ADELA DUBRA
Maitena Burundarena fue punk. La creadora de las hoy famosas Mujeres alteradas y Superadas (que se publican en este diario) empezó dibujando tiras eróticas para revistas como "Sex humor" y "Cerdos y peces". Supo estar bastante drogada, borracha, y enojada con el mundo. Lo más común es que la gente, no solo los creadores, cuando se vuelve exitosa, arma una familia y se convierte en alguien más estable, abandona toda aquella rebeldía y hasta en ocasiones deviene en personas de juicio conservador.
La dibujante argentina, hoy de 49 años, casada, tres hijos, residente por etapas en La Pedrera, parece conservar algo de aquellas ganas de patear el tablero, como si todavía guardara en el ropero aquel par de botas que encarnaban su rebeldía.
En una carrera que siempre fue ascendente pasó de sus comienzos en revistas tradicionalmente categorizadas como "de mujer" a publicar en medios como El Pais de Madrid y Le Monde. Algunos de sus trabajos fueron traducidos en 12 idiomas.
Pese al éxito, se animó con un rubro nuevo y escribió su primera novela, Rumble, de tinte autobiográfico. También podría decirse que es una novela sobre su madre, a quien en la tercera página dibuja con unas pocas pinceladas: "Toma pastillas para dormir y también para levantarse", y sigue: "Mamá no se levanta casi nunca antes del mediodía, cuando la chica le lleva el desayuno y le corre la cortina con la persiana apenas levantada. El cuarto queda en penumbras (…). A la una, cuando llego del colegio, todavía tiene la cara como un globo y huele a jabón pero se hace la que está despierta hace horas".
EXORCISMO. La personalidad y el estilo de vida de Maitena siempre han estado expuestos porque su trabajo tiene ese perfil; en definitiva está dibujándose a ella y/o a sus amigas. Pese a ser extrovertida y hablar siempre con soltura de su vida, prefiere no ahondar mucho en su infancia. Ha dicho que no tiene ni un solo recuerdo lindo de esa etapa. Rumble es precisamente el exorcismo de esos años, que derivaron en que ella, alumna de colegio de monjas irlandesas, quedara embarazada a los 16 años.
A los 17 fue madre soltera. Ahí ya empezó a trabajar. "Lo primero que tuve fue mucama. Para mí es como una pinza de depilar. Algo que uno no puede no tener. La primera chica que trabajó conmigo fue Zulma. Yo tenía 18 y ella 15. Ganaba casi lo mismo que yo. Yo le pagaba a Zulma, pagaba el alquiler, y no tenía más plata. Así logré laburar con los chicos. Porque yo siempre tuve hijos. ¿Sabés que no me acuerdo de cuando no tenía hijos? Me parece que fue hace mucho, que le pasó a otro. Cuando me separé, a los 24 años, estaba en mi cuarto y me di cuenta de que era la primera vez que tenía un cuarto para mí sola. Y me encantó. Y me agarró a la vejez viruela y empecé a salir de noche", dijo.
callejera. Entonces, en Rumble, todo es muy parecido a su vida. La protagonista es la quinta de seis hermanos (los Burundarena son siete). Su madre pasa durmiendo o gritándole a los hijos. El padre está poco en casa. La niña vive en la calle. En la calle de Barrio Norte, pero es una pequeña vándala al fin.
Así también fue ella: "Me empecé a ir de casa a los doce años. Mala alumna, muy callejera. Mi madre era la clásica madre con muchos hijos que se le iban de las manos. Se daba cuenta de que yo faltaba al mes y medio, viste, cuando le empezaban a sobrar milanesas o papel higiénico. Yo estaba mucho en la calle con chicos de mi edad. Ladrones de Barrio Norte. Robábamos helados, libros, les robábamos a los hippies de plaza Francia. Yo robaba plata de mi casa, le pedía plata a la gente por la calle, robaba patentes de autos".
Entonces, con ese material escribe Maitena. No lo hace mal y tiene esa pluma hoy bastante en boga donde no se usan comillas para los diálogos y ese tipo de cosas.
Las rateadas, los cigarrillos fumados con amigos en la calle, las primeras pitadas de marihuana van como in crescendo y de la mano de la sensación que todo va a ir peor. Y así es. Pierde la virginidad a los 13 con un amigo guarda de ómnibus. Poco después, se come un hongo alucinógeno que la hace tener un muy mal viaje. Lo comió porque su novio no la cuidó; todo lo contrario, casi la engañó. Nadie la cuida, y eso es verdad. Pierde el año. Su madre es internada en un psiquiátrico.
ESPÍA. El relato no es dramático ni alegre ni triste ni gracioso; es descriptivo. Como un diario. Pese a los líos y retos, hay momentos de intimidad con los hermanos o con la empleada doméstica, que aunque nunca es la misma, siempre es un personaje cercano y parte de la familia. El interminable corredor de parquet del apartamento, la forma en que espía a los padres para escuchar sus conversaciones, todo demuestra una sensibilidad fina, que recuerda esos detalles que definen la infancia. Aquella caja de bombones que desapareció y el padre nunca pudo averiguar cuál de los chicos había sido. La bombita del palier que siempre estaba quemada. Con esas guiñadas engancha el lector (¿por qué siempre estaba quemada? ¿era en todas las casas así?).
Así como en su dibujo detecta cortes de pelo, ropa, o la forma en que los niños se sientan frente a una computadora, aquí también demuestra su ojo para los detalles. La diferencia más grande es que mientras las tiras son para todo público, en esta novela le habla más bien a su generación. Eso habla bien de la autora, en el sentido que tomó un riesgo.
"Me encanta el disco de Carly Simon, y no puedo dejar de mirar la foto de la tapa en la que está con una remera celeste que le marca los pezones y no le importa", escribe. Y la niña sueña con Mark Spitz y come chicle Bazooka. El corte de pelo de los Carpenters y la muerte de Perón pintan la época, y en el taxi suena Yo te propongo de Roberto Carlos.
Pese a ser una hija descarriada, sufre por desilusionar a todos, porque su padre se amarga con su boletín y su madre le dice, con razón, que es una mentirosa. Pese a estar descarriada, le encanta la novela Papaíto piernas largas. Pasa el día escapándose a la calle pero cuando las papas queman sigue buscando meterse en la cama de su madre, vestida y hasta con zapatos, como debe hacerse a esa edad.
Hay algún desfasaje en la escritura, porque en algunos momentos razona como un adulto cuando todo el relato es desde la mirada de una chica de 13 años.
Tiene pasajes de introspección pero contados como by the way, como cuando habla de una de las razones de infelicidad de su madre: "La familia vasca de papá nunca la quiso porque era pobre, aunque la excusa siempre fue su nacionalidad lituana, una cultura tan ajena. Porque para los vascos es muy importante ser vasco, se lo toman muy a pecho".
No destila demasiado dolor. Dos cosas destacan: el epígrafe "todo lo que sucede es adorable", de Leon Bloy, y la preciosa dedicatoria "Para mamá". Esa forma de nombrarla dice mucho, da la sensación que Maitena entendió y ya hizo las paces con todo aquello, que fue malo sin duda, pero que con los años ya no lo es tanto.
(Rumble de Maitena Burundarena. Editorial Lumen. Distribuye Random House Mondadori. 286 páginas. 420 pesos).