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Hugo Burel
Después de la tragedia ocurrida en Carrasco el pasado lunes 30 de enero los montevideanos tienen un nuevo miedo: el miedo al árbol que puede caer y matarlos. Es un miedo legítimo, en tanto los informes que circulan admiten que de los 400.000 árboles que existen en la ciudad -la mitad de los cuales están sobre las veredas- unos 22.000 estarían en situación crítica o con alguna probabilidad de partirse, caer, desplomarse sobre lo que sea, incluyendo seres humanos y animales. De manera que al miedo a los asaltos, las rapiñas, los robos a la propiedad, los arrebatos y la inseguridad general que el delito ha repartido por todos los barrios, se le suma la ominosa posibilidad de que lo fatal llegue bajo la especie de un tronco que, vencido por su propio peso, aplaste lo que tenga debajo. La frase hecha de que los árboles mueren de pie debe relativizarse y admitirse sólo desde el punto de vista poético. Los árboles mueren de pie y en silencio pero cuando caen pueden hacer un desastre. De paso agrego que con algunas columnas eléctricas o del alumbrado también hay sospechas de que pueden perder su verticalidad, cosa que ya ha sucedido.
Pero la culpa no la tiene el árbol, sino la falta de control, vigilancia, renovación, poda, o lo que sea que quienes son responsables sobre ese elemento del ornato público no han realizado. Pero a partir de lo sucedido ese fatídico lunes, un árbol de la calle ya no es sólo un árbol: es un misterio, una amenaza, una incógnita, una posibilidad aterrorizante para peatones y automovilistas. Dejo de lado la posibilidad de una tormenta de viento, un temporal de esos que disparan las alarmas de la alerta naranja, porque con esos 22.000 árboles bajo sospecha, las caídas podrían producirse sin que puedan preverse o controlarse, no obstante las 2.500 denuncias formuladas por vecinos que se la ven venir. Pienso en esos árboles inclinados, notoriamente torcidos que se ven en tantas calles y que cualquiera que ignore la botánica pero note la geometría ya debe mirar con ciudadano recelo. Si del árbol caído todos sacan leña, del torcido es mejor estar lejos.
Vuelvo al miedo, a la sensación predominante en la ciudad por las razones antes enumeradas: ¿es racional temerle a los árboles? ¿Son acaso como los de los cuentos infantiles, que en la fantasía de los bosques sombríos se convertían en ogros amenazantes? Por supuesto que no: quien ha visto Montevideo desde arriba, desde un avión que la sobrevuela, ha podido apreciar el verde que traza las calles. Pocas capitales ofrecen esa bendición en sus veredas, por más que las raíces las abulten y rompan el embaldosado. Tener un árbol en la puerta sería un privilegio para los habitantes de muchísimas ciudades que, cuando visitan Montevideo, se asombran de esa generosidad de nuestro desarrollo urbanístico. Sin embargo, ese privilegio ha entrado en entredicho y hasta se prevé la utilización de un asombroso aparato de diagnóstico llamado "georradar", que aparentemente detecta el deterioro interior de los árboles. ¿Será permitida su utilización por expertos botánicos privados?
El árbol de la "escondida", el que prefiere tu perro, aquel en el que grabaste corazones con un cortaplumas o en el que clavaste el cartelito para anunciar tus clases de química puede tener los días contados. Su corteza y su sombra pueden estar como siempre, pero más vale que lo hagas revisar desde la raíz.
"Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido": esto lo escribió Antonio Machado y Joan Manuel Serrat le puso música. Unos hermosos versos que acaso describan lo que ocultan muchos árboles montevideanos. Podridos, enfermos por la mitad, todavía ofrecen la engañosa idea de que están firmes y que no hay razón para temerles. Pero el miedo al árbol ha llegado y de las copas frondosas de los más añosos de la ciudad parece desprenderse una sombra ominosa.









