantes y aislar los rasgos esenciales de ese fenómeno. Nombrar exige que pausemos el flujo del entorno para recortar un fragmento de la realidad y ponerle un límite claro.

Por otro lado, para categorizar algo no basta con mirarlo o sentirlo; debemos sostener esa información en la mente mientras la comparamos con nuestro marco de referencias previas. Aquí se pone en funcionamiento la memoria de trabajo. Al identificar un objeto no familiar, sostenemos sus características visuales y estructurales mientras rastreamos en nuestro almacén conceptual a qué categoría pertenece. Cuando se trata de conocernos a nosotros mismos, ponemos atención a una sensación física y la cotejamos con experiencias pasadas hasta determinar, por ejemplo, si se trata de ansiedad, entusiasmo o miedo. Mantener el foco en la vivencia, comparar y clasificar en tiempo real implica un despliegue de la capacidad operativa de nuestra memoria de trabajo.

Las categorías no son cajones estáticos. Nuestra flexibilidad cognitiva nos permite ajustar las etiquetas a medida que la realidad se vuelve más compleja o cuando obtenemos nueva información: a medida que nos volvemos más competentes en cierta área del conocimiento podemos reorganizar lo sabido definiendo subcategorías. Cuando hablamos del plano emocional, podemos salir de un binarismo rígido apreciando y señalando matices, adaptando nuestros esquemas conceptuales a contextos cambiantes.

Cuando sobreviene una emoción intensa, nuestro cerebro activa señales inhibitorias que nos permiten realizar el esfuerzo consciente de identificarla. Al nombrarla, interrumpimos la respuesta automática e impulsiva. Le damos una estructura conceptual a lo informe, permitiéndonos pasar de padecer la emoción a observarla y gestionarla.

Nombrar y categorizar no es solo un ejercicio contemplativo; es la base de la planificación. Al nombrar un estado interno como agotamiento mental, el cerebro puede proyectar una secuencia de decisiones orientadas a un objetivo: pausar, cambiar de entorno, postergar una tarea. Al categorizar los elementos de nuestro entorno según su función o prioridad, establecemos mapas de acción eficientes, determinando qué requiere atención inmediata y qué puede ser ignorado.

Emociones
Mujer dibuja cara triste y cara feliz.
Foto: Freepik.

Nombrar para conocernos

Nombrar lo que experimentamos nos lleva a explorar ese punto exacto en el que somos conscientes de una vivencia y cómo nos sentimos respecto a ella.

Cuando experimentamos un estado emocional complejo, la primera reacción suele ser una turbulencia difusa. Nos sentimos mal, raros o desbordados. En ese estado amorfo, podemos percibir que dicha emoción es una amenaza que carece de bordes. Ponerle un nombre preciso a lo que sentimos transforma ese monstruo gigante e indefinido en una realidad delimitada. La precisión lingüística reduce la incertidumbre interna y, con ello, la intensidad de nuestra respuesta de alarma.

Más allá de lo anterior, tenemos que señalar que existe una paradoja profunda en el acto de nombrar. Cuando bautizamos cambia nuestro vínculo con la experiencia, pero no elimina la emoción ni resuelve el problema de fondo.

Nombrar nos otorga una dosis de soberanía subjetiva:

  • Las palabras que utilizamos como etiquetas crean un pequeño espacio entre nosotros y todo aquello que podemos observar y nombrar.
  • Nuestra mente humana le teme a lo anónimo. Mediante la asignación de una categoría al dolor, la nostalgia o el desencanto calmamos la sensación de desamparo frente a lo desconocido.

Nombrar nuestra experiencia emocional ordena nuestro espacio privado y convalida nuestra existencia frente al mundo:

  • Cuando aceptamos y nombramos una emoción estamos dando el primer paso para mirarnos con amabilidad y compasión. Lo que nombramos existe y tiene derecho a ser atendido.
  • Le ponemos nombre a las cosas para asegurarnos de que hablamos de lo mismo. Al nombrar lo que sentimos ante otra persona, construimos puentes de empatía y abrimos la posibilidad de ser comprendidos y sostenidos.

El impacto emocional de nombrar no es exclusivamente neutro o positivo; también guarda sus sombras. Al etiquetar lo que sentimos, corremos el riesgo de cristalizar el estado afectivo. Las emociones son dinámicas, fluidas y cambiantes por naturaleza. Sin embargo, si les ponemos un nombre rígido, a menudo caemos en la trampa de creernos dueños del fenómeno y dar por concluida la exploración. Creer que por saber cómo se llama un dolor ya lo hemos digerido todo es confundir el rótulo del frasco con su contenido. Nuestro verdadero desafío emocional consiste en nombrar para comprender, sin permitir que la etiqueta enmascare el misterio ni detenga el flujo continuo de nuestro sentir.

Cartas juegos amigos
Amigos se reúnen a jugar a las cartas.
Foto: Magnific.

Para tener en cuenta

  • Le ponemos nombre a todo no sólo para comunicarnos, sino porque nombrar es el mecanismo mediante el que ordenamos el caos para poder intervenir sobre él. Los rótulos son recursos que transforman una vivencia confusa en un objeto de conocimiento manejable.
  • El lenguaje acude en nuestro rescate cuando nombramos lo que sentimos frente a una vivencia. Utilizamos las palabras para trazar los límites de la emoción, para pasar de padecer un desborde incalculable a sentir una mayor templanza, compasión y lucidez.
  • Etiquetar lo que nos rodea y lo que sentimos activa nuestras funciones ejecutivas y nos otorga una valiosa sensación de control y mapa compartido; sin embargo, conocer el nombre de una cosa no disipa la necesidad de seguir explorándola.

¿Encontraste un error?

Reportar
Temas relacionados
entrenamiento cognitivo
Te puede interesar