Hay personas que parecen conservar la serenidad cuando todo a su alrededor se desordena. Mientras otros levantan la voz, se impacientan o reaccionan impulsivamente, ellas escuchan, esperan y responden con tranquilidad. Pero esa capacidad no significa necesariamente que tengan menos problemas o preocupaciones. Según especialistas en psicología, la diferencia está en la manera en que procesan lo que ocurre y regulan sus propias emociones.
Una de las características asociadas con las personas serenas es una buena capacidad de inteligencia emocional. Se trata de la habilidad para reconocer y comprender las propias emociones, pero también para identificar lo que sienten los demás y actuar de una manera adecuada frente a esas emociones.
En este proceso, la escucha activa cumple un papel fundamental. El psicólogo Bristol Bruce Hood, catedrático de Psicología del Desarrollo de la Universidad de Bristol, sostiene que escuchar implica prestar verdadera atención a lo que la otra persona está diciendo, en lugar de concentrarse exclusivamente en preparar una respuesta.
No significa permanecer en silencio durante toda una conversación, sino permitir que el otro pueda expresar lo que siente sin ser interrumpido constantemente. Cuando una persona percibe que está siendo escuchada y comprendida, puede disminuir parte de la tensión que experimenta. Esa dinámica ayuda a explicar por qué algunas personas parecen transmitir tranquilidad incluso sin decir demasiado.
Aunque pueda parecer que algunas personas nacen con un temperamento particularmente sereno, la capacidad de mantener la calma también puede desarrollarse con la experiencia. Aprender a tolerar el malestar, atravesar situaciones difíciles y evitar respuestas impulsivas requiere práctica. Con el tiempo, esa exposición puede ayudar a desarrollar una mayor capacidad para desenvolverse en escenarios de presión.
Las personas que consiguen mantener cierta estabilidad emocional en contextos caóticos también pueden disponer de más espacio mental para analizar una situación antes de actuar. En lugar de responder automáticamente, tienen la posibilidad de evaluar alternativas y elegir cuál consideran más conveniente.
La paciencia está estrechamente relacionada con esta capacidad. Esperar, aceptar contratiempos y tolerar momentos de incertidumbre sin reaccionar de inmediato son comportamientos que favorecen la regulación emocional.
La tranquilidad no significa ausencia de emociones. Una persona calmada puede sentir ansiedad, enojo o miedo, pero tiene mayores recursos para manejar esas respuestas. Entre las características asociadas con una buena regulación emocional se encuentran:
- Mayor control de la ansiedad: las emociones intensas no necesariamente determinan la conducta.
- Distancia frente a los problemas: permite observar lo que sucede sin quedar completamente absorbido por la situación.
- Mayor estabilidad emocional: facilita atravesar momentos difíciles sin reaccionar impulsivamente.
- Capacidad para afrontar desafíos: la serenidad puede ayudar a enfrentar situaciones complejas con mayor confianza.
- Mejor toma de decisiones: disponer de unos instantes para pensar antes de actuar reduce la posibilidad de responder desde el impulso.
La serenidad de otra persona también puede modificar la manera en que nos sentimos. Las emociones no se procesan únicamente de forma individual: las relaciones sociales influyen en la regulación emocional. Una voz estable, una actitud empática o simplemente la sensación de estar acompañado por alguien que no pierde el control pueden contribuir a reducir la tensión de una situación.
Por eso, cuando una persona logra conservar la calma durante un conflicto, su presencia puede funcionar como una especie de punto de referencia para quienes están más alterados. Esa capacidad, lejos de ser un rasgo inmodificable, puede fortalecerse con práctica, experiencia y una mejor comprensión de las propias emociones.
Con base en La Nación/GDA