Redacción El País
En los últimos años, el nervio vago se volvió protagonista en las conversaciones sobre salud integral. Este cableado maestro del cuerpo es el décimo par craneal y el más extenso de todos, un sistema que conecta el cerebro con órganos vitales como el corazón, el estómago y los intestinos.
Su función es tan amplia que influye directamente en el estrés, la digestión y el estado de ánimo, lo que explica por qué se habla tanto de él y de su impacto en el día a día.
El freno natural del cuerpo: cómo funciona el nervio vago
Para entender por qué este nervio es tan importante, hay que mirar cómo opera el sistema nervioso autónomo. Por un lado está el modo de “lucha o huida”, gobernado por el sistema simpático, que libera adrenalina y cortisol cuando sentimos una amenaza. En ese estado, la digestión se frena, el corazón se acelera y el cuerpo entra en alerta máxima.
En la vereda opuesta está el sistema parasimpático, responsable del modo “descanso y digestión”. Ahí el nervio vago funciona como un verdadero freno de mano: baja la frecuencia cardíaca, facilita la respiración profunda, favorece la digestión y promueve la recuperación celular.
La capacidad del organismo para pasar del estrés a la calma se conoce como tono vagal. Cuando este tono es alto, el cuerpo logra relajarse rápido después de un pico de estrés, lo que se traduce en mejor regulación emocional, menor inflamación y un pulso más bajo en reposo.
En cambio, un tono vagal bajo deja al cuerpo “trabado” en alerta constante. Esto suele asociarse a ansiedad, depresión, problemas digestivos como el intestino irritable y mayor dificultad para manejar la tensión diaria.
Cantar, respirar, reír: cómo estimularlo de forma sencilla
La buena noticia es que el tono vagal se puede entrenar. Y una de las formas más accesibles es cantar, aunque uno desafine. Al cantar se activan los músculos de la laringe y la garganta, se favorece la respiración profunda y se desencadena la liberación de endorfinas, serotonina y oxitocina, hormonas relacionadas con el placer y la conexión social. Estas respuestas ayudan a reducir el estrés y la sensación de ansiedad.
Otra herramienta directa es la respiración diafragmática: inhalar por la nariz expandiendo el abdomen y exhalar lentamente. Esta forma de respirar activa el nervio y envía señales de calma al cerebro. Lo mismo ocurre con actividades que involucran las cuerdas vocales, como tararear, hacer gárgaras o reír a carcajadas, todas capaces de estimular la zona por donde pasa el nervio.
También se ha comprobado que la exposición al frío —como terminar la ducha con 30 segundos de agua fría o mojarse la cara con agua helada— puede despertar una respuesta vagal. A esto se suman prácticas como el yoga, el tai chi, la meditación y las interacciones sociales positivas.
Y debido a la estrecha relación entre el intestino y el cerebro, conocida como el eje intestino-cerebro, cuidar la microbiota intestinal mediante probióticos también puede favorecer el funcionamiento del nervio vago.
En base a El Tiempo/GDA
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