Los amigos, la familia y las parejas pueden entrar y salir de nuestras vidas, pero la relación con nosotros mismos es la única constante. Si no cultivamos este vínculo, estamos condenados a vivir en conflicto.
Amarnos es un proceso continuo que requiere perdonarnos los errores, celebrar nuestros logros y mantener el interés en quiénes somos y en quiénes nos estamos convirtiendo.
Amor vs. egocentrismo.
A veces se confunden amor propio y egocentrismo. El primero surge de la aceptación, fortalece la empatía y nos permite escuchar críticas sin derrumbarnos. El segundo nace de la inseguridad y consiste en mantener la mirada tan volcada hacia adentro que el otro desaparece y transforma cualquier comentario que no sea un halago en un ataque personal directo.
Para identificar cuál está manifestándose en nuestro comportamiento, podemos observar algunas actitudes. El amor propio dice “no quiero hacer esto porque me hace daño”. El egocentrismo dice “haz esto por mí porque yo soy lo más importante”.
Cuando tenemos amor propio nos alegramos de los éxitos de los demás porque no sentimos que nos quiten nada. El egocentrismo nos hace sentir que el éxito ajeno es una amenaza o una competencia.
El amor propio es perfectamente compatible con la modestia: podemos saber que somos valiosos y, al mismo tiempo, que somos uno más en el mundo. El egocentrismo se enfoca en la necesidad de sentirnos superiores.
El rol del cerebro.
Para desarrollar un amor propio sólido y saludable, no basta con sentirnos bien. Es necesario entrenar el cerebro para procesar la información de una manera distinta. El amor propio es, en gran medida, el resultado de una reconfiguración cognitiva.
Primero debemos atender nuestra capacidad de pensar sobre lo que pensamos, identificando nuestro diálogo interno. En lugar de aceptar los juicios de nuestro crítico interior como verdades absolutas, debemos observarlos como eventos mentales pasajeros.
Luego debemos entrenar la habilidad de adaptar el pensamiento a nuevas situaciones, abandonando patrones rígidos. Las personas con bajo amor propio suelen tener un pensamiento de “blanco o negro”, sin grises. Ante un error, busquemos tres interpretaciones diferentes que no impliquen un ataque a nuestro valor.
El amor propio también requiere gestionar las emociones incómodas, como la vergüenza o la culpa, sin que éstas dicten nuestra identidad. Necesitamos entrenar la pausa entre el estímulo y la respuesta, así que cuando sentimos que fallamos es mejor que respiremos y dejemos que la emoción esté ahí sin actuar impulsivamente contra nosotros mismos.
Focalizar la atención en las necesidades físicas y emocionales del momento también es importante. Saber si necesitamos un descanso o si nos estamos forzando a vivir cierta situación, por ejemplo, es importante para permanecer en el presente sin rumiar el pasado o temer al futuro.
Por último, tengamos en cuenta la forma en la que explicamos por qué suceden las cosas, ya que quien tiene poco amor propio suele atribuirse todos los fracasos y dar crédito a la suerte por todos los éxitos. No es fácil, pero debemos analizar nuestros logros y hacer una lista de las habilidades específicas que poseemos y contribuyeron a ellos.
Para tener en cuenta.
Tener un nivel saludable de amor propio funciona como una especie de sistema preventivo emocional: no evita los problemas, pero determina con cuánta fuerza nos golpean y qué tan rápido nos recuperamos.
Las personas que eligen el camino de mejora de su nivel de amor propio experimentan una transformación positiva en diversos aspectos de su vida:
• Cuando nos valoramos, dejamos de aceptar vínculos de baja calidad y somos capaces de establecer límites claros sin culpa. Esto es un filtro natural, porque ya no buscamos la aprobación constante, sino la conexión real.
• La inseguridad suele ser el mayor freno para el talento, pero cuando tenemos amor propio logramos aspirar a roles o proyectos que antes nos intimidaban debido a nuestra falta de confianza en nuestra capacidad de aprender.
• A menudo existe una relación directa entre la forma en la que nos valoramos y cómo tratamos a nuestro cuerpo. Es mucho más difícil mantener hábitos saludables (ejercicio, buena alimentación, sueño) si sentimos que no vale la pena el esfuerzo.
• La vida siempre va a presentar desafíos, pero el amor propio cambia nuestro diálogo interno durante una crisis. En lugar de hundirnos en pensamientos de indefensión, nuestra mente activa recursos de afrontamiento.
• La duda crónica suele ser síntoma de un amor propio frágil, pero al volver a confiar en nuestro criterio, los procesos de toma de decisiones se vuelven más ágiles y menos angustiantes. Aceptamos que podemos equivocarnos, pero sabemos que, incluso si lo hacemos, sabremos cómo lidiar con las consecuencias. Esto nos otorga una sensación de libertad y control en nuestra vida.
El amor propio simplifica nuestra existencia. Podemos gastar mucha energía intentando ocultar defectos o complacer a otros, pero es mejor invertir esa energía en crear, disfrutar y convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.