Descubrí por qué Carl Honoré aprecia el ritual del mate, apuesta por los jóvenes y defiende el movimiento slow

El 5 de mayo tendrá un mano a mano con Alejandro de Barbieri; las entradas serán a beneficio de la Fundación Peluffo Guiguens ya están a la venta

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Carl Honoré.
Madeleine Alldis.

Un día Carl Honoré pensó que un audiolibro que prometía dormir a su hijo en un minuto era un invento maravilloso. Apenas reflexionó, se asustó y se preguntó si no tenía tiempo para disfrutar de su pequeño, algo en sus prioridades estaba muy mal.

Recuerda que vivió tan en la vorágine, que con tal de leerle rápido los cuentos a su hijo, hasta el de Blancanieves tenía menos enanitos. Eso lo llevó a hacer un clic y hoy es uno de los referentes del Movimiento Slow. En diálogo con El País, explicó por qué Uruguay todavía tiene una ventaja inesperada —el mate— y qué hábitos simples pueden cambiarlo todo. Convencido de todas las personas del mundo pagan un precio alto por vivir apuradas, decidió promover otro estilo de vida.

Hoy este autor, experiodista de origen canadiense, invita a desacelerar el ritmo de vida para aumentar la calidad y la productividad. El autor del bestseller “Elogio de la lentitud” (2004) visitará Montevideo el próximo 5 de mayo y dictará la charla “De la vorágine al propósito”, a beneficio de la Fundación Peluffo Guiguens.

—¿Qué conocé de Uruguay y de los uruguayos?
—En los 90 viví casi 13 años en Buenos Aires. En esa época tan intensa, Uruguay era mi válvula de escape. Venía a desconectarme de la locura y los visitaba, Uruguay era un país más tranquilo, menos frenético. Tengo recuerdos muy luminosos de ahí. Y hay algo muy uruguayo que me encanta: el ritual del mate. Es una metáfora perfecta del movimiento slow. No podés correr y tomar mate al mismo tiempo. El mate es una invitación a bajar un cambio, a reconectar y, muchas veces, a compartir.

—Los uruguayos creemos que tenemos un ritmo más calmo. ¿Es real o una percepción romántica?
—Las dos cosas. Es real, pero hasta cierto punto. Uruguay es más lento que Buenos Aires en muchos sentidos, pero eso no significa que no esté afectado por el “virus de la prisa”. También ves gente corriendo, pegada al celular, con problemas de estrés o insomnio. La diferencia es que acá esa invasión quizás ha calado un poco menos hondo, y todavía conservan cierta resistencia.

—¿Viviste esa vorágine en carne propia?
—Totalmente. Tuve un momento muy claro de quiebre cuando le leía cuentos a mi hijo. Yo iba tan rápido que salteaba páginas: mi Blancanieves tenía solo tres enanitos. Un día escuché sobre un libro de cuentos de un minuto y pensé “¡qué buena idea!”. Pero después reaccioné: me di cuenta de que estaba acelerando mi vida en vez de vivirla. Ese fue el punto de inflexión.

—¿Hoy lográs vivir bajo esos principios o seguís negociando con la prisa?
Hoy casi nunca siento prisa. Tengo un antes y un después muy marcado. Antes vivía corriendo contra el reloj; ahora no. Puedo estar en entornos muy frenéticos sin contagiarme. Eso no significa que no sea rápido: cuando hay que acelerar, acelero. Pero también sé frenar.

—¿Ir hacia una vida más slow implica sacrificios?
—Al principio lo sentí así. Pensé que estaba renunciando a cosas. Pero después entendí que la mayoría de esas cosas no eran importantes. Dejar de hacerlas no fue un sacrificio, fue un beneficio. Cuando decís “no” a lo que no importa, estás diciendo un “sí” muy fuerte a lo que realmente importa.

—¿Algún consejo concreto para empezar?
—Siempre recomiendo tener, además de la lista de tareas, una lista de “cosas que no hacer”. Es muy poderoso. Con el tiempo te das cuenta de que muchas cosas que creías imprescindibles no lo eran.

—¿La cultura de la prisa es un problema individual o colectivo?
—Ambas. La sociedad empuja hacia la velocidad: la tecnología, el trabajo, la cultura que asocia lo lento con lo negativo. Pero también hay algo interno. Para muchas personas, la hiperactividad es una forma de evitar preguntas profundas: quién soy, qué quiero, si estoy viviendo la vida correcta.

—¿Ves esperanza en ese escenario?
—Sí, sobre todo en los jóvenes. Ellos están marcando límites: quieren tiempo, calidad de vida, propósito. Muchos los critican, pero yo creo que nos van a salvar.

—¿Qué es realmente el movimiento slow? ¿Ir más despacio?
—No. No se trata de hacer todo lento, sino de hacerlo bien. Es un cambio de mentalidad: priorizar calidad sobre cantidad, estar presente, hacer una cosa a la vez. En el fondo, es vivir cada momento como merece ser vivido.

—En América Latina, ¿puede parecer un lujo hablar de esto?
—Es un malentendido. Mucha gente cree que slow es trabajar menos o ganar menos, y no es así. Por ejemplo, si alguien pasa cinco horas al día en redes sociales, ahí hay margen para recuperar tiempo. La lentitud está al alcance de todos.

—¿Se puede vivir en slow sin desconectarse del mundo digital?
—Sí, pero con disciplina. Yo, por ejemplo, uso el celular en modo gris: elimina el estímulo visual y reduce muchísimo la adicción. Es un cambio simple pero muy poderoso.

—¿Qué le dirías a un empresario que cree que frenar es perder competitividad?
—Que es al revés. Hoy las empresas más inteligentes entienden que el rendimiento depende de saber cuándo acelerar y cuándo frenar. La lentitud bien aplicada mejora la toma de decisiones, el liderazgo y la creatividad.

—¿Y a alguien que sabe que vive mal pero no se anima a cambiar?
—Que pruebe. No tiene que cambiar su vida de un día para el otro. Que haga un experimento: una semana, un pequeño cambio. Cuando lo experimentás en el cuerpo, ya no querés volver atrás.

—¿Qué traés a Uruguay en esta visita?
—Una charla que se llama “De la vorágine al propósito”. Es para todos, porque todos estamos afectados por la prisa. Mi objetivo es mostrar que vamos a vivir mejor —en todo sentido— si aprendemos a desacelerar.

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Carl Honoré.
Madeleine Alldis.

Fundación Peluffo Guiguens y el el ciclo Impulsar Salud

El ciclo Impulsar Salud de la Fundación Peluffo Giguens, de la mano de la Universidad de Montevideo, traerá a Uruguay a Carl Honoré.

La cita con su filosofía yserá el martes 5 de mayo a la hora 19.00 en Movie, donde conversará con el psicólogo Alejandro de Barbieri.

El destacado periodista escocés, nacionalizado canadiense, es reconocido como el padre del movimiento “slow”. Es autor del Best Seller internacional Elogio de la lentitud, a partir del cual surgió una filosofía de vida que permeó cultura, gastronomía, arte y estilos de consumo.

El movimiento slow aboga por desacelerar el ritmo frenético diario en pos de priorizar la calidad, la conexión emocional e interpersonal y la sostenibilidad sobre la inmediatez y el consumismo.

De la vorágine al propósito” promoverá la reflexión sobre la época que vivimos y la búsqueda de conquistar el tiempo justo para cada necesidad y espacio; una forma de vida más consciente y en coherencia con nuestra salud integral, el bienestar y la amabilidad con la vida.

Honoré es impulsor del foco, la presencia y la calidad en todos los ámbitos de la vida. Ha escrito también Bajo Presión (sobre educación) y Elogio de la experiencia, trabajo que propone una nueva narrativa sobre el paso de los años y la longevidad.
En sus conferencias combina investigación, ejemplos reales y herramientas que invitan a bajar el estrés, tomar mejores decisiones desde el presente y fortalecer los vínculos en todas las áreas de la vida, comenzando por el vínculo con nosotros mismos.

Quienes se sumen a esta experiencia inspiradora, colaborarán con su entrada con la Fundación Peluffo Giguens. Lo recaudado se destinará a ampliaciones del Hogar La Campana, donde se reciben a pacientes oncológicos de todo el país cuando requieren tratamientos en Montevideo.

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