EDITORIAL

Los perros no tienen la culpa...

Pero casi peor es que a los integrantes de tal comisión o secretaría, les dé por justificar su cargo. Ahí aparece una temible creatividad y surgen nuevas medidas, nuevas exigencias, normativas que de seguro habrán de complicarle la vida y el bolsillo a la gente.

Y ahora inventaron lo de los chips para los perros! Otra manera de sacarle más plata a los uruguayos, como si ya no pagaran suficientes impuestos directos e indirectos, nacionales, municipales o encubiertos en las tarifas de los servicios públicos, en los artículos importados, en los combustibles. Con el gasoil más caro y la energía más elevada de la región, la producción uruguaya no es competitiva en los mercados internacionales, ni aun en el interno, de donde lo sacan de la cancha los artículos más baratos que atraviesan nuestras fronteras. Y ni siquiera nuestros productos estrella, los agropecuarios, encuentran compradores fácilmente al tener que vérselas con los que provienen de países como Nueva Zelanda y Australia, que han sido capaces de firmar tratados de libre comercio con naciones como China, cuyo gigantesco mercado es la gran atracción desde que millones de chinos fueron dejando atrás la pobreza en la que estuvieron sumergidos durante décadas, bajo un comunismo igual de totalitario pero menos pragmático que el de Deng y sus sucesores.

La novedad de índole tributario-perruna, es otra constatación del peso de nuestro superpoblado estado y su inmensa burocracia. La cual equivale a más del 10% de nuestra escasa población, porque una cosa son las planillas en el registro oficial y otra los miles de sueldos que se pagan por el costado, a los contratados, a las empresas paralelas, a las ONG, invalorables canteras de votos y lugares de privilegio para amigos y simpatizantes.

Los empleados públicos comiendo su merienda de la tarde o charloteando entre ellos, mientras el público impotente espera resignadamente que lo atiendan, es una visión clásica. Pero casi peor es que a los integrantes de tal o cual comisión, secretaría, departamento, les dé por justificar su cargo. Ahí aparece una temible creatividad y de pronto surgen nuevas medidas, nuevas exigencias, normativas que de seguro habrán de complicarle la vida y el bolsillo a la gente.

Exactamente lo que ocurre hoy, con esta iniciativa de la Comisión de Tenencia Responsable y Bienestar Animal, oportunamente abreviado a Cotryba. Algo que se suma a otra Comisión de más larga data, la de Zoonosis, para la lucha contra la hidatidosis, financiada por medio de una patente y registro que se les cobra a los propietarios.

Si la inquietud proviene del gran número de perros que habitan en el país y consideran que el chip nos permitiría "avanzar como sociedad", y los "riesgos sanitarios importantes que representan", cabe preguntarse si la medida va a tener alguna efectividad allí donde justamente preocupan los perros callejeros, los que viven entre la basura, deambulan por los barrios marginales, muy posiblemente llenos de parásitos, portadores de otras enfermedades, a veces convertidos en feroces jaurías.

El objetivo evidentemente no es ese. Porque a esos canes nadie los va a llevar, ni nadie va a pagar para que un veterinario, tras cobrarle $ 500, le implante el microchip con una breve intervención. Los que podrán ir a la veterinaria en respuesta a la forzada convocatoria, (esta es otra discusión de tipo legal) serán los que tienen un dueño que se ocupa de ellos. Por lo tanto, se supone que no andarán en tropel, sin supervisión, por las calles de la ciudad. La cual a su vez, está repleta de ratas, ratones y comadrejas que la recorren tranquilamente de arriba abajo, por cloacas, callejas, terrenos y jardines, en búsqueda de alimento. El que en general encuentran o junto a los contenedores desbordados o en los numerosos basurales que apestan a nuestra urbe.

Más sentido tendría el mentado requerimiento, si el chip tuviera incluido un GPS que le permitiera a su dueña o dueño encontrar a su mascota en caso de pérdida o robo, que también los hay. Pero no es el caso y la explicación de los "padres de la criatura" de que sirve para ese fin, es absurda. Por su baja eficacia y poca practicidad. Para lidiar con el problema de la superpoblación canina, lo más eficiente, tal como lo han planteado varias asociaciones protectoras de animales, es la castración. A nivel de campañas masivas en los lugares de mayor riesgo y de concientización, entre los que gustan de los perros y deciden tener uno o más consigo.

Es habitual en el hemisferio norte, que a los animales que no van a ser reproductores se les castre cuando cachorros, así como se les dan las vacunas necesarias para su salud antes de salir a la venta en la veterinaria o el criadero. Pe-ro para que esa mentalidad penetre en estas latitudes todavía falta bastante tiempo, aunque esa vía habría que transitarla si de controlar la cantidad de canes se trata.

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