Redacción El País
Para muchos, decir que alguien es “estoico estoico” equivale a tildarlo de frío, distante o emocionalmente anestesiado. La imagen del estoico como una persona que no siente, que aguanta todo sin inmutarse y que responde al dolor con indiferencia sigue muy instalada en el imaginario colectivo. Sin embargo, esa lectura no solo es simplista: es profundamente errónea.
El estoicismo, lejos de promover la insensibilidad, es una filosofía que se ocupa —con notable lucidez— del mundo emocional. No busca eliminar las emociones, sino comprenderlas, ordenarlas y evitar que gobiernen nuestras decisiones de forma impulsiva o destructiva.
Sentir no es lo mismo que dejarse arrastrar
Los estoicos clásicos —Epicteto, Séneca, Marco Aurelio— jamás negaron la existencia del miedo, la tristeza o la bronca. Lo que cuestionaban era la idea de que esas emociones debieran conducir automáticamente nuestras acciones. Para el estoicismo, sentir es inevitable; reaccionar sin reflexión, no.
Esta distinción resulta especialmente vigente en una época que oscila entre dos extremos: la represión emocional y la sobre exposición permanente del sentir. El estoicismo propone un punto intermedio: reconocer la emoción, darle nombre, entender su origen y decidir qué hacer con ella.
Límites emocionales: una forma de cuidado
Otra de las grandes enseñanzas estoicas es la noción de límite. No todo depende de nosotros, y aceptar esa verdad no implica resignación, sino alivio. El foco estoico está puesto en diferenciar lo que podemos controlar —nuestras decisiones, actitudes, valores— de aquello que escapa a nuestro dominio.
Este enfoque, aplicado a la vida emocional, resulta potente: no podemos evitar que algo nos duela, pero sí podemos elegir no sumarle sufrimiento innecesario con rumiaciones, culpas o expectativas irreales. Poner límites también es dejar de exigirnos una fortaleza artificial.
Resiliencia sin discursos edulcorados
A diferencia de ciertas corrientes contemporáneas que promueven la “positividad” como mandato, el estoicismo no pide sonreír frente a la adversidad ni agradecer el dolor como si fuera una bendición. No hay frases hechas ni optimismo forzado.
La resiliencia estoica es sobria: aceptar lo que ocurre, atravesar la incomodidad emocional y actuar con coherencia ética aun en contextos difíciles. No se trata de negar el malestar, sino de no quedar atrapado en él.
Fortaleza emocional no es dureza
El estoico no es alguien que no siente, sino alguien que no se desarma ante lo que siente. Su fortaleza no radica en la rigidez, sino en la flexibilidad interna: puede registrar el impacto emocional de una pérdida, un fracaso o una injusticia sin perder el eje ni traicionarse a sí mismo.
En tiempos de hiperestimulación emocional y consignas simplificadoras sobre “sentir siempre bien”, el estoicismo vuelve a ofrecer una enseñanza incómoda pero necesaria: madurar emocionalmente no es anestesiarse, sino aprender a sostener lo que duele sin romperse.
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