En la clínica encontramos muchas madres que se sienten culpables por los problemas de sus hijos, sean físicos, emocionales o conductuales. En cambio, los padres se ocupan, pero pocas veces sienten culpa por lo que les sucede a sus hijos. Las madres sienten que se han equivocado cuando aparece una dificultad en sus hijos. Existen niños difíciles y, en esos casos, hay que pedir ayuda para educarlos. Esa es la responsabilidad de todo progenitor.
La culpa materna produce angustia, malestar, tristeza y preocupación cuando una madre cree que no está cumpliendo con las expectativas sobre cómo debería educar, cuidar o atender a sus hijos. Las razones por las cuales alimentan esa culpa son variadas: trabajar muchas horas, perder la paciencia en el trato con sus hijos, dedicar tiempo a sí mismas o compararse con ideales imposibles de alcanzar sobre la crianza.
Como hemos afirmado anteriormente, las mujeres son más culposas que los hombres. Esto se debe a mandatos familiares y sociales que responsabilizan a las madres del cuidado y la educación de sus hijos. A pesar de los profundos cambios en las relaciones humanas, todavía existe el mandato de que toda madre tiene que saber instintivamente cómo educar a sus pequeños. Por eso, observamos que el medio culpabiliza mucho más a las madres por los errores cometidos durante la crianza que a los padres, incluso cuando estos están presentes en el proceso.
Además, para las mujeres son muy importantes los vínculos humanos: la pareja, las amigas y los hijos. Si a un hijo le va bien, se alegran mucho. Si presenta dificultades, se culpabilizan por algo que sienten que hicieron mal o que no realizaron, pero deberían haber hecho. Esto genera mucha culpa, alimentada por las exigencias que toda madre siente que no cumplió, y produce una rabia que vuelve sobre sí misma.
Esta situación influye en el vínculo madre-hijo, ya que la culpa no ayuda a educar. Por el contrario, obstaculiza la crianza. A veces encontramos madres complacientes, con dificultades para fijar límites y sobreprotectoras. También observamos en la clínica madres que rechazan ciertos aspectos de sus hijos y no pueden relacionarse adaptativamente con ellos.
Consecuencias
Una de las consecuencias es que los hijos no se hacen cargo de sus propias conductas y proyectan en el mundo externo las causas de sus problemas. De esa manera, no los solucionan porque se colocan en el lugar de las víctimas.
Esto sucede en todas las edades, aunque los motivos para culpabilizar cambian. En la etapa escolar, la culpa de todo es de las maestras o de los compañeros. En el liceo continúan estos planteos, pero también culpan directamente a la madre, lo que influye en su estado anímico: ellas se sienten responsables de todo lo que les sucede a sus hijos.
Los adultos pueden responsabilizarse por sus conductas, hacerse cargo y elegir qué comportamientos adoptar frente a los problemas reales. En cambio, la culpa implica un profundo malestar por algo que sienten que no hicieron bien.
Lo bueno es que toda madre puede reparar su culpa. Si logra gestionarla, puede disminuirla hasta hacerla desaparecer. Para este proceso se necesita ayuda; hacerlo sola es imposible.
La única salida es que la madre acepte que siente culpa y comience a entender las causas para poder trabajar sobre ellas. Desde ese lugar podrá reparar si hubo errores. La parentalidad es el conjunto de habilidades para cuidar, proteger y educar a los hijos. Estas habilidades se pueden aprender y, en algunos casos, mejorar, no solo para sentirse mejor emocionalmente, sino también para brindarles a los hijos la oportunidad de hacerse cargo de sus propias vidas y dejar de culpar a la madre.
Romper el círculo
Las madres son objeto de quejas y acusaciones que las afectan porque, al sentirse culposas, asumen que son responsables de todo. Así se crea un círculo vicioso: los juicios negativos aumentan la culpa materna y generan reacciones que no ayudan al vínculo madre-hijo.
El hijo no se hace cargo de sus conductas y esto constituye la base del desarrollo de cierta fragilidad emocional, acompañada de baja tolerancia a la frustración.
Son niños, adolescentes y luego adultos que sucumben ante cualquier dificultad, renuncian a sus metas y pueden tener problemas con los demás porque no aceptan su parte de responsabilidad. De esta manera, no logran madurar emocionalmente.