Violencia contra los hombres: por qué muchos callan el miedo, las agresiones y el maltrato en pareja

El mandato de fortaleza, la vergüenza y el temor a no ser creídos pueden llevar a muchos varones a ocultar situaciones de violencia durante meses o incluso años.

Violencia hacia un hombre
Violencia hacia un hombre
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Hay heridas que sangran mucho antes de que aparezca el primer golpe. Cuando una discusión deja de ser una discusión y se convierte en un mecanismo de control. Cuando los insultos comienzan a repetirse. Cuando los pedidos de perdón duran menos que los episodios de agresión. Cuando el miedo se instala de manera tan silenciosa que la propia víctima deja de reconocerlo como miedo y empieza a llamarlo “carácter”, “crisis”, “estrés” o, simplemente, “una mala etapa”.

La semana pasada, un joven de 29 años murió en Chaco tras recibir una puñalada durante un episodio que la Justicia continúa investigando. Su pareja fue detenida e imputada, confesando el hecho, mientras avanza la causa que deberá establecer las circunstancias. También trascendió que existían antecedentes de conflictos y denuncias de parte de la víctima vinculadas a esa relación. Más allá de lo que determine la investigación, el caso deja una pregunta que excede ampliamente este expediente: ¿cuántos hombres viven situaciones de violencia en silencio?

Como psicóloga, esa es la pregunta que más me inquieta. Vivimos en una sociedad que, afortunadamente, ha comenzado a reconocer la magnitud de la violencia que padecen las mujeres. Ha costado décadas de lucha comprender que muchas agresiones ocurrían puertas adentro, lejos de la mirada pública, y que el silencio no era consentimiento sino una consecuencia del miedo, la dependencia y la manipulación. Ese cambio cultural fue indispensable y todavía queda mucho camino por recorrer.
Sin embargo, mientras ampliábamos nuestra capacidad para escuchar a unas víctimas, pareciera que otras seguían quedando fuera del radar.

Porque sí, existen hombres que sufren violencia física, psicológica, económica o emocional dentro de sus relaciones. Son menos frecuentes en las estadísticas de violencia letal, pero existen. Y muchas veces cargan con una dificultad adicional: el mandato de demostrar permanentemente fortaleza.

Desde muy pequeños, a muchos varones se les enseña que ser hombre implica resistir. Aguantar. Resolver solo los problemas. No llorar. No pedir ayuda. No mostrarse vulnerable. Esa educación emocional tiene un costo enorme. Porque cuando la víctima es un hombre, el sufrimiento no solo duele por la violencia recibida; también duele por la vergüenza de reconocerla.

La vergüenza es una emoción profundamente silenciosa.

Mientras el miedo suele empujar a buscar protección, la vergüenza hace exactamente lo contrario: invita a esconderse. Convence a la persona de que si cuenta lo que está viviendo será juzgada, ridiculizada o, peor aún, no será creída.

He escuchado en consultorio frases que se repiten con una frecuencia inquietante: “¿Cómo voy a decir que me pega una mujer?”, “Nadie me va a tomar en serio”, “Van a pensar que soy un débil”, “Seguro creen que podría haberme defendido”.

Esas frases no nacen de la nada. Son el resultado de una construcción cultural que durante generaciones confundió fortaleza con invulnerabilidad.

Pero ningún ser humano es invulnerable.

Discusión de pareja
Discusión de pareja
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El cerebro tampoco distingue entre el dolor que siente una mujer y el que siente un hombre. Frente a la humillación constante, las amenazas, el aislamiento o el miedo, activa los mismos circuitos de estrés. Aumenta la vigilancia, disminuye la sensación de seguridad y comienza a vivir en un estado permanente de alerta. Poco a poco, la persona pierde confianza en su propio criterio, minimiza lo que ocurre, busca explicaciones para justificar a quien la agrede y deposita su esperanza en la promesa de que “esta vez será diferente”.

Ese mecanismo tiene nombre en psicología: ciclo de la violencia. Y no discrimina por género.

La agresión suele alternarse con momentos de arrepentimiento, afecto y aparente calma. Esa alternancia fortalece el vínculo tóxico en lugar de romperlo. Desde afuera resulta fácil preguntar por qué alguien no se fue antes. Desde adentro, la pregunta cambia completamente. La verdadera dificultad no es abrir la puerta de la casa. Es lograr salir de la prisión psicológica que la violencia fue construyendo lentamente.

Por eso, cada vez que una víctima permanece en una relación violenta, conviene desconfiar de las explicaciones simplistas. Nadie elige vivir con miedo. Nadie disfruta siendo humillado. Las personas permanecen porque la violencia modifica la manera en que interpretan la realidad, deteriora la autoestima y alimenta una esperanza persistente de que el otro cambiará.

Esa esperanza, muchas veces, es el último refugio antes del abismo.

Y es justamente ahí donde aparece otra pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿estamos preparados para escuchar a un hombre cuando dice que tiene miedo?

La respuesta, me temo, todavía es incompleta.

No porque falte sensibilidad, sino porque seguimos atrapados en estereotipos muy profundos. Nos cuesta imaginar a un hombre como víctima del mismo modo que durante muchos años costó reconocer la violencia que sufrían las mujeres puertas adentro. Los prejuicios cambian de forma, pero tienen el mismo efecto: silencian.

Ese silencio no siempre nace de la falta de recursos. Muchas veces nace de la falta de permiso. Permiso para llorar. Para sentirse vulnerable. Para admitir que una relación que debía ser un lugar seguro se convirtió en un espacio de amenaza.

Discusión de pareja
Discusión de pareja
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En salud mental sabemos que poner en palabras el sufrimiento es uno de los primeros pasos para salir de él. Lo que no se nombra suele enquistarse. Lo que no se comparte termina creciendo en soledad. Por eso, cuando una persona siente que no puede contar lo que vive porque será juzgada, ridiculizada o ignorada, la violencia encuentra el escenario perfecto para perpetuarse.

No se trata de instalar una competencia entre víctimas. El dolor no necesita comparaciones. Reconocer que algunos hombres también padecen violencia no disminuye en absoluto la gravedad de la violencia ejercida contra las mujeres. Ambas realidades pueden coexistir y ambas merecen respuestas. La empatía no es un recurso limitado: puede ampliarse sin quitarle lugar a nadie.

También es necesario revisar nuestras instituciones. Toda persona que decide denunciar un hecho de violencia está atravesando uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida. Llegar a una comisaría, a una fiscalía o a un servicio de asistencia implica vencer el miedo, la culpa y la incertidumbre. Si la primera respuesta que recibe es la desconfianza, la minimización o la burla, el mensaje es devastador: “tu sufrimiento no merece ser escuchado”.

Ninguna sociedad debería transmitir ese mensaje.

Como psicóloga, me preocupa especialmente el costo emocional de vivir bajo el mandato de la autosuficiencia. Durante años les enseñamos a muchos hombres que pedir ayuda era una señal de debilidad. Hoy sabemos que ocurre exactamente lo contrario. Reconocer que uno necesita apoyo requiere más coraje que seguir fingiendo que todo está bien.

Quizás por eso tantos varones llegan tarde al consultorio. No porque sufran menos, sino porque soportan durante más tiempo. Consultan cuando la ansiedad ya es insoportable, cuando el insomnio se volvió cotidiano, cuando la depresión avanzó o cuando el vínculo ya produjo un daño difícil de revertir. En el camino quedaron meses, a veces años, de un sufrimiento vivido en silencio.

No podemos saber cuántas historias como la de este joven nunca llegarán a ocupar un titular. Probablemente sean muchas más de las que imaginamos. Historias de hombres que soportan humillaciones, amenazas, aislamiento o agresiones sin contárselo siquiera a sus amigos más cercanos. Historias que permanecen ocultas porque todavía pesa la idea de que un hombre “de verdad” debería poder resolverlo solo.

Tal vez sea tiempo de revisar esa idea.

Porque la verdadera fortaleza consiste en animarse a decir “esto me está haciendo daño”. Consiste en pedir ayuda antes de que el sufrimiento se vuelva insoportable. Consiste en aceptar que la vulnerabilidad no nos hace menos hombres, menos mujeres ni menos valiosos; simplemente nos hace humanos.

El caso ocurrido en Chaco terminará algún día con una sentencia judicial. La Justicia establecerá responsabilidades y el expediente encontrará su punto final. Pero hay otra causa, mucho más amplia, que seguirá abierta después de que ese expediente se archive: la de todos los silencios que todavía no escuchamos.

Ojalá no tengamos que volver a hablar de ellos cuando ya sea demasiado tarde. Porque ninguna víctima debería sentir vergüenza de pedir ayuda. Y ninguna sociedad debería necesitar una muerte para empezar a escuchar.

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