Hace un tiempo, una mujer de 56 años me contó que acababa de tener uno de los mejores encuentros sexuales de su vida. Lo curioso es que no había descubierto ninguna práctica nueva ni había sucedido nada extraordinario. Simplemente, por primera vez, se había sentido completamente libre.
Se había animado a pedir lo que quería, a decir lo que no le gustaba y, sobre todo, no se preguntó cómo se veía su cuerpo mientras tenía sexo. “Por primera vez no pensé en nada. Solamente disfruté”, me dijo. Y pensé: ¿no nos dijeron siempre que nuestro mejor sexo iba a ser mucho antes?
Porque si nos preguntaran a qué edad tenemos nuestra mejor vida sexual, probablemente muchos responderíamos: a los veinte. Somos más jóvenes, tenemos más energía y posiblemente tengamos encuentros con mayor frecuencia. Pero hay una diferencia enorme entre tener más y tener mejor sexo.
Qué dice la ciencia sobre el sexo a los 20
Cuando la ciencia buscó respuestas acerca de si el mejor sexo es a los 20, y aparecieron respuestas sorprendentes: un estudio publicado en The Journal of Sex Research siguió datos de más de 6.000 personas de entre 20 y 93 años durante casi dos décadas.
Al principio, los resultados parecían confirmar lo que imaginamos: la calidad de vida sexual disminuía con la edad. Pero cuando los investigadores comenzaron a considerar otras variables (calidad de los encuentros y características de la relación) ocurrió algo interesante: la edad dejó de explicar por sí sola qué tan buena era la vida sexual de una persona.
Los autores incluso utilizaron un concepto que me encanta: “sabiduría sexual”. Porque cumplir años también significa acumular experiencia. Podemos conocer mejor nuestro cuerpo, saber qué nos excita, qué necesitamos, qué ya no queremos y, quizás lo más difícil, aprender a comunicarlo.
Por supuesto, esto no significa que cumplir 50 automáticamente nos convierta en mejores amantes. Pero sí rompe con una idea muy instalada: que sexualmente todo es mejor cuantos más jóvenes somos.
A veces el problema no es nuestro cuerpo, sino estar juzgándolo constantemente, algo que se repite de manera habitual en mujeres jóvenes. Recuerdo a una mujer de treinta y pocos años que me contaba que durante los encuentros sexuales pensaba constantemente en su cuerpo.
“¿Se me verá la panza?”, “¿esta posición me queda bien?”, “¿por qué estoy tardando tanto?”, se preocupaba en vez de disfrutar del encuentro, recuerda. Y cuando le pregunté sobre lo que sentía físicamente, le costaba explicarlo. No lo podía registrar.
Con el tiempo logró dejar de pensar en lo que veía el otro, y centrarse en su sentir: No cambió su cuerpo. Tampoco cambió su edad. Cambió la manera de habitarlo. Y esto es importante porque a veces creemos que para mejorar nuestra sexualidad necesitamos aprender una nueva posición, incorporar un juguete o encontrar alguna técnica revolucionaria. Y quizás lo primero que necesitamos recuperar es algo mucho más básico: la presencia.
El sexo tampoco debería sentirse como un examen La presión no es exclusivamente femenina. Pensemos, por ejemplo, en una pareja de dos varones. Uno tiene una dificultad ocasional para mantener una erección. Algo que puede suceder por cansancio, estrés, ansiedad o simplemente porque nuestro cuerpo no funciona como una máquina.
En el siguiente encuentro aparece una idea: “¿Y si vuelve a pasar?”. Y desde ese momento ya no está solamente disfrutando. También está comprobando mentalmente si mantiene la erección. Por el otro lado, su pareja, desconcertada, puede pensar: “¿Ya no le gusto?”.
De repente, dos personas que se desean terminan prestándole más atención a una erección que al encuentro que están teniendo. Y cuanto más sentimos que nuestro cuerpo está siendo evaluado, más difícil puede resultar entregarnos al placer.
Las experiencias pueden ser diferentes, pero algo atraviesa edades, géneros y orientaciones: el buen sexo necesita mucho menos examen y mucha más presencia.
¿Y qué pasa después de los 60? El cuerpo cambia, por supuesto.
La menopausia puede modificar la lubricación, los tejidos genitales o el deseo. Con los años también puede cambiar la respuesta eréctil. Pueden aparecer enfermedades, medicamentos, estrés o transformaciones en nuestros vínculos. Pero cambiar no significa dejar de tener sexualidad.
Un estudio sueco realizado con 1.680 personas mayores de 60 años encontró que el 46% continuaba siendo sexualmente activo. Incluso entre las personas de 90 años o más seguía existiendo actividad sexual.
Quizás lo que envejece no está asociado a nuestra capacidad de disfrutar. Lo que nos condiciona, a toda edad, son las ideas que tenemos sobre cómo “debería” ser el sexo. Porque si pensamos que un encuentro exitoso necesita penetración, una erección perfecta y un orgasmo como final obligatorio, cualquier cambio corporal puede sentirse como una pérdida.
El sexo también son besos, caricias, masturbación, sexo oral, masajes, fantasías, juguetes, piel, intimidad y conexión. Y nuestro repertorio puede incluso ampliarse con los años. Entonces, ¿cuál es la mejor edad? La ciencia no puede dar un número. Y quizás esa sea la respuesta más interesante.
Nuestro mejor sexo podría suceder cuando tenemos veinte años y estamos descubriendo el cuerpo. A los cincuenta, cuando finalmente aprendemos a pedir lo que queremos. O después de los setenta, cuando entendemos que nuestra sexualidad puede transformarse sin desaparecer.
Tal vez, el mejor sexo no llega cuando nuestro cuerpo es más joven, sino cuando logramos sentirnos suficientemente libres para disfrutarlo.