LUIS PRATS
Será porque es el símbolo de la democracia estadounidense o porque allí está el mítico botón rojo nuclear que puede iniciar la destrucción del mundo, pero la ciudad de Washington siempre aparece en el centro de la escena. Y más este 2012, año de elecciones, porque está en juego la permanencia de su principal vecino, Barack Obama.
Washington DC combina el interés político (la Casa Blanca, el Capitolio y otros edificios públicos), el cultural (los museos del Instituto Smithsoniano son altamente recomendables) y el arquitectónico (es una ciudad planificada en todos sus detalles). Algunas de sus avenidas, repletas de oficinas estatales, pueden parecer frías y demasiado uniformes, pero cuenta con rincones más amables, además de grandes espacios verdes. Y en primavera se ilumina con sus árboles llenos de flores, en particular los cerezos que le ponen marco rosa y blanco al monumento a Jefferson.
La ciudad, creada expresamente para dotar al país de una capital federal, en una porción de territorio que pasó a denominarse Distrito de Columbia, se estructura en cuatro grandes zonas que toman como centro el Capitolio, sede del Poder Legislativo: noroeste, noreste, suroeste y sureste. La más distinguida y segura es la noroeste, pues conviene saber que algunos barrios, sobre todo al noreste, figuran entre los más violentos de Estados Unidos.
La Pennsylvania Avenue comunica el Capitolio con la Casa Blanca. A esta altura, la avenida permanece cerrada al tránsito de vehículos pero es libre para los peatones. No hay problemas para que los turistas se tomen fotos incluso aferrados a las rejas del jardín de la residencia y oficina de los presidentes estadounidenses, aunque es poco aconsejable aventurarse más.
La fachada sur de la Casa Blanca da al National Mall, una enorme explanada verde que empieza en el Capitolio -no hay dudas que la planificación de la ciudad quiso destacarlo- y va hasta el monumento a Lincoln y el Memorial de la Segunda Guerra Mundial. Entre ambos puntos los abundantes monumentos dejan claro el gran número de guerras en las que se embarcó Estados Unidos.
Pero además de nación imperial, éste es un país de vigorosa vida cultural y eso lo señalan los museos del Instituto Smithsoniano, a ambos lados del Mall. Algunos tradicionales, como el del Aire y el Espacio, el de Historia Natural y la Galería Nacional de Arte figuran entre los puntos ineludibles para viajeros. Son de ingreso gratuito, algo inusual en Estados Unidos, pero cierran temprano, a las cinco de la tarde.
Un poco más allá, sobre la Pennsylvania Avenue, en 2008 abrió el interesantísimo Newseum. Se suele abusar del término "interactivo" para describir un museo, pero éste sin dudas lo es. El visitante puede tomar un micrófono, pararse ante una cámara y grabar su propio informativo. En otro sector se encuentran los restos de la antena del World Trade Center neoyorquino y a su lado celulares, tarjetas de crédito y otros elementos, achicharrados y aplastados, que pertenecieron a los infortunados que se encontraban allí aquel 11 de septiembre. Junto a los objetos exhibidos, el público tiene a disposición pañuelos de papel, detalle que resume la emotividad de la muestra.
Además de un Metro bastante nuevo, la ciudad dispone de un sistema de ómnibus denominado Circulator, que realiza seis circuitos diferentes, distinguido cada uno por un color.
Lejos del Mall y de la oficina de Obama hay una atracción menos renombrada pero muy aconsejable: el Zoológico Nacional. Entre sus pobladores figuran osos panda, tigres de bengala, grandes tortugas que pasean por los jardines, gorilas que duermen la siesta al sol y orangutanes que recorren una red de cables a varios metros de altura sobre los visitantes humanos. Y tal vez se pregunten por qué insisten en mirarlos desde allá abajo.
UNA ESCAPADA DESDE NY
El principal imán para el turismo en la costa atlántica de Estados Unidos es Nueva York. Pero la Gran Manzana se encuentra relativamente cerca de Washington, unos 380 km. Por eso, quien vaya a Nueva York puede darse una escapada de un par de días al vecindario de Obama, viajando en avión, tren o incluso en ómnibus, que cuesta desde 34 dólares ida y vuelta.