Una mujer famosa sube una foto de un cumpleaños. Son las once de la noche y su hijo pequeño todavía está despierto. La imagen podría pasar como una escena más entre tantas, hasta que empiezan a aparecer los comentarios. En menos de un minuto, gente que no la conoce comenta: “pobre criatura”. Después otro: “qué mala madre”. Ya no se discute lo que hace el otro, se lo define. En pocos segundos, una conducta se convierte en identidad, y una opinión, en sentencia.
Criticar no es novedoso. Tampoco lo son la crueldad ni el prejuicio. Lo nuevo es la facilidad. Para atacar a alguien ya no hace falta mirarlo a los ojos, sostener lo que dijimos frente a su reacción y, muchas veces, ni siquiera mostrar nuestro nombre. Dar la cara tiene un costo que el anonimato nos ahorra: hacernos responsables de nuestras propias palabras.
Hay algo más que las redes potencian. Los algoritmos tienden a mostrarnos un mundo cada vez más parecido al nuestro, una especie de “barrio digital” en el que casi todos piensan parecido, se indignan por las mismas cosas y hablan con códigos similares. A fuerza de encontrarnos una y otra vez con personas que confirman nuestras ideas, corremos el riesgo de confundir la coincidencia con “lo que está bien”. Ya no pensamos solamente “creo esto”, sino “esto es lo evidente, lo razonable, lo que cualquiera debería pensar”. Y cuando lo propio empieza a funcionar como medida de lo esperable, la diferencia deja de ser simplemente diferencia: el que piensa distinto empieza a volverse un problema.
El algoritmo, además, nos muestra que somos muchos. Algo de la responsabilidad individual se diluye cuando formamos parte de una multitud: el “yo dije” se esconde detrás de un tranquilizador “lo decimos todos”. Si todos se ríen, mi risa parece menos cruel. Si miles atacan, resulta más fácil convencerse de que esa persona debe merecerlo. La cantidad empieza a funcionar como argumento: si tantos pensamos lo mismo, por algo será.
Pero la crítica necesita argumentos y el ataque muchas veces necesita apenas un enemigo. Eso abre una pregunta que el algoritmo no explica: ¿por qué alguien que ni siquiera conocemos puede provocarnos emociones tan intensas?
Recuerdo el caso de una paciente que había sufrido mucho durante su infancia por una infidelidad dentro de su familia. Años después, cada vez que se hacía pública la infidelidad de alguna persona famosa, algo en ella se encendía: leía cada noticia, buscaba información, comentaba, se indignaba. No conocía a ninguna de las personas involucradas y, sin embargo, podía pasar días tomada por una historia que, en principio, no tenía nada que ver con ella. Hasta que empezamos a preguntarnos si realmente “no tenía nada que ver”.
No se trata de suponer un trauma detrás de cada crítica, ni de sospechar de toda indignación: hay conductas que merecen ser señaladas y hay poderes que merecen ser cuestionados, y llamar hate a cualquier escena es también una forma de cubrirse. Pero cuando nuestra reacción frente a alguien que ni siquiera conocemos adquiere una intensidad desproporcionada o una violencia desmedida, quizás valga la pena preguntarnos cuánto de eso habla del otro y cuánto empieza a hablar de nosotros.
Hay algo todavía más incómodo: a veces dejamos de preguntarnos qué hizo alguien para empezar a disfrutar de verlo caer. Cuestionar una conducta no implica desear la destrucción de quien la llevó adelante, y sin embargo el pasaje de una cosa a la otra es tan rápido que casi no lo registramos, quizás porque es “un placer” que se puede tener sin nombrarlo, sobre todo cuando hay miles de personas alrededor teniéndolo al mismo tiempo.
Tal vez el problema de esta época no sea que discutimos demasiado, sino que cada vez nos cuesta más discutir sin convertir al otro en aquello que hizo, dijo o pensó. Una cosa es decir “esto que hiciste me parece cuestionable” y otra muy distinta es decir “sos cuestionable”. Entre una y otra hay apenas dos palabras, y todo lo que todavía podríamos llegar a decirnos. El problema, muchas veces, no es que el otro piense distinto, sino dejar de reconocerlo como un otro cuando lo hace.