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Bajar de peso, conseguir un trabajo nuevo, ahorrar dinero, comprar un auto, hacer más actividad física: con la llegada de un nuevo año, también aparece el momento de definir las clásicas resoluciones de Año Nuevo. Pero ¿qué sentido tiene plantearse metas? ¿Sirve realmente este ritual?
Con el 2026 a la vuelta de la esquina, especialistas en psicología y salud mental coinciden en que establecer objetivos funciona como una forma de diálogo interno y de impulso vital. Los rituales de comienzo permiten reflexionar sobre lo que es importante, dar dirección y construir un propósito personal.
Sin embargo, las estadísticas no son alentadoras: solo el 8% de las personas logra cumplir sus metas, según estudios internacionales. La mayoría abandona antes de mitad de año. ¿Por qué pasa esto? Uno de los principales motivos es proponerse objetivos poco realistas, demasiado ambiciosos o desconectados de la propia vida cotidiana.
Cómo definir metas que sí se puedan sostener
Los especialistas señalan que las metas saludables deben ser realistas, flexibles y alineadas con los valores personales, no con expectativas sociales externas. Cuando los objetivos están bien planteados, ayudan a reforzar la motivación, el autoconocimiento, la autorregulación emocional y el sentido de propósito. En cambio, metas rígidas o irreales suelen generar frustración, culpa y sensación de fracaso.
Tres claves fundamentales para definir objetivos:
- Conectar la meta con los valores personales: preguntarse por qué ese cambio es importante ahora favorece una motivación más profunda y duradera.
- Ser específico, pero flexible: reemplazar metas vagas por acciones concretas, sin caer en la autoexigencia extrema.
- Elegir pocas metas prioritarias: el exceso de objetivos genera sobrecarga mental y reduce la probabilidad de cumplirlos.
Cuando las metas se basan en la comparación constante con otros —especialmente en redes sociales—, aumentan la ansiedad y la insatisfacción. En esos casos, lejos de motivar, pueden dañar la salud mental.
Estrategias para pasar de la intención a la acción
Una vez definidas las metas, el desafío es sostenerlas en el tiempo. Estas son algunas estrategias recomendadas por especialistas:
Transformar la meta en rutina
Incorporar el objetivo a hábitos ya existentes reduce el desgaste mental y la dependencia de la fuerza de voluntad. Por ejemplo, definir un momento específico del día para caminar o cocinar.
Reducir el tamaño del primer paso
Las metas grandes suelen paralizar. Dividirlas en acciones mínimas —leer cinco páginas, salir a caminar diez minutos— facilita el inicio y reduce la postergación.
Diseñar el entorno a favor
Muchas conductas no fallan por falta de disciplina, sino por un ambiente poco adecuado. Tener frutas visibles, alejar el celular de la cama o dejar un libro a mano son pequeños cambios con gran impacto.
Anticipar obstáculos
Pensar de antemano qué puede interferir con la meta ayuda a no abandonarla ante la primera dificultad. Ajustar el plan no es fracasar, es adaptarse.
Monitorear el progreso
Registrar los avances —con un calendario, una planilla o una app— activa la sensación de logro y permite identificar patrones de comportamiento.
Evitar el pensamiento de “todo o nada”
Fallar un día no invalida todo el proceso. La clave está en hacer “lo mejor posible hoy”, sin abandonar por completo el objetivo.
Flexibilidad, apoyo y autocuidado
Las metas pueden y deben revisarse. Ajustarlas a la realidad reduce la culpa y mejora la adherencia. Además, el apoyo social —amigos, familia, grupos— aumenta la motivación y el compromiso.
Evitar la comparación constante con otros es fundamental: las “vidas perfectas” que se ven en redes sociales suelen generar desánimo y abandono de los objetivos.
También es clave cuidar los pilares básicos de la salud: sueño, alimentación, actividad física, manejo del estrés, relaciones y consumo responsable de sustancias. La fuerza de voluntad no compensa un cuerpo agotado.
Autocompasión: una aliada para el cambio
Los especialistas subrayan que equivocarse es parte del proceso. La autocompasión favorece la persistencia y una mejor regulación emocional, mientras que la autocrítica excesiva suele llevar al abandono.
Más que cumplir todas las metas, el Año Nuevo puede ser una oportunidad para escucharse y vivir con mayor equilibrio, presencia y coherencia personal. Las resoluciones no tienen que ser grandiosas: a veces, el objetivo más importante es avanzar con mayor conciencia y bienestar.