El acoso callejero puede durar apenas unos segundos, pero sus efectos pueden extenderse mucho más. Cambiar de vereda, evitar una calle, pedir un taxi en lugar de caminar, dejar de correr al aire libre o decidir no salir de noche son algunas de las estrategias que pueden incorporarse a la vida cotidiana después de experimentar o temer una situación de acoso.
Un relevamiento nacional realizado por la Usina de Percepción Ciudadana muestra hasta qué punto esas situaciones pueden modificar la relación con el espacio público. Según los resultados, el 51% de las mujeres consultadas afirma que el acoso callejero condiciona sus planes nocturnos, mientras que el 46% señala que influye en sus decisiones sobre transporte y el 45% en sus planes de entrenamiento o actividad física al aire libre. Además, el 36% identifica consecuencias en su vida laboral o educativa.
Los datos forman parte de una investigación realizada en el marco del programa Stand Up Contra el Acoso Callejero, una iniciativa impulsada por L'Oréal Groupe, y dan continuidad a mediciones anteriores.
Cuando el miedo modifica los hábitos
El impacto puede ser todavía más concreto. El 13% de las mujeres consultadas afirmó haber dejado de realizar alguna actividad durante el último año por miedo a atravesar una situación de acoso callejero. Entre ellas, el 60% dejó de salir de noche, el 52% evitó hacer ejercicio al aire libre y el 39% rechazó una salida social.
Más allá de las cifras, estos comportamientos muestran cómo una amenaza que ocurre en el espacio público puede terminar reorganizando decisiones privadas. El problema ya no es solamente qué sucede en una calle, una plaza o una parada de ómnibus, sino qué actividades se dejan de hacer para evitar que algo suceda.
En el caso del ejercicio físico, por ejemplo, elegir correr, caminar o andar en bicicleta al aire libre puede implicar también evaluar previamente el horario, el recorrido, si se estará acompañada o incluso si el lugar ofrece determinadas condiciones de seguridad. Una actividad pensada para el bienestar puede terminar rodeada de estrategias destinadas a reducir el miedo.
Algo similar puede ocurrir con la vida social. Una invitación a cenar, ir a un recital o encontrarse con amigos puede implicar pensar cómo volver a casa, qué transporte utilizar o a qué hora regresar. De esa manera, el acoso puede introducir una serie de decisiones adicionales en situaciones que deberían formar parte de una vida cotidiana libre y espontánea.
Una forma de habitar la ciudad
El relevamiento también muestra que el fenómeno permanece extendido: el 41% de las personas consultadas afirma haber atravesado alguna vez una situación de acoso callejero, un indicador que, según el estudio, no presenta cambios sustantivos desde 2024.
La persistencia de estas experiencias plantea una dimensión que va más allá del episodio puntual. Cuando una persona aprende que determinados lugares, horarios o actividades pueden implicar un riesgo, puede comenzar a modificar sus recorridos y hábitos de manera casi automática.
Son estrategias que muchas veces pasan inadvertidas incluso para quien las adopta. Elegir una determinada calle porque está más iluminada, avisar al llegar a casa, evitar caminar sola o renunciar a una actividad pueden convertirse en comportamientos tan incorporados que dejan de percibirse como restricciones.
Sin embargo, esa adaptación tiene un costo: la necesidad de estar permanentemente atenta también consume energía y limita la posibilidad de disfrutar plenamente del espacio público. Por eso, hablar de acoso callejero también implica hablar de bienestar. No solamente por el malestar que puede generar una situación concreta, sino porque el temor a que ocurra puede afectar la autonomía, la actividad física, los vínculos sociales y la manera en que una persona se mueve por su propia ciudad.
Qué hacer cuando se presencia una situación de acoso
Una de las estrategias para enfrentar el problema apunta a quienes presencian estas situaciones. El programa Stand Up Contra el Acoso Callejero propone la metodología de las 5D, cinco formas de intervenir de manera segura: distraer, delegar, dirigirse, documentar y dar asistencia.
La idea es que intervenir no necesariamente significa enfrentarse directamente a quien está acosando. Dependiendo de la situación, una persona puede distraer a quien está siendo acosada, pedir ayuda a otra persona, dirigirse al agresor si hacerlo es seguro, registrar lo ocurrido o acercarse posteriormente a la víctima para ofrecerle asistencia.
En Uruguay, el programa funciona desde 2022 y, según los datos difundidos por la iniciativa, más de 4.000 personas participaron de sus formaciones, mientras que más de 11.000 realizaron instancias gratuitas de sensibilización sobre el tema.
El objetivo de este tipo de herramientas es desplazar parte de la responsabilidad: no debería recaer únicamente sobre quien puede sufrir acoso la tarea de modificar sus recorridos, horarios o actividades para evitarlo. También quienes comparten el espacio público pueden aprender a reconocer estas situaciones y actuar de manera segura.
El acoso callejero puede parecer un episodio aislado para quien lo observa desde afuera. Pero para quien lo vive, sus consecuencias pueden continuar mucho después. A veces se expresan en una decisión tan cotidiana como no salir, no correr, no caminar o no volver sola a casa. Y cuando esas elecciones se repiten, terminan definiendo algo más profundo: cuánto espacio de la ciudad siente una persona que realmente puede habitar.